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por Juan Pablo Garibotti (*)
opinión

Decreto de injusticia

El pasado como docente en la UBA de Carlos Rosenkrantz, uno de los dos jueces supremos propuestos por el Presidente de la Nación

1990. Mi primer cuatrimestre en la carrera de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, tras haber cursado en 1989 el Ciclo Básico Común. En simultáneo, cursaba el segundo año de la carrera de Producción y Dirección de Radio y Televisión en el ISER. Tenía 19 años recién cumplidos, cursaba la materia cuatrimestral Teoría General del Derecho, cátedra del Dr. Carlos Nino.

La cursada parecía complicada. Clase a clase cambiaban, como por mágica rotación, los docentes que estaban a cargo de dictar las clases en mi comisión, la 6050. Las clases eran interesantes. Tomaba apuntes y escuchaba con atención. A mitad de cuatrimestre se desarrolló la primera evaluación, la amenaza fue explicitada: "Tomaremos examen normalmente, pero a quienes se atrevan a presentar una monografía les daremos la posibilidad de lucirse. Corrigiendo, seremos implacables. Si dudan estar a la altura de realizar el trabajo práctico, recomendamos dar el examen escrito". Sólo unos muy pocos alumnos presentamos monografías, no más de cuatro o cinco. Con esa producción obtuve mi primer 10 en la carrera. Tema: La nulidad como sanción.

A esa altura de la materia, ya dictaba las clases el profesor Carlos Rosenkrantz, que había regresado de algún viaje al exterior, y algún otro colaborador ocasional. La cursada estaba algo retrasada en cuanto a contenidos, debido a la rotación docente, algún faltazo de ellos, y la demora de Rozenkrantz en tomar el curso a su cargo. Nada que no fuera circunstancia común en la Universidad de Buenos Aires.

Llegó el segundo parcial. Sería escrito. Se definieron los temas. El examen se tomó fuera del período que debía hacerse. El profesor ayudante a cargo expresó, sin dar lugar a réplicas ni a escuchar a sus alumnos, que no habría ningún alumno suyo que pudiera evitar el examen final como examen obligatorio. Nada quiso oír sobre las normas que obligaban a los docentes a promediar las notas parciales. En caso de estar los exámenes parciales aprobados con nota superior o igual a cuatro y el promedio de ellos ser mayor o igual a seis, los docentes estaban obligados a promover a sus alumnos.

Las notas de todos fueron muy bajas. Posiblemente era parte del plan del profesor para justificar su intención de tomar finales. Mi examen tuvo la calificación de cuatro, y estuvo dentro de los mejores exámenes.

El profesor Rosenkrantz fijó la fecha de examen para un día elegido a su arbitrio, con posterioridad a los días que los docentes tenían habilitados para entregar las notas. Nadie se atrevió a reclamar.

Un día de julio de 1990, a las dos de la tarde, el Profesor Rosenkrantz y otros ayudantes de cátedra constituyeron mesa para tomar exámenes a los alumnos de la comisión 6050. Como solía ocurrir, ellos mismos y por separado, tomaron los exámenes orales al alumnado. (Si no recuerdo mal, las mesas de exámenes debían estar integradas por tres profesores y el evaluador ser ajeno a esa comisión).

Tres compañeros esperaban en la puerta al profesor para decirle que estaba violando una Resolución de la Facultad y que debía promocionarlos y no tomarles examen. Yo estaba en las mismas condiciones que ellos.

El profesor les dijo que no tenían razón. Y los desafió: si le traían el texto de la norma que lo obligaba a promediar las notas y aprobar a los alumnos con promedio seis o más, él los aprobaría. Los tres compañeros salieron corriendo a buscar la norma. Los tres tenían ambos exámenes aprobados y sus promedios eran de seis. Pero la Facultad ya dormía sus vacaciones de invierno, la búsqueda sería infructuosa...

Mientras tanto empezaron los exámenes. Un compañero mío, salteño, también compañero de caminatas a la Facultad —vivíamos en el mismo barrio—, fue de los primeros en ser llamado por el otro docente. Yo, a varios metros de distancia, podía ver su empeño en defender posiciones ante el interrogatorio del profesor. Todo parecía en vano. El docente le comunicó a Rosenkrantz que el alumno había desaprobado, y que había sacado un tres. Mi compañero estaba resignado y se marchaba cabizbajo cuando Rosenkrantz le dijo que aguardara, que él le iba a hacer alguna pregunta más. El salteño no perdía la ilusión. Aquello era una muy buena señal y los dos estábamos contentos.

El examen proseguía para todos. Ya había pasado cerca de una hora cuando regresaron los tres compañeros que habían salido como flechas hacia las dependencias administrativas en busca de la Resolución. Estaban frustrados. Y transpirados por correr de un lado a otro. Todas las dependencias administrativas de la facultad estaban cerradas.
Rosenkrantz se acercó a la puerta a recibirlos.

— Profesor, la "Oficina de Alumnos" y las otras oficinas están todas cerradas. No pudimos conseguir la norma... —dijo el primero—.

— No nos queda otra alternativa que dar el examen —dijo el segundo—.

— Sí, pero yo ya pasé lista, y ustedes estaban ausentes —mintió el profesor—.

— Pero usted nos dijo que fuéramos a buscar la norma.

— Sí, pero cuando pasé lista, ustedes no estaban presentes —volvió a mentir, haciendo el gesto de mostrarles la salida del aula y volviendo a los exámenes—.

El profesor no había tomado lista. No recuerdo jamás ningún examen final en el que se haya tomado lista a los que iban a rendir. Sin embargo, no se atrevieron a seguir la discusión. Nadie en voz alta se atrevió a decir que no se había tomado lista.

