artículos | opinión
por María Laura Liscano M. (*)
opinión

Venezuela, una larga agonía democrática

Santiago de Chile, República de Chile. De nuestra corresponsal.

Desde el inicio de 2014, Venezuela empezó a mostrar al mundo una realidad que para muchos era desconocida: jóvenes en la calle luchando por un ideal, el de la libertad y la democracia. Esa demostración generó un impacto en la sociedad internacional, que hasta ese entonces creía que Venezuela era modelo de Latinoamérica, país rico y próspero, donde no debería existir pobreza.

Paralelamente a esas acciones, los venezolanos en el exterior decidimos salir a la calle, como muestra de apoyo y para dar a conocer al mundo lo que intentaba ocultar el régimen de Maduro.

Después de meses de protestas, denuncias de la existencia de presos políticos, de tortura y hasta varios muertos, con tristeza vimos cómo la comunidad internacional permanecía ciega, sorda y muda. Y peor fue escuchar a personalidades que repetían el discurso del gobierno venezolano, para quienes sólo éramos una minoría y, además, sostenían que en Venezuela existía una “Democracia Plena”. Una minoría que sufre de delincuencia, inflación, desabastecimiento, persecución política; una minoría que tuvo que irse de su país huyendo de esa cruel realidad; una minoría que estuvo en las calles más de tres meses exigiendo un país más justo y de oportunidades, un país libre, que les pudiese ofrecer un futuro...

En las elecciones presidenciales de Venezuela, el 14 de abril de 2013, Nicolás Maduro resultó electo con un 50,61% de los votos y Henrique Capriles Radonski obtuvo un 49,12%. De cara a estos resultados —pese a las denuncias en relación a la poca transparencia en el sistema electoral venezolano— sería erróneo hablar de una minoría.

En una de las últimas encuestas realizadas por el Instituto Venezolano de Análisis de Datos, al menos el 71,4% de la población se expresó positivamente en relación al movimiento estudiantil, un 55% señaló que el gobierno de Maduro tiene una tendencia dictatorial, otro 55,3% se mostró de acuerdo con seguir con las manifestaciones y otro 58,9% señaló que Maduro no está llevando por buen camino al país. Hoy Maduro sólo cuenta con el 20% de aprobación.

Al parecer, algunos olvidan que democracia es el gobierno de la mayoría con respeto a los derechos de las minorías. Un respeto que en Venezuela se ha ido perdiendo por parte del gobierno, debido a discursos cada vez más demagógicos, populistas y ofensivos, con gobernantes que amenazan con grupos civiles armados, que pasan por sobre la Constitución, con un Estado totalmente corrupto y un gobierno incapaz de dar solución a problemas sociales como el desabastecimiento y la inseguridad. En un país donde todos los poderes públicos se encuentran subordinados al Ejecutivo, difícilmente se podría hablar de democracia.

No olvidemos que la mayoría de quienes participaron en estas protestas fueron jóvenes de entre 18 y 35 años, educados bajo la idea de que el pueblo es soberano, amparado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y en el artículo 350°, bajo el cual sus actos no son golpistas, sino acciones apegadas a la carta fundamental. Entonces fue el chavismo, bajo esas normas creadas a su medida, quien enseñó a estos jóvenes de hoy que la desobediencia civil era un derecho y un deber ciudadano. Lastimosamente, ahora muchos de estos jóvenes, por ejercer su derecho a la protesta, encontraron como respuesta la cárcel.

Pretender que la polarización venezolana es el mero afán golpista de una minoría o pretender evadir el tema amparándose bajo la figura de la no injerencia en asuntos de otros países, obviando la evidente y sistemática violación de derechos, responde más a un discurso ideológico-partidista, y dista mucho de ser la actitud de personas fieles a la defensa de los DD.HH. Esta omisión los hace cómplices pasivos de un régimen que persigue a políticos y oprime a un pueblo indefenso.

Lo que hoy está bien claro es que, a pesar de la existencia de las elecciones en Venezuela, lo que menos existe es democracia. Hay un régimen plutocrático, demagógico y autoritario, lo que Michelangelo Bovero llamó Kakistocracia. Si la oclocracia —el gobierno de la muchedumbre, de las masas amorfas— es la deformación de la democracia, la kakistocracia es el estado final de esa degeneración, con el gobierno de los peores, como lo define Frederick M. Lumley, en el que “la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes (…) desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos”.

La pérdida de principios y valores ha quedado al descubierto en Venezuela, así como el hecho de que no es una minoría la que se opone al Gobierno de Maduro, y si bien existe una polarización, es por el pueblo venezolano por lo que hoy se está clamando, sin distingo de colores o ideologías. ¡Venezolanos a secas!

 

(*) María Laura Liscano M. Lic. en Estudios Internacionales Universidad Central de Venezuela (UCV). Analista Político.