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por Luciano Deraco (*)
opinión

Miguel Abuelo: la eterna postal de la libertad

 

Algo así como mirar esas fotos viejas que retienen momentos entrañables, resistiendo amarillentas los embates del tiempo y el polvo del olvido. Cualquier imagen elegida al azar de esos seis tipos pícaros y guarros que respiraban irreverencia parece ya anacrónica, desfasada y ajena. Dispersos retratos furtivos de una época añeja y casi irreconocible que nos instalan, al menos por un instante, ante un cóctel de libertad, baile y desparpajo. No obstante, el exótico menú no acababa en una colorida y animada entrada de jolgorio. Tampoco en el sonido potente de esa banda ideal, minada de talentos como Gustavo Bazterrica, Cachorro López, Daniel Melingo o Andrés Calamaro. Era la pluma sagaz e iluminada de Miguel Abuelo la que dejaba satisfecho hasta al apetito más voraz, haciendo tambalear, de yapa, a cuanto cerebro gris se le topara en el camino hacia la mesa de la deidad.

La aventura de Los Abuelos de la Nada, inaugurada con notable lisergia en el ocaso de los años sesenta, tuvo su reencarnación más hedonista y festiva al compás de la tan ansiada recuperación democrática. Sus melodías funcionaban como un reflector que a cada nota, derramaba luz sobre las anquilosadas sombras de tantos años de miedo y desesperanza.

En una de las canciones del primer disco, titulado simplemente “Los Abuelos de La Nada”, Miguel, lookeado como el anfitrión perfecto de un momento de cambio y movimiento, invita a salir del letargo con entusiasmo y convicción: “Si Buenos Aires despierta, yo digo se despereza... Siente libertad, busca la alegría de ir a más”.

También entre risas pícaras y atorrantes y en una clara y nada titubeante declaración de principios, Abuelo nos definía su libertad, como si hubiera hecho falta, como si cada gesto, movimiento, palabra o verso de su ser no la hubiese terminado de blanquear: “Libertad, socia de los peregrinos. Libertad, luz, coraje, amor divino, yo soy tu bandera: libertad”.

Abuelo no era un tipo fácil de diezmar. Criado en el Instituto Preventorio Roca y con mucha calle encima, encarnaba la antítesis de esos hombres inseguros, acostumbrados a tragar saliva frente a un puñado de reaccionarios prepotentes y siempre dispuestos para el insulto o la agresión. El escenario era como el patio de su casa. Su autoridad incuestionable le permitía plantarse firme y provocador, tan seguro como imparable. “No se desesperen locos todo va a estar bien, ninguna bala parará este tren”, cantaba hiperkinético en una de las canciones del segundo disco.

Sobre las tablas y silbato en mano, entregado al trance del sentir, dejaba en claro ante cada paso de baile amanerado, que tanta intensidad contenida en versos, puede y debe coexistir sin miedo con el cuerpo.

Atrás, ese conjunto soñado, un verdadero seleccionado de virtuosos que le imprimió, a la imperante corriente New Wave, ese particular y vistoso quiebre latino, mezclando además la picardía más visceralmente criolla.

Quizás en las líneas más inspiradas de su carrera, Abuelo advierte que la fiesta debe continuar, incluso en ausencia del anfitrión: “Que no se rasgue como seda el clima de tu corazón” pide en “Himno de mi corazón”, una de sus canciones más agudas y emotivas.
Sin el brillo de antes, pero con el filo pendenciero de su pluma eterna, se lanzó a una errática y conclusiva aventura: “Cosas Mías”, el último trabajo, donde no contó con los mismos músicos ni con el apoyo del público, la prensa y las discográficas. Aún así, alcanza para malherir a los distraídos: “Ahora, si esto continúa hundiéndose, ¡Yo! El Capitán, el calavera, me sumergiré, con toda mi realidad...” proclama en “Capitán Calavera”.

Como otro notable alumno de una promoción signada por el descontrol y los excesos, encontró la muerte en otoño del '88 a manos del SIDA y casi a la par de los otros dos hacedores del gran cambio: Luca Prodan y Federico Moura.

Algo así como mirar alguna de esas fotos viejas que retienen momentos entrañables, resistiendo amarillentas los embates del tiempo y el polvo del olvido. La música de Miguel y sus abuelos esboza siempre una sonrisa cómplice y pasional, entre pupilas melancólicas.

 

(*) Luciano Deraco. Músico, dibujante, redactor.

 


Illustración: Niko Battista.