Me declaro maradoniano sin remedio. Nadie me hizo disfrutar tanto del fútbol —deporte que me apasiona desde que tengo memoria— como Diego Maradona. No tengo ninguna autoridad ni conocimiento suficientes para decretar que fue el mejor jugador de la historia. Pero, como me pasa con Roger Federer —cuyo cetro fue conquistado por el gigante Novak Djokovic—, soy preso del encanto más profundo por los que hacen del deporte un goce exquisito, mayor a lo conocido, ajeno a los récords. Esa gente que entra a una cancha, sea en la disciplina que fuere, y nos regala momentos únicos en donde el talento y esa particular conexión con los espectadores superan cualquier tipo de pantalla o butaca. ¿Cercano al arte? Quizás.

Dicho esto, las noticias actuales las escriben otros genios. Más bien uno, ese tímido rosarino que en el césped dinamitó todo desafío enfrentado. Lionel Messi puso punto final a su eterno romance con la selección argentina. Algo natural conociendo su edad y la enorme cantidad de años, al más alto nivel y compromiso, que le brindó a la celeste y blanca. Sin embargo, aun intuyendo un final lógico, no podemos despertarnos de este sueño concluido. ¿Nos tomó por sorpresa? No. ¿Nos dejó perplejos? También. Messi ha sido (es y será) tan parte de nuestras vidas que nos arrobamos el derecho de opinar sobre sus decisiones. Así es la idolatría, viene con pack irrestricto incluido.

Messi es indiscutible, único, irrepetible, seguramente el más grande (lo dice el mundo). Y se lo ganó a pulso. Nació gambeteador nato, impredecible y virtuoso. Su construcción posterior lo hizo eternamente mejor.

A modo de escueto resumen, y para dar sentido al título de esta nota, enumeraré solo algunas consideraciones para semblantear su figura.

1 Habilidad. Una verdad de Perogrullo. Indomable en el uno a uno. Indescifrable incluso cuando le conocían cada movimiento.

2 Sacrificio. En lo que no era mejor (aunque parezca un contrasentido), se hizo superior. A fuerza de entrenamiento y tozudez superó límites propios y ajenos. ¿O acaso no nos cansamos de ver sus goles de tiro libre?

3 Humildad. Desde el llano edificó una carrera sólida que tocó la gloria. No necesitó micrófonos ni declaraciones altisonantes. Era mejor que todos, no se creyó más grande que nadie.

4 Compromiso. Le puso el cuerpo a las balas cuando desde un lado del océano se atrevieron a criticarlo. Siguió su camino enfocado en el objetivo final. Y, cuando llegó, quizás empezaron a cuestionarlo (o a sufrir sus virtudes) desde el otro lado del océano. Cosas que pasan en cualquier familia.

5 Seriedad. Cada vez que entró a un campo de juego, dejó la vida. No conoce otra manera de jugar. A ganar siempre, respetando a cada rival.

6 Discreción. Supimos —y sabemos— muy poco de su vida. Cuidó con celo su entorno más querido protegiéndolo de las trampas de la fama. No necesitó falsa posturas. Es simple, como se lo ve.

7 Resiliencia. Cuando las cosas vinieron torcidas, se levantó una y otra vez, mostrándonos que ganar no es una costumbre. Perseverar fue la receta y, cuando el horno estuvo a punto, se vieron los resultados (los más grandes resultados).

8 Sensibilidad. Gritó, alentó, lloró, rio en cada estadio. Demostró un profesionalismo al más alto nivel sin abandonar nunca sus valores y el sentido de pertenencia.

9 Liderazgo. A veces lo ejerció desde el silencio, la postura, el gesto. Otras, desde la arenga sanguínea. Siempre fue líder positivo más allá de sus virtudes con la pelota.

10 Felicidad. Fue y siguen siendo un chico (con 39 años a cuesta) que goza jugando al fútbol. Tan sencillo como eso. Su sonrisa es la muestra más acabada del placer que le produce correr detrás un balón. Y eso, no lo perdió jamás.

Sólo por antojadizo destino, el número en que debemos detenernos es el diez. Nobleza obliga. Queda acaso un momento para desatender explicaciones y referencias harto conocidas, sentarnos a repasar cada instante en que Lionel nos hizo compartir experiencias sublimes, llenas de pasión, locura, alegría, tristeza y de nuevo alegría. En esa caprichosa síntesis hay una palabra que se ajusta a su legado: gracias. Felices los que vimos a este genio (y a los otros). La vida siempre es mejor cuando pasan estos creadores cerca de nosotros. Saber disfrutarlos queda para las almas incautas.

Juan Luis Citterio

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