Mientras estas letras se combinan, con cierto o alto grado de azar, el mundo sigue envuelto en guerras viejas y nuevas. Bombardeos reales, víctimas civiles, muertes en nombre de causas que nunca son las verdaderas causas.
Sin embargo, y más allá de contextos complejos de los que muy pocas veces conocemos sus raíces profundas, este actual mapa histórico necesita que los espectadores se encolumnen en bandos bien opuestos, una exigencia de los tiempos que corren. Como si disfrutáramos de un partido de fútbol sentados, cómodamente en un sillón confortable, frente a una transmisión en directo esperando ver ganar a “los nuestros”. Es necesario — casi fundamental— “alentar” a un equipo, sentirse parte de una alineación, un color, una premisa.
Los días que vivimos son testigos del surgimiento —y empoderamiento— de líderes políticos (algunos gustan llamarlos “outsiders”) poco propensos a la ecuanimidad, el recato y el llamado a la reflexión. Más bien promueven discursos de confrontación, con tonos y mensajes desafiantes que buscan estimular conductas alejadas de la empatía y el respeto por la opinión distinta.
En esta gama de personajes reaccionarios no todo se parece aunque se parezcan las formas. Si bien algunos de ellos comparten el gusto por la extravagancia (incluso podrían haberse inspirado en el clásico de Charly García “Raros peinados nuevos”), las bravuconadas, el insulto como moneda corriente, entre otras singulares características, sus diferencias se hacen notorias cuando, detrás de cada uno, las naciones que representan distan en la suma trascendencia que ostentan al accionar e influenciar directamente sobre el resto del mundo. Traducido al español casero: no es lo mismo una sentencia disparatada de Donald Trump que una de Javier Milei (mal que le pese al egocentrismo argentino sin solución).
No hablaremos aquí de las vicisitudes estadounidenses y de su líder en la encrucijada a la que ha sometido al planeta. Habrá oportunidades para referirnos a las mismas y al resultado del curso de los acontecimientos desencadenados. Sí, en cambio, nos detendremos un instante para intentar describir el clima que vivimos acá en el sur, en la tierra celeste y blanca.
Quienes hemos atravesado gobiernos criollos de toda índole, desde el regreso a la democracia en 1983, tenemos claro que los resultados no fueron los deseados. Las estadísticas son inapelables en el rubro que se elija: cifras de pobreza, nivel de educación, procesos inflacionarios, corrupción, degradación institucional, y la lista sigue. Ahondar en la cuestión nos llevaría un largo rato. No obstante, hay rasgos que se repiten para mal: la insistencia de caer en las mismas equivocaciones y, quizás peor, defenderlas como novedosas.
En este descalabro nacional nos fuimos acostumbrando a exigirnos cada vez menos, a ser más individualistas, a escondernos bajo discursos paupérrimos, a conducirnos sin la menor dosis de sensatez ni hacer uso de aconsejables ejercicios reflexivos. Es decir, palabras más palabras menos, somos un país que pretende la cúspide pero ni siquiera sabe cómo escalar la montaña. Si alguna vez admitiéramos dónde estamos y para qué estamos, es probable que empezáramos a reconocernos, a entender que sólo desde la identificación de los problemas se puede partir hacia otro rumbo.
En tanto, nos siguen vendiendo espejitos de colores. Gente que viene con relatos ampulosos, cuya pretensión de dar vuelta la página de la historia es tan frágil que no resiste archivo (cercano). Se reciclan las (penosas) ideas, los actores (a veces con algún lifting oportuno y barato), los procedimientos y las mentiras. También se reciclan los modos autoritarios y desafiantes que lucen unas veces de izquierdas y otras de derechas, como si tales fueran mejores según el lado del que vengan.
Hoy asistimos a otro modelo eufórico, versión desmelenada, que llegó para acallar voces tibias con un dedo acusador procaz, señalando a opositores “desestabilizadores” hasta debajo de la alfombra. Un grupete de encumbrados libertarios del pensamiento con todo el ropaje de la caverna que ya conocemos (y sufrimos), pero con mañas y costumbres de siempre. El conocido método amigo-enemigo, más viejo que el dulce de leche.
Parece que imponer un estilo de gobernar debe venir con ínfulas y derroche de soberbia, como si la verdad es más verdad por venir amplificada y sobreactuada.
Para regir los destinos de un país serio y maduro no hace falta gritar, denigrar, rebajar, descalificar ni hacer callar voces disonantes para exponer una idea, una hoja de ruta.
Esto lo vimos, no hace mucho. Hagamos memoria. Pero memoria en serio, sin falsas banderas ni luchas vacuas, escondidas bajo consignas serias y profundas que merecen respeto absoluto. No volvamos a comprar el cuento de unos u otros, en la fácil proclama de supuestos salvadores de la patria.
Nadie puede imponernos la verdad ni mucho menos qué ética y moral debemos seguir. Hagamos uso del oído crítico, sin fanatismos ni prejuicios. Escuchar al otro no es señal de debilidad ni de cobardía. Es, simplemente, el primer paso para saber que las respuestas a veces son simples, están al alcance de la mano. Y que una idea es mejorable cuando se expone y se discute para luego materializarla de una manera enriquecedora.
Hay vientos que pueden despeinarnos. Son momentos para pararse al costado de la ruta, tomarse un tiempo, respirar libremente y luego continuar. Que nadie nos imponga el camino. En todo caso, recurramos al mecanismo de la duda necesaria —y no por eso paralizante—antes de tomar decisiones apresuradas. No siempre andan reñidos el raciocinio y el corazón. Si estamos atentos y receptivos a todo el entorno, sabremos elegir la dirección correcta.
Juan Luis Citterio
