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por Roberto Godoy Mejía (*)
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Nobelerías

 

Mölndal, Suecia.
De nuestro corresponsal.

Los insólitos sucesos en la discreta Heleneborg no eran algo de lo que la generalidad se debiese enterar. Una lujosa propiedad al sur y en las afueras de la capital sueca, con ostentosa estructura de la más alta alcurnia, que debió ser testigo de goces y escándalos pertinentes a la élite sueca en general y en particular a la fastuosa sociedad de Estocolmo. La severa privacidad fue perturbada un sábado en que, por la equivocación de alguno, un retumbar y sacudir esparció por el otoñal espacio a Herr Emil Nobel y cinco de sus trabajadores. Ese anuncio tuvo lugar el 3 de septiembre de 1864, y dio a conocer al mundo que la dinamita era un hecho apropiado para deshacer.

La familia que Immanuel Nobel(1) formó con Andriette había ido ascendiendo de categoría de la particular manera de los no natos en áureas cunas, es decir, con el fruto de su propio trabajo y la inventiva de la cabeza de familia. De los ocho hijos con que lograron incrementar el censo de población sueco, sólo cuatro (Robert, Ludvig, Alfred y Emil) superaron la edad infantil. Durante la infancia éstos colaboraron con la economía familiar vendiendo los famosos fósforos suecos en las calles de Estocolmo.

Nueve años después de nacido el Alfred Nobel, acontecimiento que su madre propició el 21 de octubre de 1833 en Estocolmo, ella y los hijos se trasladaron a San Petersburgo en donde hacía un par de años Immanuel, el padre, habíase establecido y habitaba, ya exitoso dedicado a la producción de minas detonantes submarinas para ayudar a sostener el poderío ruso con que su dios había investido al zar Nicolás I. De la educación privada que los hijos recibían, Alfred siempre recordó la impresión que le causó un experimento que su profesor de química realizó con la recién inventada nitroglicerina. Ávido de cultura, Alfred la amplió en su juventud con viajes a Europa y a América, (como dice el cronista consultado, queriendo significar los Estados Unidos de Norteamérica). Dominó cinco idiomas y conocía de otros.

Con la derrota en la guerra de Crimea, las minas se le hicieron innecesarias al gobierno ruso y la época de bonanza en rublos terminó para los Nobel. La familia regresó a su base sueca, con excepción de Robert y Ludvig, dos de los hijos, que se dedicaron a la explotación del petróleo logrando acumular una enorme fortuna en Bakú, capital de Azerbaiján. Esta petrolera llegó a ser líder mundial, segunda después de la Rockefeller Standard Oil. Alfred invirtió en ella capital en suma tal que el 12% de su testamentada fortuna estaba conformado por acciones de esa empresa. Las guerras acostumbran redistribuir los capitales que de las manos de unos ricos, pasan a las manos de otros. En 1918 las instalaciones que Branobel poseía en muchos lugares fueron nacionalizadas.

Immanuel y Alfred tomaron en serio los trabajos con la nitroglicerina. Su propósito fue producir un material explosivo efectivo y seguro a ser utilizado en la explotación de minerales, en la minería y en la industria de la construcción. Comenzaba entonces la época del industrialismo. Alfred fue incansable en sus trabajos investigativos, registró 355 patentes, la primera en Inglaterra, en 1857, para proteger sus aparatos de medición de presión en gases. Uno de sus inventos más célebres y lucrativos es el detonador, un pequeño fusible, controlable, para iniciar la carga explosiva.

La nitroglicerina, que el italiano Ascanio Sobrero descubrió en 1847, es un explosivo tan inestable como potente, similitud con quienes la utilizaron desde un comienzo en sus labores marciales. Los ensayos con diversos componentes para lograr una mezcla que hiciera estable y más manejable ese explosivo rindieron fruto en 1867, tres años después de que Emil, el hermano menor de Alfred, hubiera cometido la equivocación ya mencionada, que le costó la pulverización y el registro en la historia de deplorables fallidos intentos investigativos.

Mezclando la nitroglicerina con un material absorbente, los Nobel obtuvieron un polvo que se podía percutir e, incluso, quemar al aire libre sin que explotara. Para provocar su explosión se utilizaban detonadores eléctricos o químicos. Así nació la dinamita, un explosivo más estable y manejable que la nitroglicerina.

