Se miraron escondiendo la verdad. Esos malvados pensamientos vienen de repente, sin más, como esas brisas molestas en la playa. Llegan, te llenan de arena el sándwich, mirás al resto de los humanos en reposeras como si la vida les sonriese y, justo en ese momento, sospechás que el único equivocado en el universo es uno.
Así las cosas cuando la espantosa realidad se hizo presente. Ambos se miraron, tratando de evitar esa maldad compartida —propia de los grandes amigos—. Apenas reprimieron el gesto natural de espanto. Soltar una mueca, un pequeño arquear de cejas inoportuno hubiese sido signo de derrota.
Decidieron visitar la clínica (impoluta por cierto, una hotelería de súper lujo) en la que naciera el primogénito de César —amigote de la infancia— y Carla, esa beldad con rostro frágil e ideas anodinas.
El bebé nació feo. Quizás con un rostro muy adulto para esa piel arrugada y llorosa. No había por dónde encontrar signo de belleza al cual aferrarse. Es verdad, la mayoría de los recién nacidos no son agraciados. Terminemos con esa farsa ancestral de dotar a esta especie con el atributo de la hermosura. Los críos nacen feúchos. Pero este caso superaba la media.
Uno de los amigotes encaró la vista hacia las cortinas de la habitación, sin tropezar con ojos cómplices. El otro inspiró y espiró dos o tres veces como buscando envión, un aire que llenara sus pulmones y le trajera una idea salvadora. Vanos intentos.
Los padres, felices por la llegada del niño, esperaban el comentario oportuno de los visitantes.
Habrán pasado treinta segundos mudos, acaso treinta y cinco. El cuarto se llenó de incertidumbre, un espeso instante de incomodidad compartida. Interminable.
Encontrar la palabra exacta suele ser una experiencia compleja. Hay dos caminos para llegar a destino. Elaborar un análisis profundo, veloz y racional de la situación, cuestión por demás difícil. O bien, abandonarse a la fatalidad de la improvisación, pariente de la inconsciencia y novia de la fatalidad. Hay un tercero, cuya raíz es la providencia, pero éste podría estar vedado para los enemistados con las creencias.
La madre miró a uno de los amigos del padre. César al otro, casi en sincronía. Fue cuando surgió la respuesta de los interpelados. Por obra de la casualidad más perfecta, los ingratos testigos del prodigio naciente pronunciaron al unísono, en tono íntimo —una especie de susurro sospechado de culpa— las palabras que dieron vuelta la página de esta historia: “se parece a los dos”.
El sendero del milagro existe, incluso cuando no seamos merecedores de recorrerlo.
