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por Luciano Deraco (*)
opinión

Crónica de un cambio anunciado

 

Argentina asiste (por vigésima quinta vez o algo así) a su propia muerte. Una muerte anunciada, predecible, evitable. Pero una sociedad no camina sola hacia el precipicio. Aunque portemos la más pesada de las vendas, podemos sentir el olor de la zanahoria y aún, como buenos burros, experimentar el vértigo, oír las piedras derrumbarse bajo nuestros pies indicándonos que corremos peligro. Así y todo, el instinto suicida resiste los embates de la coherencia y, ante los cadáveres aún tibios de 2001, elegimos desangrarnos, decapitarnos, fusilarnos.

Es fácil caer en el lugar común de repetir que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, prefiero preguntarme si, en cambio, el argentino pertenece realmente a la humanidad o si se trata de un engendro sádico que goza ante su propia destrucción.

No obstante, convendría no caerle con todo el peso de la responsabilidad de este desastre a ese 51% de la sociedad que, posiblemente dirigida por el odio y la irracionalidad, eligió un “cambio” al que podríamos traducir en la depredación sistemática y terminal de lo poco que nos quedaba de dignidad.

Hace falta un trabajo arduo, elaborado, minucioso para convertir a un personaje, con más de 220 denuncias judiciales en su haber, salido de la cloaca de la escuela neoliberal, en un ser bondadoso, divertido y ético. Y así como Colombia tuvo a su “honrado” Uribe, Venezuela apuesta a su galán Capriles o Chile a su elegante Piñera, el fenómeno imperialista de imponer discursos vacíos, frases efectistas, ojos celestes, meritocracia y estupidez —solapando el más profundo de los saqueos— se impone en pueblos al borde del colapso, necesitados de políticas de inclusión y verdadera redistribución de la riqueza.

De las consignas “zen” y buena onda de la campaña proselitista de Cambiemos hace menos de un año, salidas de los microcéfalos “creativos” publicitarios y expertos en marketing, pasamos a un burdo resguardo mediático promovido férreamente por los oligopolios que deciden prácticamente el total de los consumos culturales, en un país que sueña con ser Noruega porque le da vergüenza ser Argentina.

Y pese a que dicho blindaje empieza a mostrar resquebrajaduras, los más obtusos insisten desinteresadamente en defender lo indefendible, en emocionarse al ver en el presente, figuras cercanas al pasado oscuro de la República y en pagar al cuádruple los servicios, mientras los que jamás en sus vidas cumplieron con sus impuestos posan con caras de buenos en revistas frívolas, deidades de las señoras aburridas y lobotomizadas de la clase media. Justamente, la clase media, esa que mientras se desloma trabajando al ritmo en que se erosionan sus salarios, se emperra en defender a un presidente a quien parte de la oposición lo percibe como un empresario turbio, achacando todos los males a los vagos y ñoquis de la gestión anterior, porque siempre es más fácil que hacerse cargo y porque la tele dice “la verdad”, es objetiva, no toma posición, no tiene intereses…

Si alguna vez, dentro de algunos años, los nuevos habitantes del planeta tierra encontraran las ruinas de lo que supo ser Argentina, se preguntarán, mirando afiches destartalados de Cambiemos, cómo una sociedad con tantos talentos pudo dejarse engañar tan fácilmente. Algún argentino sobreviviente se encargará, desde las sombras, de destruir las evidencias, mirar para adelante y simular que “no pasó nada”.

 

(*) Luciano Deraco. Músico, dibujante, redactor.