El examen prosiguió. Llegó mi turno cerca de las cuatro de la tarde. El otro docente, a quien yo no recordaba y seguramente era ayudante de otra comisión, fue quien me evaluó. Contesté bien todas las preguntas. Estaba aprobado. El docente le comunicó a Rosenkrantz que yo estaba aprobado. Carlos parecía no estar muy de acuerdo y dijo: "Bueno, pero esperá un poco más, que yo te voy a hacer alguna otra pregunta".

Parecía cosa del destino: mi compañero salteño y yo habíamos quedado en capilla, paralizados, sin saber si aprobáramos o no, al arbitrio de alguna pregunta extra que nos hiciera el profesor. Y el momento de decisión no llegaba.

Nuestros compañeros seguían rindiendo y marchándose. Nosotros dos seguíamos esperando. Pasadas las ocho de la noche, el salón quedó casi vacío. El paso del tiempo resultaba una amansadora natural. El docente que acompañaba a nuestro profesor se despidió de Carlos y se marchó.

—Bueno, me quedan ustedes dos —dijo. E invitó con un gesto a acercarse al salteño.

Un par de preguntas bastaron para que Carlos decidiera aprobarlo. La tonada provinciana habría hecho algún efecto favorable.

Llegó mi turno. La suerte estaba echada.

—Voy a hacerle una pregunta. ¿Cuál es la primera conceptualización de Kelsen de acto antijurídico?

—Para Kelsen, acto antijurídico es todo aquello que su consecuencia es una sanción.

—Sí, pero... ¿cuál es la primera conceptualización de Kelsen de acto antijurídico?

—Profesor, ese tema no entraba en el examen. No hubo ninguna clase sobre las conceptualizaciones de acto antijurídico según Kelsen y no estaba dentro del temario del examen. Usted determinó qué temas entraban y cuáles no.

—Bueno. Voy a hacerle otra pregunta. ¿Cuál es la segunda conceptualización de Kelsen de acto antijurídico?

—Profesor, disculpe, vuelvo a decirle, ese tema no entraba en el examen. Nadie lo explicó y no estaba dentro de los temas del examen.

—No hay problema. Le haré otra pregunta. ¿Cuál es la tercera conceptualización de Kelsen de acto antijurídico?

—Ese tema no entraba en el examen. Nadie lo explicó y no estaba dentro de los temas del examen.

—Le acabo de hacer tres preguntas. Usted no supo responder ninguna de las tres. Discúlpeme, pero yo no puedo aprobarlo así, por más diez que haya sacado en el primer examen. Tiene un tres, puede irse.

Mi amargura era indescriptible. Había sido evaluado en un final oral compulsivo, cuando mis derechos eran claros respecto a que debía ser promocionado y aprobado sin necesidad de esa instancia. Estaba siendo evaluado en fecha arbitraria, fuera de los turnos de examen. No había sido escuchado en la protesta por la falta de promoción.

Había tenido la oportunidad de rendir, a diferencia de los otros tres compañeros que también debían promocionar, solo porque había decidido rendir el examen de todas maneras, ante la certeza de que encontrar la norma en período de vacaciones de invierno sería imposible. Había sido aprobado sin dificultades hacía más de cuatro horas por otro profesor, y ahora, ya casi solos, ante la mirada de mi compañero salteño que me esperaba ansioso para celebrar su éxito, había sido humillado sin más trámites, con tres preguntas correlativas sobre un mismo tema que no estaba entre los contenidos de la comisión.

Así parecía terminar mi primer cuatrimestre de facultad. Consulté a mi padre sobre las arbitrariedades. No podía creer la sumatoria de injusticias. Sin dudas no había sido así en su época de alumno universitario. Yo quería protestar. Quería reclamar. Quería justicia. Debía hacer un reclamo administrativo.

Mi padre se mostraba escéptico sobre un resultado positivo de un potencial reclamo, pero me enseñó con su mejor modo a hacer el recurso. El Derecho Administrativo es una de sus especialidades. En mi fuero íntimo esgrimí mi mejor argumento: estoy estudiando Derecho, en la facultad de Derecho; si acá no aprendo a hacer valer mis derechos... ¿para qué estudio?

El 18 de julio de 1990 estaba presentando en Mesa de Entradas una denuncia al profesor Carlos Rosenkrantz para que el Decano evaluara mi situación y se diera cumplimiento a lo dispuesto en la Resolución 1391/86, que dispone que los alumnos que hubiesen aprobado los dos exámenes parciales, obteniendo un promedio de seis, como mínimo, serán promovidos directamente, sin examen final.

 

La Justicia es lenta en todas partes, aun en la facultad de Derecho. El 6 de septiembre de 1991 el Decano de la Facultad de Derecho, Eduardo Pigretti, resolvió que las razones expuestas por el citado profesor para negar la promoción de los alumnos, no resultaban suficientes (...) La norma que así lo establece es imperativa y por lo tanto no resulta aceptable añadirle condicionamientos (...).

Así la Facultad reparaba las injusticias de Rosenkrantz, resolviendo favorablemente mi presentación y la de los otros tres compañeros que no dudaron en sumarse a mi reclamo.
Ese día, al fin, terminaba con la resolución a mi reclamo, un ejemplo palpable, mi último aprendizaje de Teoría General del Derecho.

Veinticinco años han pasado desde entonces y me pregunto, ¿cuánto habrá cambiado el profesor?


(*) Juan Pablo Garibotti / Abogado, Psicólogo y Productor de radio y televisión. Productor General de Razones.

 


 

Ilustración: Andrea Avagnina.