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por Norma Morandini (*)
opinión

El silencio de la democracia
y el rugido de las aguas

En cada descalificación personal aparece descarnada esa cultura autoritaria de comisarios políticos que patrullan ideológicamente lo que pensamos o hacemos

Nuestra herida democracia se construyó sobre silencios, el de los pañuelos blancos que increparon al poder cuando la mayoría tenía miedo; el que a la hora en la que el sol se escondía tras las montañas de Catamarca, en una mezcla de marcha cívica y procesión, rugía sin palabras por el crimen de María Soledad; el que levantó las máquinas fotográficas en recuerdo de José Luis Cabezas. El silencio que calla para no gritar. Cuando las palabras no dicen porque gritan y lastiman, mejor el silencio para no ahondar peligrosamente esas trincheras que algunos intentan construir. El silencio también es una expresión de sabiduría. Porque, como dice el refranero popular, a los bueyes se los une por los cuernos y a los hombres, por las palabras. Pero cuando las palabras matan porque amenazan, cuando lastiman, agreden, odian, mejor hacer silencio.

Cuesta argumentar sobre lo obvio. Cada una de las descalificaciones con las que se nos intenta amedrentar son una muestra de lo que advertimos hace ya tanto tiempo, el carácter antidemocrático de quienes confunden Estado con Gobierno, invocan a los Derechos Humanos pero ignoran el derecho universal a manifestar, critican a la dictadura pero desprecian la democracia. Si la marcha es opositora, ¿qué? Si se califica a la expresión ciudadana como delito, entonces esa es la mejor confirmación de que vivimos bajo un régimen, no en una democracia que garantiza derechos. En cada descalificación personal aparece descarnada esa cultura autoritaria de comisarios políticos que patrullan ideológicamente lo que pensamos o hacemos. Pero si estas descalificaciones no resisten los principios democráticos que legitiman los derechos, el que se invoque tanto al golpismo entra en el orden de la psicología, la teoría del inconsciente que sostiene que proyectamos, ponemos fuera, todo lo que deseamos. Ante tanta invocación del golpismo que nos atraviesa como mal histórico, pareciera que se lo desea. La interrupción de lo que ya a doce años de gobierno es pura responsabilidad por esta cuesta abajo en la rodada de la popularidad, de los desmanejos de la economía, pero sobre todo por haber desatado lo que creíamos haber dormido: el odio entre hermanos, vecinos, amigos. El que grita “Viva la Patria”, pero quiere matar al compatriota, ese otro que vive bajo el misterioso cielo del destino compartido, pero al que le negamos su igualdad ante la ley, sostén filosófico jurídico de la democracia.

“Los argentinos ya aprendimos que las crisis económicas se superan con años, pero las crisis
de violencia nos consumen generaciones enteras”

Los argentinos ya aprendimos que las crisis económicas se superan con años, pero las crisis de violencia nos consumen generaciones enteras. Los que fuimos víctimas directas del Terrorismo de Estado no insultamos. Porque el dolor es más fuerte que la ira aprendimos que ese buscar poder para conseguir una sociedad mejor desemboca siempre en una preparación para la guerra, la propia, la más dañina. Esa “violencia cómoda” que mata en nombre del dogma. Como sucede con tantos revolucionarios de cartas abiertas que sostienen ese poder en lugar de increparlo, tal como sucedió con todas las cartas abiertas que nacieron contra los regímenes comunistas, el de la Checoslovaquia de Vaclav Havel o el de China, cuyo principal escritor, el Premio Nobel de la Paz, Li Xiabo, permanece preso por pedir por la libertad del decir. Entre nosotros la única carta abierta contra el poder de la Junta Militar de Jorge Videla fue la de Rodolfo Walsh, cuya escritura le costó la vida. En lugar de invocar tanto el golpismo debieran poner su entendimiento para comprender ese silencio que ruge en las calles. No vaya a ser que aquellos que se dicen perseguidos de la dictadura carguen sobre sus conciencias la persecución de los demócratas que solo claman por vivir en paz.

Somos muchos los que sabemos que para superar ese tiempo en el que el lugar común de la muerte aturdió y domesticó los ideales revolucionarios debemos contraponerle igualdad y derechos, división de poderes, transparencia y decencia democrática. Pero en paz. Y esa debiera ser la única línea divisoria. La sociedad justa para que sea duradera debe construirse sin violencia, con la laboriosidad del día a día.

Vivo en el lugar donde la furia de las aguas, sin cauce, desbordó sobre las casas, los puentes, los caminos y se llevaron vidas que se aprestaban a un feriado que se pretendía festivo y terminó con llanto e impotencia. Vale como metáfora: cuando las aguas carecen de cauce se desbordan furiosas. Ojalá el silencio, a tiempo, evite las furias y los gritos. Para que los argentinos, finalmente, nos reconozcamos en el silencio, ese que sobrevive a las muertes y por eso nos obliga a redimensionar la vida. Como sucedió con la dictadura que nos vivificó la idea de democracia, tan ajena a la tradición populista de la política.

Paradójicamente fueron el Terrorismo de Estado, el miedo, los secuestros y los desaparecidos los que al inicio de la democracia nos hicieron intuir que la salvación política estaba en la división de los poderes que se controlan mutuamente y en los derechos humanos de la democracia. Si la democracia naciente le debe mucho al silencio de aquellas mujeres que eran inicialmente unas pocas, ahora que el silencio por la muerte del fiscal Alberto Nisman se ha multiplicado en tantos corazones, es para augurar el camino definitivo a la verdadera democracia, la que se construye en paz.

 

(*) Norma Morandini. Periodista, escritora y Senadora Nacional por la Provincia de Córdoba.

 


 

Nota publicada en el sitio: www.normamorandini.com.ar