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por Luciano Deraco (*)
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Vamos a lo seguro

A pocos días para las elecciones generales, el desfile de candidatos, afiches, rostros olvidables y frases hechas y efectistas, rebalsa. En tiempos de promesas todos parecen buenos, amables, correctos y hasta eficientes.

Dentro de la batería de propuestas que seducen al elector promedio, sin dudas, la que más terreno ha ganado a fuerza de espacios televisivos es la machacante y complaciente “solución” a la inseguridad. Un espectro que condensa un cúmulo de necesidades reaccionarias postergadas durante estos años, supuestamente blandos, que parece cortar por lo más delgado y brutal, interpelando con argumentos rimbombantes las escuetas conciencias de aquellos que todo lo juzgan mirando una pantalla.

Tras meses en los cuales personajes, ignotos y no tanto, desfilaron por la televisión privada dando opiniones cavernícolas al respecto, las soluciones mágicas y cortoplacistas parecen repetirse en los discursos sofistas de los candidatos presidenciales con mayor intención de voto.

Así fue que sin demasiada sorpresa asistimos, hace algunos meses, a la brutal afirmación del Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, quien no tuvo pruritos en declarar que el “curro de los Derechos Humanos” terminaría de ser electo Presidente, acusando bajo tamaña frase al actual Poder Ejecutivo de “no atender las demandas de las víctimas de la inseguridad”. Dichos compartidos por el mediático Sergio Massa, candidato del Frente Renovador.

Ambos funcionarios representan el emblema de un discurso materializado con creces (cada uno a su manera) en sus respectivos distritos: mientras las rejas coparon prácticamente todos los espacios públicos de la ciudad de Buenos Aires (dejando a los sin techo literalmente en la calle), el partido de Tigre es hoy, dentro del conurbano bonaerense, el enjambre de cámaras más complejo, comparable a una versión criolla del escenario urbano que planteaba el clásico "1984" de George Orwell.

No obstante, las realidades de ambas ciudades no son postales ajenas a otras que se repiten en distritos supuestamente gobernados bajo ideas de otra índole: el incremento de oficiales de policía y la instalación de miradores y garitas se ha extendido sistemáticamente por todo el país.

Sin ir más lejos, el tercero en discordia, Daniel Scioli, ha gastado dinero, y de sobra, en publicidades televisivas que dan cuenta del aumento del número de efectivos de la Policía Bonaerense durante los últimos meses.

A todo esto, el kirchnerismo, fiel a su costumbre, sostiene con palabras lo que no practica: si bien desde sus medios adictos y obsecuentes reproduce hasta el hartazgo una retórica “progre”, su fuerza mimada, Gendarmería, ha solapado sangrienta y silenciosamente, cuando hizo falta, cuanto alzamiento obrero se manifestó en contra de las políticas no tan inclusivas del gobierno “nacional y popular”.

Lo tétrico del asunto, desde cualquier ángulo, es la falta de voluntad para acabar con el problema de raíz, apuntando a bajar los niveles de marginalidad mediante medidas de inclusión que no equivalgan a clientelismo o sin apelar a una vulgar y descarada criminalización de la pobreza. Forzadamente Macri, quizás obligado por sus asesores a bajar los decibeles y ablandar su perfil de ultra derecha o en un misterioso rapto de humanismo, declaró que “la inseguridad se combate con más educación”, algo paradójico si se tiene en cuenta su gestión en Buenos Aires, que no hizo más que avasallar la educación pública hasta el hartazgo. Cabría entonces preguntarse cuál es el ideal de “educación” que se persigue. Como también, ampliar el interrogante para saber cuáles son los verdaderos intereses tras la puja por la “inseguridad”.

Unos pocos, desde el calor del sofá y la pantalla invasiva y ante la alienante desinformación imperante, se permiten interrogarse acerca de que quizás, por debajo de una aparente (y brutal) solución, comanda el usufructo y el beneficio de algunos, además de la ya señalada obediencia a la ideología que se representa y se busca imponer. Así sucede con la instalación de rejas y de cámaras, cuya licitación, misteriosamente, siempre se adjudica a empresas constructoras afines o que, directamente, pertenecen al funcionario en cuestión independientemente de los antecedentes en la materia.

Un paradigma de la conveniente convivencia entre adjudicatarias y estado es la empresa RIVA S.A., la cual fue contratada tanto por el macrismo como por el kirchnerismo, protagonista no sólo del perimetrado de los más de 80 espacios verdes “seguros” en Capital, sino también de fastuosas torres, obras en educación y salud, a pesar de las sucesivas denuncias por irregularidades y sobreprecios.

Otro flagelo del que nadie o casi nadie se hace eco: detrás del  progresivo avasallamiento de los espacios públicos (vallado y policía mediante), se esconde un infame negocio a través del cual, la dirigencia en su totalidad, independientemente de los colores, cocina jugosos dividendos que comparte con gigantes cadenas de bares y restaurantes convirtiendo las plazas en una suerte de patios de comidas.

Tampoco (parece) nadie repara que detrás de la masiva inclusión de personal a las fuerzas represivas, se “combate” la pobreza, casi como si se tratara de llevar por la senda correcta a esos muchos con pocos recursos para torcer su destino, encarrilándolos de yapa como autómatas bajo el ala de los intereses dominantes.

A días de decidir su futuro frente a una brisa de fragancia reaccionaria, la mayoría de los argentinos levanta las banderas de la mano dura, sobre las bases de un renovado aprecio hacia las fuerzas del orden, los cercos y un condenatorio menosprecio hacia los marginales. El discurso del orden, altamente rentable y funcional a la clase dominante, parece haber ahogado por completo aquellas proclamas que cuando asomaba el nuevo milenio bregaban por nuevas formas de representación y una mayor inclusión social. Las cartas parecen estar tiradas y, como otras veces, la ciega fuerza bruta parece haberle ganado la mano a la tolerancia.

 

(*) Luciano Deraco. Músico, dibujante, redactor.