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por Juan Luis Citterio (*)
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Un mundo más triste

Con mi amigo Julián, más conocido como Julio o Julius (era mi forma de llamarlo), solíamos compartir ciertos gustos y algunas antipatías, como la explícita hacia el Real Madrid. Un valenciano raro que profesaba cariño inquebrantable por el Athletic Club de Bilbao (yo lo peleaba aclarando mi simpatía por la Real Sociedad, aunque pelear con él era casi imposible).

Pero no sólo de fútbol vive el hombre y allí, donde dejábamos apartada la pasión de los colores por un rato, florecía más de una coincidencia. La formación como filólogo y su devota inclinación por la lectura y el arte, lo hacían ese tipo de persona con la que entablar una conversación enriquecedora no resultaba difícil.

Ítalo Calvino, Jorge Luis Borges, Jean Paul Sartre, Julio Cortázar aparecían en nuestras charlas en medio de un chiste sobre el Rey Juan Carlos, un ácido comentario sobre un político de la derecha (o la izquierda) recalcitrante o la atinada observación sobre los usos y costumbres del idioma español.

Sin embargo, y más allá de nuestra amistad corta, profunda y maravillosa, nos unía cierto respeto por la gente que ha dejado huella, sea por un talento inmaculado o por una manifiesta profusión de valores puestos al servicio de la humanidad.

Utiel y Lobos, lugares que nos vieron nacer, están separados por el océano Atlántico —que no pudo evitar un vínculo que ha desdeñado la mera circunstancia—. En el medio, surgió la sintonía para disfrutar a artistas que trascienden geografías y tiempos.

No recuerdo exactamente cómo apareció el tema, lo cierto es que alguna vez hablamos de Les Luthiers, como dos argentinos comentando lo que han visto en la televisión una noche cualquiera. Descubrí que mi amigo español era un gran conocedor de la trayectoria de los humoristas, incluso mucho más que quien escribe. Reía, comentaba, recordaba cada frase, canción o escena de los innumerables espectáculos que ha protagonizado la agrupación.

Por un instante sentí ese orgullo vano del ser nacional, al que apelan los populistas para enardecer a un pueblo harto de discursos apáticos y proclive a la mentira. De cualquier forma, esa pequeña medida de pedantería argenta tenía algo de sustancia. Les Luthiers son tan argentinos como la macabra idea de apropiarse de hijos de madres desaparecidas, durante la última dictadura militar. Somos todo eso junto. No podemos tener varas distintas para medir lo bueno y lo malo de un país.

Pero, aunque sea esta vez, hablemos de ese producto patrio del cual podemos hacer gala por el mundo: Les Luthiers. Imaginación, perfeccionismo, talento, humor y música fusionados en pos de un hecho artístico de elevado nivel. Reír con ellos ha sido (y será) un complemento, como un regalo que viene adicionalmente. Es tan bueno el resultado de lo que hacen que sería injusto hablar solamente de gente haciendo humor. Algo similar ocurre al escuchar a Luis Landrisina: qué importa el remate de un chiste suyo si la obra estuvo lograda en el trascurso pormenorizado del relato.

Hoy, mencionar la muerte de Daniel Rabinovich no significa sólo la desaparición de un miembro de Les Luthiers. Es mucho más que eso. ¿Cómo podríamos imaginar al Barça sin Messi, un Wimbledon sin Federer, una zamba sin la voz de Mercedes Sosa? En un grupo de humoristas y músicos notables, Rabinovich fue el histrionismo en su máxima expresión. Dosis exacta de comicidad derrochada sin el más mínimo atisbo de sobreactuación. Un gesto suyo simplificaba una idea y la llevaba al máximo de su rendimiento.

Pero su partida también tiene otra lectura. Un país que pierde de manera natural a sus figuras destacadas no debiera ser objeto de análisis. Lo excepcional surge cuando dichas figuras pertenecen a un país que supimos ser y del que pocos vestigios quedan. Un ejercicio interesante sería preguntarse quién nos hará olvidar un rato a Spinetta, Sábato, Piazzola, Marechal, Cerati, Bores y una lista interminable y caprichosa de talento celeste y blanco. Difícil creer que un Rabinovich nazca en estos días en donde el aprecio por la cultura y los valores representa una quimera.  

Hoy, Daniel y Julián —o Julius— deben andar por otros lados. Sería mejor si esos lados les permitieran encontrarse y reírse un poco de este mundo que nos han dejado. Algo más triste, menos lindo, sin ninguna duda.

 

(*) Juan Luis Citterio. Director de Razones.

 


 

Ilustración: Niko Battista.

 


 

Algo del talento de Les Luthiers y Daniel Rabinovich:

https://www.youtube.com/watch?v=9MPAChXJmDM 

https://www.youtube.com/watch?v=YvHtLcessYI&feature=youtu.be