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por Juan Luis Citterio (*)
opinión

¿Cambiamos?

Cuando ideología y olvido distraen los verdaderos fines

El balotaje que Argentina celebró en 2015 quedará como un hito en la historia. La democracia, ininterrumpida desde 1983, dio un nuevo paso hacia su consolidación. Los argentinos fuimos capaces de llegar a una instancia inédita, teniendo que elegir entre los dos candidatos presidenciales más votados. El resultado final, si bien no es algo para soslayar, debería ser objeto de un análisis que no impida seguir observándonos como sociedad democrática, más allá de ideologías o pertenencias a ciertos espacios políticos.

Ha triunfado la consigna del cambio. Por lo menos, eso parece. La pregunta que surge, de inmediato, es: ¿qué tipo de cambio?

Durante la campaña presidencial hubo un sinfín de frases y declamaciones que alentaron la necesidad de modificar el rumbo, a la vez que otras demonizaron tal idea. Hecho tamizado por una versión tanguera rioplatense, tan nuestra y reconocible, en donde los matices jamás son protagonistas. De tal forma que absolutamente todo lo ocurrido en la última década fue denostado por un sector de la política —y algunos medios de comunicación—, obteniendo su contrapartida en la vereda de enfrente, llena de propaladores de verdades iluminadas que presagiaban un retorno a las viejas políticas neoliberales de los noventa. Ésas, que tanto mal le han hecho a la patria y de las que nadie parece hacerse cargo.

Una desmesura criolla con precedentes —mediatos e inmediatos— surcó las calles y los humores. La pasión y la mentira ensambladas en un engendro peligroso. En esa amalgama, ¿quién es capaz de descubrir dónde empieza una o cuál de ellas domina a la otra?

Cuando un pueblo clama sin escuchar ni discernir sobre las variantes que la intrincada realidad presenta, puede caer en la tentación del engaño o, más bien, en las garras de la necedad emocional. No es novedoso, menos para la historia celeste y blanca (tampoco para la de varios países de todo el mundo). Si las banderas que nos representan ideológicamente ciegan o enturbian la visión, será momento de reflexionar acerca de las prioridades de la nación. Que la pasión sea movilizadora no justifica la censura del raciocinio, incluso en donde el corazón parece decirnos lo correcto.

Este artículo no pretende condenar la exaltación de ideales, el protagonismo de las emociones, la aparición de discursos envalentonados. Quizás tenga como modesto objetivo describir un escenario nocivo para el país, que nos vuelve a tener como actores en la sistemática obturación del uso de la memoria.

Si la negación de los hechos se hace moneda corriente, nada impide que sigamos en la senda de las equivocaciones del pasado. Y en estos últimos tiempos esta práctica se naturalizó sin resistencia alguna. Una cosa es opinar, a favor o en contra, sobre una determinada acción política; otra es justificar tal acción mezclando —deliberadamente— hechos y personajes antiguos, dándole nuevas y estrambóticas explicaciones, en el intento concienzudo por relativizar todo. Cuando el barro abunda es complicado hallar limpieza en cualquier accionar. Gran negocio de aquellos que hacen de la verdad un tema “relativo”. No hay verdades o mentiras a medias. Sólo hay formas de distorsionarlas.

Es ahí en donde tendríamos que hacer hincapié, si es que realmente nos preocupa el futuro. Revisar el pasado para acomodarlo a nuestro parecer es un ejercicio que produce resultados falsos (toda semejanza con la manipulación y el ocultamiento de las estadísticas públicas es mera coincidencia). Si edulcoramos eso con un abanico de respuestas ideológicas para la ocasión, el resultado puede ser fatal.

La corrupción no es de izquierdas, derechas o centros. El doble discurso, menos. Quedamos atrapados en una madeja de expresiones vacías que nublaron el cielo. Si un chico muere por desnutrición, no hay doctrina en la cual ampararse que nos quite la responsabilidad de que eso pase. Tampoco depende de qué lado del mostrador estemos para avalar o fustigar tales explicaciones. Sin embargo, caímos en la trampa. Mientras la realidad transitaba por un camino, la retórica discursiva ofrecía opciones laberínticas. Nada fue al azar, salvo la idea de hacernos perder el rumbo.

Pero nadie cree una mentira, durante tantos años, sin ser responsable, o cuando menos, indirecto responsable. Es como reflexionar sobre un tiempo perdido, pero a la vez no hacerse cargo de esa pérdida. En todo caso —argüimos— hubo malhechores disfrazados de políticos y funcionarios públicos que nos robaron hasta el hartazgo. Desde los recursos del Estado hasta la esperanza de un país mejor. En tanto los ciudadanos, divididos entre “progres” y “vendepatrias” (o las acepciones que se nos ocurran), se intimidaban con agresiones estériles. En medio de la balacera retórica, el destino de Argentina se esfumaba enmascarado.

Entonces llegó lo que debía llegar: la necesidad de cambiar. ¿Cambio de política? ¿Cambio de gobernantes? ¿Cambio de ideas? ¿Cambio de discurso? ¿Cambio de humor? ¿Cambio de manos? Barajar y dar de nuevo. Buena metáfora azarosa, que bien puede explicar el sentimiento expresado en urnas. Pero el devenir de un pueblo no puede quedar sólo al arbitrio de la suerte. La caprichosa fortuna nos exime de culpas, sobre todo cuando el interés por buscar responsables ajenos es el deporte nacional.

Es cierto que Argentina clamaba por un cambio de timón, aunque más no sea en cuestiones elementales como establecer reglas claras de convivencia, sinceramiento de variables económicas, desaceleración de confrontaciones inútiles o adecuado manejo de fondos públicos. Los males enquistados necesitan remoción profunda: corrupción, inequidad, impunidad, violencia, delito, nepotismo, injusticia, en una lista que podría llevarnos varios renglones.

Ahora bien, ese cúmulo de necesidades de cambio no surgirá por generación espontánea. La confianza en el nuevo gobierno puede ser la puerta para ingresar a otro terreno, en donde puedan fertilizarse ciertas decisiones que mejoren la realidad. Ese estado de “ilusión” —pasajera al fin de cuentas— puede redundar en el beneficio de motorizar el giro de una tendencia histórica. Pero de nada servirá si detrás de esa dosis de fe momentánea no hay un fuerte respaldo de la conciencia ciudadana y las herramientas que suelen viajar con ella: autocrítica, responsabilidad, tolerancia, sinceridad, participación.

Las ideologías no pueden ser el instrumento por el cual se desestimen las propuestas diferentes o se perpetúen los pensamientos únicos. Deben vehiculizar las corrientes que persigan como fin el progreso de un país.

Bienvenidos el cambio y los deseos de un país en crecimiento. Nadie debe cercenar la posibilidad de buscar un porvenir mejor. Sólo puntualicemos que la memoria sirve para evitar los caminos truncados elegidos con anterioridad. Desvirtuar el pasado y decorarlo con tintes partidarios, para acometer contra toda voluntad que nos incomode, sólo nos llevará hacia donde hemos ido con recurrencia: un estado de amnesia indulgente, vestido de credo irrenunciable, capaz de absolvernos de los peores pecados.

 

(*) Juan Luis Citterio. Lic. en Publicidad. Director de Razones.