El mundo que se pierden y por qué animarnos a que se aburran
Escena 1: Madre, padre y dos niñas suben al colectivo. Empiezan a ubicarse en los asientos de adelante. Apenas las ponen juntas las nenas interactúan, una mira por la ventanilla y señala algo a su hermana pequeña. Pero pronto llega el padre de pagar los boletos y se acomodan. A la chiquita la mamá se la pone en upa y le empieza a dar la teta. A la más grande le dan una tablet. Ninguna de las dos había pedido nada.
Escena 2: Padre e hija llegan a la sala de espera de una guardia pediátrica. Luego de pasar por recepción, se sientan juntos frente a un sector de mesas infantiles con hojas, crayones y algunos juguetes. La nena murmura algo al oído del papá, y este saca un celular y se lo da. Por supuesto, lo que sigue es el silencio.
Hace tiempo que no es una escena extraña ver chicos de todas las edades, a veces en su carrito, con la cabeza baja, abstraídos, sumergidos en la pantalla de una tablet o un celular.
Olvidemos por un instante que esa es la imagen que, ya casi invariablemente, proyectamos los adultos. Y aunque no lo olvidáramos, tenemos que hacernos esta pregunta: ¿Niños y adultos, somos lo mismo? ¿Estamos en igualdad de condiciones ante el mundo? La respuesta, al menos por ahora, es no. Los adultos de ciertas generaciones hacia arriba ostentamos un pasado no digital en el que tuvimos oportunidad de aprender de otra manera. Nuestra adicción a las pantallas es comparable a una enfermedad adquirida: la tenemos, pero recordamos y sabemos hacer las cosas de otra manera. Las experiencias fundantes de nuestros sentidos fueron de otra naturaleza. En cambio, de los chicos y chicas nacidos en los últimos diez o quince años podríamos decir que padecen una condición congénita: prácticamente no han conocido otra cosa.
La irrupción de la tecnología en nuestras vidas ya no tiene vuelta atrás. Se amalgaman, para bien y para mal, información, ocio, socialización, estudio, imaginación, entretenimiento y más, en un solo dispositivo y a veces, todo al mismo tiempo. Pero la cuestión no es preguntarnos qué ocurre mientras usamos una pantalla, porque ya sabemos mucho sobre eso: sus efectos nocivos, sus consecuencias en la atención, la memoria, el aprendizaje. El tema es preguntarnos también qué es lo que no ocurre, lo que no hacemos, lo que nos perdemos. El efecto es también por omisión.
Vamos entonces a esbozar algunas cosas que probablemente sí ocurrirán en viajes o situaciones de espera si los adultos no entregamos tan fácilmente un aparato que oficie de niñera. Eso será suficientemente elocuente. Porque si los chicos van por el mundo sin intermediarios electrónicos, cosas maravillosas, podemos asegurarlo, sucederán.
En primer lugar, y esto puede sintetizarlo todo, ellos prestarán atención a lo que los rodea. Parece una insignificancia, pero para un individuo que está construyendo desde cero sus conocimientos sobre el mundo, no lo es.
Observarán objetos, casas, árboles, personas. Prestarán atención a colores, tamaños, temperaturas y formas. Conocerán texturas, fortalecerán su sistema inmunológico. Tocarán, para nuestro horror algunas veces, cosas a su alrededor: el asiento de adelante, el de al lado, el vidrio de una ventanilla, un mechón de pelo, el abrigo de alguien. Harán enojar o reír a algunos, recibirán la indiferencia de otros. Enriquecerán su mundo observando todas esas reacciones.
Y aquí las cosas se ponen interesantes: harán contacto visual con otras personas, muchas y muy diferentes a ellos. Apreciarán sus distintas caras, sus distintas sonrisas, sus distintos modos de conexión. Se sabrán, intuición mediante, parte de algo grande, y comenzarán a medir ese universo infinito que los rodea. Fundarán y fortalecerán su capacidad de empatía. Conocerán esos gestos de alegría, de indiferencia y aun de rechazo: eso los hará sabios.
No todo es un lecho de rosas, si tenemos que ser sinceros. Algunas veces, hay que advertirlo, ellos se aburrirán. Se impacientarán e irritarán. Darán gritos inapropiados y nos harán sufrir vergüenza. Harán pataletas, berrinches y, esto es lo más maravilloso de todo, aprenderán a esperar. A postergar el deseo, a dominar la impaciencia.
Conocerán entonces la frustración. Sabrán de luchas y de persistencias, sabrán de modos de pedir las cosas. Sabrán de renunciamientos y de volver a empezar. Sabrán medirlos a ustedes y medirse ellos. Y todo eso, los hará fuertes.
Parece poco, pero es bastante: de todas esas experiencias los privaremos si nuestra primera respuesta, nuestra primera conducta, es darles a nuestros hijos un celular. Enfrascarlos en esos ecos inspirados en el mundo real (ese mismo mundo que, con la cabeza baja, se dedicarán a ignorar). Sumergirlos, antes incluso de que hayan dado sus primeros pasos, en esas imágenes que recrean en la fantasía una vida que ellos no han podido aún construir con sus propias manos —y para mundos de fantasía, tengamos plena seguridad, ya habrá tiempo—.
Repasemos la pregunta que es inversa pero igual de potente: ¿Qué no sucederá? ¿Qué cosas se perderán? ¿Cuántos segundos, minutos, horas de experiencias nunca tendrán lugar? ¿Qué nos estamos perdiendo nosotros? ¿Qué nos perdemos del mundo, de nuestros hijos, de nosotros mismos? Las preguntas son un ejercicio de la duda que busca enriquecernos, cuestionarnos, crecer. Aquí dejamos unas cuantas.
Ana Caldeiro
