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por Juan Luis Citterio (*)
opinión

La danza loca

La burla política en nombre de valores supremos

Es linda Juncal, sobre todo en ese tramo que va desde Cerrito hasta la Plaza Vicente López. Barrio bacán, calle coqueta. Esa Buenos Aires tan parisina. No sólo por el estilo francés que devuelven sus fachadas sino también porque cerca, a la vuelta de la esquina, está la embajada del país de Balzac.

Recoleta (o Barrio Norte) es un barrio no apto para grandes multitudes, ni para excesos de ruidos populares. Sin embargo, un bombo y varias banderas pueden llegar a todas partes. Y la muchedumbre también.

Cierta tarde, el tranquilo barrio sufrió el embate de un gentío presto para los festejos. Las señoras adineradas de Juncal y Uruguay tuvieron que sortear de repente, y con grandes posibilidades de arruinar sus peinados, una multitud de acólitos que vivaba a su líder. ¿Era una estrella de rock, del cine, del deporte? No, sólo una exfuncionaria caída en aparente desgracia, cuyo único mérito presente parece ser el hecho de desfilar por tribunales federales. Pero el desfile siguió de largo para convertirse en fiesta. No faltó nada: cámaras de televisión, gente feliz a puro cántico, calles tomadas y, por supuesto, desde un cheto balcón porteño, el baile desenfrenado de una mujer que supo presidir los destinos de un país durante ocho años. ¿Acaso en Argentina se festejan las citaciones judiciales?

Hay pequeños detalles que marcan una situación de la que no se puede salir ileso. La vergüenza, ese sentimiento que sólo padecen los seres racionales, aunque sea ajena, es señal de que algo no funciona bien. La sensación de asistir a ese espectáculo televisivo me dejó perplejo, avergonzado. Pensé, de inmediato, que estaba soñando. No entendía el festejo —sigo sin poder hacerlo—. Me creí un impávido extranjero que paseaba por Argentina y veía, de casualidad, un espectáculo callejero gratuito (como el tradicional baile de una pareja de tango en La Boca). La postal de un país que no reconoce el final del papelón. Quise ser sueco por un instante. Que la frialdad nórdica recorriera mis venas alejando cualquier tipo de sofocón incómodo. No ocurrió.

La locura suele mutar. Se entrevera entre nosotros y tiñe los paisajes. Allí caemos indefensos en una mezcla de colores que borronean la realidad. Si no estamos atentos para diferenciar la chifladura creadora de un artista —que ilumina el pensamiento y la reflexión— de la de un sofista de la palabra, seremos presa fácil del engaño. Cuando aparece la verdad puede ser tarde.

Entre tanto, ¿puede profundizarse un bochorno? Parece que los argentinos somos capaces de batir todos los records. Hace pocos días, la misma estrella televisiva de los balcones recoletos protagonizó otra intervención artística de dudosa calidad. Esta vez hubo otro escenario. No muy lejos de su querida Juncal. Mudó su troupe a la Villa 31 de Retiro. Un barrio no tan acomodado como el de su departamento (y su balcón). Hubo poquito movimiento de caderas, aunque no faltaron aplausos, vítores y banderas. En esta ocasión, el discurso fue protagonista. Y la desfachatez bordó el firmamento del cinismo. De pronto, la exlíder nos hizo saber, entre otros dislates, que estaba pisando “el sitio más seguro”. No parecen decir lo mismo los habitantes de esta y otras villas argentinas. Si el contexto de estos años de aumento de pobreza, delincuencia, caída del trabajo formal, infraestructura precaria o inexistente, educación en decadencia, salud pública en abandono y el dominio absoluto de la corrupción en su máxima expresión no encuadrara tal afirmación, podría tomarse la frase como desafortunada. Carece de toda fortuna un país cuando sus dirigentes pierden la brújula y el pueblo aplaude el extravío. Menos cuando la creencia mesiánica —inoculada y cultivada— nubla el más mínimo atisbo de decencia, no sólo discursiva.

Mentir no es propiedad de ningún político en especial. Burlarse en nombre de valores supremos como derechos humanos, inclusión, igualdad, mientras el país se corroe al son de un saqueo monumental, es una partitura que sólo tocan los indecentes de la más baja calaña.

Rutas, hospitales, escuelas, recursos energéticos, seguridad, salud reclaman urgentes soluciones. No es tiempo de montar escenas patéticas. Hay mucho sufrimiento real alejado de la retórica y el modelo. Tan lejos como nunca antes se ha visto en nuestro país.

Espero que no cunda el ejemplo de la danza política. Aunque presiento que puedo equivocarme. Hubo otro balcón con otro tipo de baile.

 

(*) Juan Luis Citterio. Lic. en Publicidad. Director de Razones.