El uso que posteriormente se le dio a su invención no ratificó la opinión de Alfred. Creía que la paz estaba asegurada con este invento ya que en cuanto la humanidad entendiera el tremendo daño que su mal uso podría causar, evitaría su utilización bélica. A más de acertado empresario, amplio intelectual e inquieto polifacético mental habrá que añadirle el calificativo de algo iluso a Alfred, ¿o ...? Esta dualidad moral de metas, a juicio de sus censores, parece haber influido en la conformación de su testamento. Sus posteriores inversiones (1893) en Bofors(2), una descomunal fábrica de cañones, alimentan y permiten la aún existente crítica sobre unidad de su motivación para la distribución de su sucesión.

La vida de los potentados tiene vacíos que ellos mantienen ocultos, dentro de lo posible. Alfred Nobel, en sus cuarenta y tantos años (en 1876) publicó un anuncio en las páginas adecuadas de un diario vienés, con el cual trataba de adquirir una secretaria para sí y ama de llaves para su mansión parisina, de edad madura y políglota, presentándose a sí mismo con las magníficas calificaciones de enorme riqueza y vasta educación. Posible es que la circunstancia de una extrema soledad social haya suscitado esta solicitud. Respuesta hubo: la condesa Bertha Kinsky(3) respondió aceptando la iniciación de una relación que se profundizó y se mantuvo hasta mucho después del matrimonio de ésta, que la convirtió en Bertha von Suttner. Pertinaz luchadora pacifista y regular escritora, contribuyó al establecimiento del mérito a la paz, que Nobel instituyó como premio en su testamento y que Bertha, que sobrevivió a Alfred, recibió en 1905.

Sólo Bertha y otra mujer que supongo atractiva, florista vienesa vecina suya en París, figuran en las magras biografías consultadas para la estructuración de este escrito, como las mujeres en la vida de Alfred. La relación con la austríaca parece haber terminado con la decisión, a que la mala relación con el poder militar francés le obligó, dejar el país y radicarse en la que fue su postrera morada, en el norte italiano. No se fabricó herederos en esas relaciones y no se conoce que exista alguno.

No por lo anotado se ha de considerar como vacía la vida de este interesante personaje. A más de su enorme interés y dedicación científicos Alfred Nobel añadió a su actividad creativa una considerable producción literaria. Su biblioteca, por otra parte, comprendía unos 3000 volúmenes. Un biógrafo los calcula en 2600, pero yo intuyo que fueron muchos los que sus relacionados jamás devolvieron. Siendo él un polifacético, que dominaba cinco idiomas, es imaginable la pluralidad de temas en su colección.

En su propia obra escrita plasmó, en sueco y en inglés, soledades y abandonos. No es una obra jovial. Su colección poética se imprimió recientemente. Una creación suya fue una obra de teatro, “Némesis”, en la cual exhibe la violenta historia de la noble familia italiana Cenci, en los años 1500:s; que incluye todo género de aconteceres abruptos que dramatiza la presencia del inclemente papa Clemente VIII. Esta circunstancia no plació a Nathan Söderblom, candidato a arzobispo, que contrariado por la relatada intervención eclesiástica ordenó la destrucción de la edición. Sólo unos pocos ejemplares escondidos, que fueron descubiertos al comienzo de los 1900:s, escabulleron la sentencia. La obra se presentó en el teatro Intima, (de August Strindberg) el 10 de diciembre (cabo de año del autor) del 2005.

La llamada edad avanzada es aquella en que se hace imperioso el afán de no dejar asuntos pendientes en la vida. En su testamento, a más de disponer del uso posterior de su fortuna, Alfred dejó claras instrucciones sobre cómo evitar que fuese enterrado vivo, su más abrumadora pesadilla. Una cláusula prioritaria reza ordenando que después de su deceso habrían de abrir sus arterias y tras una comprobación médica competente de su defunción, deberían consumir su cuerpo en el crematorio. Alfred Bernhard Nobel firmó tal determinación en París el 27 de noviembre de 1895, muy poco más de un año antes de su muerte por apoplejía en San Remo, Italia.

