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por Juan Pablo Garibotti (*)
semblanzas

Clemente y yo

 

Corría el año 1982 y a mis once años avanzaba a pasos agigantados mi pasión por el fútbol, y sin advertirlo entonces, también crecía mi amor por el arte y el humor.

Se acercaba el Mundial de España 82. En mi casa y en el colegio se vivía con cierta ambigüedad de alegría y tristeza por la epopeya de Malvinas. Durante los almuerzos era el tema principal de conversación. Recuerdo también nuestros deliberados silencios, para escuchar atentos noticias más objetivas, por radio Colonia de Uruguay.

Al mismo tiempo, en mi vida había reaparecido un fenómeno, una figura ilustre, que tiempo antes, durante el Mundial de Argentina 78, había conquistado mi corazón con su genio y figura: Clemente.

Tras regresar del colegio, a partir de cada mediodía, esperaba encontrar en televisión algún “micro” de Clemente, cargado de todo el humor de Caloi, su padre creador. Con suma paciencia, dejaba transcurrir la programación, sin prestarle la menor atención y corría a ver la pantalla sólo cuando aparecía la cortina musical que anunciaba su presencia. Sabía que solo serían unos pocos minutos, pero no quería perderme detalles.

Tenía bastante identificados los horarios puntuales en que se emitían estas transmisiones y disfrutaba extasiado cada una de ellas, con sorpresa, ante las nuevas historias, chistes y canciones que iban surgiendo y con fanatismo, ante cada reiteración de los “micros” que ya se iban difundiendo. Siempre con alegría.

Aun así, esperaba que estos breves cortometrajes de Clemente pudieran aparecer sorpresivamente en cualquier otro horario, como si no existiera la lógica, ni la pauta televisiva previamente organizada.

En esos días, mis padres no dudaron en regalarme el disco “Clemente y sus hinchadas” que contenía todos los audios de esas transmisiones. No recuerdo haberlo pedido pero ellos sabían siempre qué regalarme. Las canciones y humoradas de Clemente se iban incorporando a mi vida, las sabía de memoria, así como en la misma época los adultos futboleros sabían las formaciones gloriosas de sus propios equipos, exactamente así yo conocía las canciones y cánticos de ese disco. Aún hoy, muy a menudo recuerdo algunos, en especial, el pasaje de “Las dietas balanceadas del Dr. Oliva”, el médico de la selección de Menotti a quien Clemente le adjudicaba una muy particular dieta, cargada de una nutrición humorística que no puede dejar de admirarse, ya que enlaza el ingenio del poeta creador con todo el sentir nacional argentino.

En los “micros” podía verse que cada país participante de aquel mundial de España estaba representado en alguna canción, y todos tenían sus hinchadas con varios simpáticos Clementes sentados sobre las gradas de la tribuna, siempre vestidos con ropas típicas representativas de cada país. Pero había una hinchada que se llevaba la atención de todos los chicos: “El hincha de Camerún”, un Clemente negro, con un hueso atado en su cabeza como si fuera un sombrero o mejor dicho un accesorio de un Clemente tribal y de una soledad abrumadora en la tribuna que despertaba una ternura y empatía casi absoluta.

Así fue también como aquel mundial, el primero de muchos en que vería todos los partidos que se transmitieran, sin importar horarios ni otras actividades, fue el primero en que también hinché para Camerún. Con asombro vi los tres partidos de Camerún, que a costa de contar con un gran arquero, apenas sufrió un gol en contra, y se fue del mundial con buen brillo, invicto y sin haber perdido ningún partido, habiendo empatado en las tres oportunidades, destacando sus enfrentamientos contra quienes al final resultarían campeón y tercero respectivamente: Italia y Polonia. La magia de Caloi ya había taladrado mis huesos, yo no simpatizaba por Camerún, ¡hinchaba por ellos!

Clemente se convertía, día a día, en un amigo más, un ser especial que me hacía compañía y a quien yo quería de manera incondicional. Años después, supe que todo eso fue indispensable para cimentar mi profunda admiración por el Negro Caloi.

Aunque pueda darme un segundo de vergüenza, dadas mis escazas aptitudes de dibujante, debería contar además que en aquellos tiempos de tanto juego y magia, se entretejían algunos de mis gustos por la producción de televisión y la dirección de cine. Con la autodidacta certeza de cómo se proyectaban las imágenes de cine, me embarqué en el infantil juego de dibujar algunas viñetas de Clemente, destinadas a ilustrar, de a instantes, alguna pared blanca de mi casa, al ser reproducidas en un viejo proyector de metal de principios de los años 70. Así dibujé un par de tiras, con historias propias, muy cercanas a las originales. Y fui feliz.

Un día cualquiera, hace no mucho tiempo, me encontré con Carlos Loiseau (Caloi) en una presentación de historietas de los grandes dibujantes argentinos. Tuve la suerte de concurrir con añosos amigos de Horacio Altuna —un amigo suyo—, y la suerte de poder saludarlo, hablarle de mi devoción, manifestarle que quería entrevistarlo en algún momento y el honor de que me dibujara un Clemente, que me dedicara “Pa´ Juan Pablo”, gentileza que me hizo feliz pero que en su grandeza a nadie le negaba.

La única razón por la que confieso todo esto, es porque es una manera de expresar hasta dónde llegaba la locura que Clemente me provocaba y la pasión que Caloi despertó en mí. Y más aun, es la manera que tengo de explicar estos sentimientos, nunca fáciles de fundamentar, a quien es su hijo, Juan Matías Loiseau, conocido y ya famoso como artista, bajo el seudónimo Tute, y a quien admiro también desde hace años, por muchas otras razones. Pero esa es otra historia que ya tendrá su propio relato.

 

(*) Juan Pablo Garibotti. Productor general de Razones.

 


 

Ilustración: Niko Battista.