artículos | opinión
por Luciano Deraco (*)
opinión

Los besos y la ausencia

Se cumplen 25 años de la muerte de Federico Moura, líder de Virus y figura ineludible del rock argentino

Parece que debía ser así y no de otra forma: terminando la primavera. La luminosa presencia de Federico Moura -cantante, esteta y mentor del grupo Virus- se apagaba marcando también el final de una época.

La imaginaria banda sonora del retorno de la democracia comenzaba a desgranar sus últimos acordes. Un año antes, el 22 de diciembre de 1987, Luca Prodan – el otro gran transgresor de esta historia musical- nos dejaba y apenas cuatro meses después, el 26 de marzo de 1988, partía el impresionante Miguel Abuelo.

Sin tres de sus principales animadores, el rock eufórico y festivo del gobierno de Alfonsín se hacía aire, al unísono con una desquiciada hiperinflación.

Ya durante el menemismo, el rock desnudaría sus venas más duras dejando al pop glamoroso lleno de polvo y olor a naftalina.

De hecho, Federico – mucho antes que músico, hijo de una familia de clase media alta de La Plata, rugbier, viajante del mundo, estudiante de arquitectura, modelo y diseñador-, sería descartado como mito e incluso como figura relevante dentro del rock hasta los primeros años del siglo XXI.

A partir de la alusión permanente de bandas exitosas como Babasónicos o desde el prestigio de carreras como las de Leo García o Diego Frenkel, Moura se consolidó como mito y la prensa -hasta aquí siempre esquiva a su figura-, lentamente le reconoció los méritos que antes le había negado.

El “polo Sumo” del rock vernáculo, agigantado a partir del tremendo éxito masivo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en un contexto de rock “duro” y de “aguante” como el de los noventa, debe convivir ahora con la creciente figura de Federico Moura. Es decir, con la otra cara de una brillante moneda.

Hoy la música de Virus vive como inspiración para bandas y solistas tan disímiles como Adicta, Baccarat, Entre Ríos y Leandro Fresco, además de los ya consagrados Miranda!, Pity Álvarez, Tan Biónica y Ciro Pertusi.

Pero ¿cómo logra Virus -una banda de synthpop minimalista- influenciar a tantos artistas? La diferencia de Virus siempre se sostuvo en la precisa utilización de una elegancia que operaba en Federico como algo innato. Las ropas, los cortes de cabello, las fotos, los videos, eran tan importantes o incluso más que la propia música.

Federico había vivido parte de su juventud en Londres y Nueva York. Era consciente de que el rock sinfónico en Argentina tenía fecha de defunción. Sabía también que la vanguardia musical se apoyaba en los vestigios del punk y sobre todo, en la new wave.
Hoy la globalización, con su tecnología de avanzada, nos permite atravesar el mundo desde una pantalla. Hace 30 años, ser moderno era un privilegio de pocos y casi una odisea en el marco de una chata y ultra prejuiciosa sociedad argentina.

En ese contexto, la presencia como letrista de Roberto Jacoby (sociólogo y artista plástico que había estado en el Instituto Di Tella) funcionaba para Moura como una suerte de trampolín. Su poesía ácida y directa desnudaba una implacable crítica, tanto al arcaico rock nacional como a sus vicios. La política y las condiciones sociales también eran temáticas abordadas, a pesar de que los críticos prefirieran poner el acento en lo rítmico y bailable de la propuesta.

La carrera de Virus en los ochenta fue una guerra de mil batallas. No sólo el público aún no estaba apto para su frescura. La prensa e incluso varios de sus colegas tampoco los miraban con buenos ojos.

Aquellos que los tildaban de “frívolos” y “pasatistas”, ignoraban que la familia Moura había perdido a su hijo varón mayor a manos del terrorismo de estado. Fiel a sus códigos de honor, Federico jamás hizo “bandera” con la desaparición de su hermano. Ni siquiera una sola vez lo mencionó en público.Era consciente de que su carrera no podía erigirse sobre los pilares de la demagogia y de la victimización. Los prejuicios caerían en todo caso, por el peso de su propia obra.

A partir del retorno a la democracia, y tras tres años de carrera, Virus se transformaba en uno de los grupos más importantes y populares de Sudamérica.
Giras interminables, estadios llenos, agotadoras ruedas de prensa, portadas de revistas. La banda platense (sintetizadores al hombro) marcaba a fuego el sonido de la primavera democrática y Federico, claro, reafirmaba una y otra vez su exquisito rol de showman, acaparando las miradas de propios y extraños.

Prototipo de la sutileza y el bajo perfil, nunca hizo pública su homosexualidad, a pesar de dejarla entrever con ambigüedad, casi como coqueteando con la idea de generar el interrogante.

Los riesgos obligados de una vida intensa y al límite, se hicieron piel cuando a mediados de 1987 en Brasil, supo que estaba enfermo de SIDA.
Buscó soluciones por las principales capitales del mundo, creyendo ciegamente en una recuperación por entonces imposible.

Comenzó así a delegar sigilosamente funciones a sus hermanos menores: Julio y Marcelo. Quizás en el momento de mayor brillo sobre el escenario, la enfermedad lo coartaba paulatinamente de sus posibilidades.

Ya retirado del público, pasó la segunda mitad de 1988 descansando en un caserón de San Telmo que había comprado meses antes. Algunos amigos lo visitaban, a otros prefería despedirlos por teléfono. Su madre Velia (aquella compinche incondicional que a los cuatros años le enseñó en City Bell  los primeros acordes en el piano) lo acompañaba y cuidaba.

A pesar de los estragos del SIDA, Federico insistía, con su firmeza característica, en cantar lo que ya no podía: un nuevo disco de Virus.
Consciente de su ausencia, le insistió a sus compañeros para que terminaran ese trabajo. Quería evitar el bajón generalizado y sabía que ante una nueva tragedia familiar, sus hermanos menores debían permanecer unidos.

Algunos dicen que murió con apenas 35 kilos, silbando bajito. Otros que le cantó, como pudo, un tango a su mamá. Los más sensatos opinamos que simplemente se durmió relajado, sin penas ni reproches. Meros detalles de superficie que sólo sirven para engrosar el mito. Lo único cierto es que Federico murió a los 33 años, un 21 de diciembre, al concluir la primavera. El discreto final de una vida intensa y exquisita, con el arte y la elegancia como pulso.

 

(*) Luciano Deraco. Músico, dibujante, redactor.