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por Luciano Deraco (*)
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GenerAR

La generación de contenidos colectivos para lograr concientizar y despertar a los sectores sociales más conformistas

Las políticas neoliberales impulsadas durante los años noventa por los “Chicago boys”, caracterizadas por el desguace y el saqueo sistemático del Estado a instancias de los poderes económicos más concentrados, trajeron como consecuencia más tangible y fatídica las sangrientas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, con la posterior sucesión de cuatro presidentes en una semana, síntoma claro de la caída de un orden institucional y social. Pero el volantazo vivido a partir de los cacerolazos, el descredito de una forma de representación que atravesó en forma tangencial a toda la sociedad no significó sólo el agotamiento de una manera de hacer política, sino también de organizar el trabajo, la comuna y el barrio. El cambio, por supuesto, vino de la mano de la generación de nuevas voces, que expresaban su disconformidad con los medios que reproducían y fortalecían el discurso del poder. Más o menos con la misma intensidad, la deslegitimación que sufrían los “políticos” alcanzaba a los “comunicadores” y cipayos de la información solapada.

Los meses posteriores al “argentinazo” estuvieron entonces signados por la generación de nuevos espacios, inéditos e impensados apenas un decenio antes, cuando las sombras de la hiperinflación todavía perseguían a una clase media deseosa de fortalecimiento en el contexto de una sociedad que en su conjunto soñaba con ingresar al primer mundo…

Asambleas vecinales, cooperativas, fábricas tomadas, radios comunitarias y ferias independientes (en algunos casos de trueque), expresaron un espíritu de época que poco o nada tenía que ver con el oasis cosmopolita que exitosamente propuso el menemato. El ímpetu y la efervescencia, sin embargo, fueron atenuándose a medida que el poder institucional se reinventaba y la confianza hacia los funcionarios y voceros de siempre (pero aggiornados) renacía.

No obstante, y pese a que muchas de estas formas de organización alternativa perecieron (y muchas otras fueron cooptadas por el poder formal), permitieron probar que es posible capitalizar desde abajo los huecos que dejan los canales convencionales de representación e información. Generar discursos con la capacidad de disputarle sin miedo el trono a la comunicación sesgada que nos propone la enorme maquinaria industrial que valiéndose del escapismo permanente, fogoneado por estrategias publicitarias y de marketing hechas a su medida trabaja con creces para adelgazar la formación de ciudadanos críticos, capaces de generar por sus propios medios, los insumos culturales y las representaciones simbólicas que necesitan.

A 15 años de uno de los peores momentos sociales de la historia de la Argentina, el escenario vuelve a modificarse, atendiendo a las necesidades de un sistema que sabe reinventarse a tiempo, ajustando y distribuyendo cuando hace falta, a fuerzas de seguirse perpetuando. El regreso al poder político de los responsables directos del endeudamiento y el desguace del Estado tanto en la última dictadura como en el menemato, demuestra la inestabilidad de un país que a diferencia de muchos de sus vecinos, víctimas de oligarquías más enraizadas (vestigios de un colonialismo inalterable), combina dosis precisas de parches reformistas con hambre y represión.

Las nuevas tecnologías, sin embargo, proveen de un terreno fértil para descentralizar una información que como nunca, blanquea su diseño, a la medida de los intereses de pocos. Y así como en la década pasada, las incipientes formas autogestivas sirvieron para allanar el terreno, hoy las redes sociales reflejan que es posible pensarse socialmente por fuera del férreo control que los mass medias imponen hasta en lo más insignificante. Desde viajes a dedo por el país, hasta bolsas de trabajo informal, trueque y sátiras gráficas, la información (para una parte de la sociedad) fluye en espacios que si bien se sirven de los recursos de la televisión y de la radio, poco tienen en común con éstos.

Ahora bien, cantidad y producción no significan calidad y necesidad. Que cientos de personas alrededor del mundo quieran ansiosamente contar su verdad y que, en muchos casos, esa verdad revele la que ocultan los medios corporativos, no significa que necesariamente despierten el interés colectivo. Nuevamente, como tantas otras veces en la historia (intrínseca y extrínseca) la cuestión de la legitimación social (esto es, quién y cómo dice las cosas) opera y las formas en que tal o cual “generador de contenidos” se canoniza parece estar siempre cercada por los parámetros de la industria.

Ya estando al tanto del potencial de las nuevas tecnologías, de sus posibilidades innegables y casi infinitas, el paso siguiente para una sociedad que pretenda resistir los embates de una economía de hambre estructural, represión social y políticas entreguistas es generar contenidos colectivos que logren concientizar y despertar a los sectores sociales más conformistas. Para ello, es menester escapar a los lugares comunes que ofrecen aquellas voces legitimadas (y que legitiman) que apelan a frases fáciles y efectistas, alternando capas de recursos audiovisuales que lejos de informar sólo generan ruido y quizás, en el mejor de los casos, apenas si pueden mantener algo de coherencia argumentativa. De todos modos, más allá de las formas, el contenido siempre impera y la habilidad pasa por visibilizarlo escapando de la superficialidad y sin confundir justicia y solidaridad con odio y revanchismo más allá de las broncas lógicas y esperables.

Sólo despertando y valiéndonos de las herramientas que disponemos, podremos estar preparados para una embestida larga y dolorosa que, con la premisa de dividir para reinar, pretende atomizar todo intento de resistencia ante las injusticias “oficializadas” que recrudecen semana a semana.

(*) Luciano Deraco. Músico, dibujante, redactor.