En 1894 Alfred Nobel pertenecía a las directivas de noventa y tres empresas ubicadas en diferentes lugares en Europa. Su muerte causó pues conmoción, y su testamento sorpresa. Su fortuna ascendía a 33 millones de coronas suecas, suma de esa época cuya comparación actual es difícil de concebir. Su disposición fue inesperada: 31 de esos millones habrían de conformar un fondo cuyo rendimiento se debería distribuir, designando con absoluta claridad que los beneficiados serían aquellos, dentro de los campos especificados, que hubieran hecho mayor bien a la humanidad durante el año anterior.

El gobierno francés, dado que Nobel residió en ese país muchos años, deseaba exigir impuestos sobre el capital. Se cuenta que Ragmar Sohlman, el asistente de confianza de Alfred, se armó y en un coche transportó todo el dinero desde la caja de seguridad del banco hasta la sede del consulado sueco en París. De allí se fueron enviando pequeñas remesas, por correo ordinario, hasta Suecia en donde, más tarde, el mismo Sohlman constituyó la Fundación Nobel. Los primeros premios fueron entregados el 10 de diciembre de 1901.

Como en la gran mayoría de casos similares, así no haya muchos de esa cuantía, la distribución de herencias se realiza según los dictámenes de los sobrevivientes a cargo de manejar los fondos. De los réditos participan los cada vez más numerosos grupos de administradores, expertos, científicos, y bien remunerados dignatarios que tienen bajo su responsabilidad el manejo de ese enorme capital, la difícil escogencia de los beneficiados y la pomposa repartición entre científicos, literatos y arengadores de la paz.

El año pasado (2015) el costo de las ceremonias y festividades de la entrega de laureles fue de unos 17 millones de coronas suecas. De unos 100 millones de presupuesto, 40 fueron los dedicados a los galardones. Es decir, a mi juicio, que más de la mitad del presupuesto para la premiación se gasta (abusado sería decir se invierte) en retribuir las opiniones calificantes sobre la bondad de los laureados y costear la administración de los réditos del capital. A pesar de su dignidad estas sumas son poco significativas dentro del contexto del capital de la Fundación Nobel que se va acercando a los cuatro mil millones de coronas suecas (!). Mientras los gastos de manejo y representación crecen, la directiva resolvió disminuir el monto de los premios, cosa contraviniente a la voluntad del donante, y lo que eran 10 millones de coronas, se rebajó a 8 millones desde el año 2012 en adelante. Claro está que los premiados en la actualidad son aplaudidos por más selecta audiencia y observados por mayor número de televidentes.

Los premios de física y química son designados por la Real Academia de Ciencias; los de Fisiología o Medicina por la Asamblea Nobel perteneciente al Instituto carolino; al titular del premio de literatura lo laurea la Academia sueca y el blasón por labores sobre la paz está a cargo del Comité Nobel noruego. Alfred no hizo aclaración alguna justificando su decisión de dejar en manos noruegas la entrega del premio de Paz, sobre lo que el Comité noruego opina que la elección ha podido ser motivada por el hecho de una menor tradición militar noruega que la sueca. En la época de elaboración del testamento Noruega y Suecia conformaban una Unión.

Estos premios se entregan, desde el comienzo de la tradición, en el día en que se honra el fallecimiento de su testador, el 10 de diciembre. Una quincena de años y cinco de la Segunda Guerra se han eximido de la premiación.

El mundo entero participa de la fiesta de entrega de los galardones, como observador. Lejos de ser una fiesta popular, sólo lo más rancio y escogido de las sociedades y grupos relacionados hace acto de presencia. La fiesta es de carácter exclusivamente privado y es potestativa de la Fundación la escogencia de los asistentes. Aparte de la obvia presencia de la realeza y de los galardonados, asisten eminencias gubernamentales, diplomáticos conexos, investigadores prominentes relacionados con los temas y con las personas premiadas, y los donadores a la Fundación. Asisten pequeños grupos escogidos de periodistas y uno seleccionado de estudiantes. A los laureados se ofrece la opción de invitar a sus allegados.

