artículos | opinión
por Juan Luis Citterio (*) y Carla Vuotto (*)
opinión

El extremismo o la incapacidad
humana de evolucionar

Malala Yousafzai: una historia que no debe olvidarse

El mundo sigue en guerra. Vaya novedad. Se sigue gastando millones en armamento militar y ejércitos legales e ilegales. Los motivos son los de siempre: dinero, poder, xenofobia, intolerancia religiosa. Qué más da, si se perpetúa el mismo desastroso resultado, mutando en fundamentaciones cada vez más sórdidas. La industria de la guerra sigue cotizando en bolsa, aun —y peor— en esos países del primer mundo que premian la lucha por los derechos humanos, la igualdad, la libertad y otra suma de sandeces discursivas. Palabras para la tribuna.

Las formas en el uso de las armas han ido cambiando, sus resultados no tanto. El terrorismo brota por cada rincón del planeta azotando civiles blancos, negros, altos, bajos, católicos, musulmanes, judíos, homosexuales, heterosexuales, mujeres, niños y niñas, hombres, pobres, ricos… Ha encontrado una versión 2.0 peligrosa (siempre lo ha sido) no sólo por el daño real ocasionado, sino por la incertidumbre que proviene de un proceder apoyado en una nueva logística “más sencilla”. Cuenta con un reclutamiento vía internet, casi voluntario, de soldados esparcidos por doquier, capaces de inmolarse en nombre de un credo, de un ideal, o vaya a saber qué motivación inexplicable e inentendible, que causa un estado de inseguridad continua, incluso en lugares tan hermosos como las calles parisinas. También pasa lo mismo, por ejemplo, en ciertas localidades nigerianas, aunque en estos casos la prensa libre e independiente de occidente ubique la noticia en segundo plano. Las muertes por este tipo de violencia indiscriminada, vengan de donde vengan, deberían doler igual. Parece que no. Pero ese es un capítulo aparte y será motivo de otro artículo.

Esta introducción, símil perogrullada, intenta poner en contexto una  situación que, por común y cotidiana que resulte, espanta por donde quiera que se la analice. Que muera gente a montones por acción del terrorismo, todos los días, es intolerable. Sin embargo, pasamos página y leemos los resultados deportivos del último fin de semana. Quizás la dosis de anestesia que nos suministramos, día tras día, permita mitigar esta profunda herida infligida en el centro de nuestro ser. Cómo seguir adelante entre tanto salvajismo, crueldad e irracionalidad de la que es capaz el ser humano sin desviar la vista hacia otro lado, al menos por un instante, para seguir viviendo.

En octubre de 2012, un grupo que respondía a los talibanes disparaba a una joven pakistaní en un ómnibus escolar. El motivo del ataque: impedir que Malala Yousafzai postulara la defensa del derecho a la educación femenina en su país. Esta niña había adquirido notoriedad al escribir un blog para la BBC, bajo el seudónimo de Gul Makai. En ese espacio denunciaba las atrocidades sufridas bajo el régimen del Tehrik-i-Taliban. Régimen que, por  las armas, había ocupado el valle del río Swat. Resultado: muchas muertes, escuelas destruidas y la prohibición de la educación para las niñas.

La figura de Malala tomó protagonismo al denunciar tales brutalidades desde su blog. Pero el valiente accionar de la pequeña no sería gratuito. En el atentado que sufrió casi pierde la vida.
El tiempo puso cierto alivio a sus males y, en 2014, fue reconocida (tenía sólo 17 años) con el Premio Nobel de la Paz. Paradojas de un mundo sin remedio aparente: un premio otorgado por la fundación del inventor de la dinamita.

En un acto organizado por Naciones Unidas en 2013 para celebrar su decimosexto cumpleaños, Malala pronunciaba estas sentidas palabras: “El 9 de octubre de 2012 los talibanes me dispararon. Pensaron que con sus balas me callarían para siempre pero fracasaron. Tomemos los libros y las plumas porque son nuestras armas más poderosas. Un libro y una pluma pueden cambiar el mundo. Los extremistas siguen teniendo miedo a los libros”.

Una cruel historia ejecutada por las mentes más obtusas trascendió fronteras. Hizo que todos conociéramos, por un momento, ese tormento sufrido por ciudadanos pakistaníes. Lamentablemente no es el único. La violencia extremista en auge es la contundente manifestación de una humanidad que no quiere aprender.  

Ese miedo a los libros que tienen los extremistas, del que Malala nos hablaba con tanto coraje, es tan real como la locura de esos miedosos violentos. Tengamos entereza y determinación para no olvidar estas historias. Hoy podría escribirse otra.

 

(*) Juan Luis Citterio. Lic. en Publicidad. Director de Razones.

 


 

La novel Nobel

En algunos lugares del mundo era invierno, en otros verano. En ciertos países caía la noche, y en otros la gente comenzaba a despertar. Muchos daban su último aliento, al mismo tiempo que tantos les regalaban a sus madres el primer llanto.

En Pakistán, el 12 de julio de 1997, nacía Malala Yousafzai, hija de Toorpekai y Ziauddin Yousafzai. Con su nacimiento el mundo estaba ganando a una futura activista que en el año 2014 obtendría el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndose así en la persona más joven en recibir dicha condecoración en cualquiera de las categorías que se concede.

Si leemos sobre su historia, la sensación es que vivió mucho en poco tiempo: a sus once años escribió bajo seudónimo en un blog para la BBC sobre cómo vivía su pueblo ante la ocupación de los talibanes, dirigida por Maulana Fazlullah; en 2012 sobrevivió a un atentado que la tenía como principal objetivo; es coautora de un libro y ganó muchos premios en reconocimiento a su lucha en defensa de los derechos civiles de las mujeres, en especial los de las niñas del valle del río Swat, cuya asistencia a la escuela fue prohibida por el régimen talibán.

Su nombre significa “afligida”. Sin embargo, lejos de dejar que cualquier aflicción la detenga, Malala convierte las injusticias sociales en fuerza y motor para seguir mejorando su entorno. Nuestro mundo.

(*) Por Carla Vuotto.
Escritora. Estudiante de Edición.

 

 

Ilustración: Andrea Avagnina.