Los premios científicos no tienen mayor tratamiento en los círculos externos a sus participantes. Generalmente la opinión, dirigida por los medios de comunicación, acepta como acertada la escogencia de los designados. El premio Nobel de literatura, que por razones obvias es uno de los que más eco tiene en la generalidad, es percatado por multitud de lectores. Las opiniones sobre el receptor son siempre divididas aunque sin mayores consecuencias pues existe el consenso general de que es un tema en el cual la elección es [bastante] subjetiva. El premio otorgado por las labores de paz es juzgado con cierta severidad y en pocas oportunidades hay consenso sobre la propiedad de su otorgamiento.

...“el premio Nobel de Paz fue estipulado por su creador a otorgarse a trabajadores sobresalientes en pro de la fraternidad y la eliminación o reducción de ejércitos permanentes, además de la formación y propagación de congresos por la paz”.

Una premisa del testamento de Alfred Nobel es que la premiación se debería hacer por las labores realizadas en el año precedente. Cosa que se hizo a un lado desde, casi, los comienzos de estos reconocimientos.

Dejando a un lado el esclarecimiento de qué es lo que se considera como beneficio a la humanidad, condición expresa testamentaria, el premio Nobel de Paz fue estipulado por su creador a otorgarse a trabajadores sobresalientes en pro de la fraternidad y la eliminación o reducción de ejércitos permanentes, además de la formación y propagación de congresos por la paz.

El lector podrá formarse un concepto de la propiedad de la adjudicación a algunos de los siguientes recipiendarios, héroes implícitos de la Paz: En 1906 se otorgó al presidente de EE.UU., Theodore Roosevelt, quien a raíz de la irrupción del conflicto con España se lanzó a dirigir la lucha armada con regimiento propio (The Rough Riders) en Cuba, en donde sus triunfos asoladores le hicieron merecer el título de “héroe de guerra”. En 1919 se repitió la selección y el blasón coronó a Woodrow Wilson quien, apoyando la voluntad de neutralidad estadounidense, el 7 de abril de 1917 declaró la guerra a Alemania para “salvaguardar el mundo de la democracia”. La cadena presidencial recibió estos laureles, una vez más en el 2002, en la persona de Jimmy Carter, oficial de la armada estadounidense y más tarde capitán a cargo de operaciones submarinas de naves atómicas.

Heffermehl, F.S. ha publicado (2011) en la editorial Leopard Förlag su crítica sustentada “El premio Nobel de paz: la visión que desapareció” que trata de la distorsión de la visión sobre la paz que Nobel consideró premiar. Algunos de tales premios que han sido debatidos ampliamente son, como ejemplos, el de 1993, a Henry Kissinger; en 1994, a los tres luchadores Arafat, Rabín y Peres; en 2007 a Al Gore; y de manera especial se discute el del año 2009 al presidente de EE.UU., Barack Obama. Enfáticamente ha sido calificado de incoherente y disparatado el otorgado a la Unión Europea. Como ninguno de esos premiados se considera haber colaborado en que ejércitos permanentes se hayan eliminado o, al menos, reducido, el Premio Nobel de Paz se empieza a considerar más una cuestión de prestigio internacional, a distribuir estratégicamente, basado, quizás, en expectaciones y posibles propósitos de estos héroes mundiales.

Algo que la opinión vigila activamente en los recientes tiempos, con especial énfasis, es la participación femenina en la elección de premiados. De las cuarenta mujeres que han recibido éste premio, la más joven es Malala Yousafzai quien en el año 2014 empezaba su lucha por la serenidad, respeto y consideraciones humanas, a la edad de 17 años. Todo su futuro ante sí.

 

(*) Roberto Godoy Mejía. Escritor y ensayista colombiano. Ingeniero Civil (PhL) - Universidad Tecnológica de Chalmers - Suecia. Profesor en Construction Management en Universidad de Chalmers. Profesor en la Universidad de Borås - Suecia.

 


Notas del autor

1 Apellido que se pronuncia ‘Nobél’, con el acento adecuado a nuestra lengua y no de acuerdo a la ortología inglesa.
2 Firma aún activa con preponderancia en producción bélica.
3 Simplificando, pues su titulación era extensa: Kinsky von Wchinitz und Tettau.

 


 

Ilustración: Lebrel.