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por Juan María Garibotti (*)
opinión

Salir de la ciénaga

Democracia, República y Virtud

Durante muchos años fui profesor de Instrucción Cívica, materia en la que se analizaba y estudiaba artículo por artículo de la Constitución, con las ideas de los fundadores de la unidad nacional, quienes pensaban que nuestra Nación tendría un destino venturoso que en nada se parece al presente. En la situación que vive Argentina, me siento compelido a escribir estos párrafos sobre un tema de clara actualidad y trascendencia que, considero, no debió ni debe ser desconocido por nadie. Me refiero al concepto de democracia, a la necesidad de virtud en los gobernantes y a la vinculación del sistema democrático con la forma republicana de gobierno.

Comenzaré expresando que los principios centrales de la democracia y de la república son diferentes. La democracia se basa exclusivamente en la voluntad de la mayoría del pueblo, mientras que la república se basa en la igualdad ante la ley que surge de una constitución en la que se establecen derechos y obligaciones para todos y no sólo para la mayoría que circunstancialmente gobierna. En otros términos: ser una república democrática o una democracia republicana implica que la voluntad de la mayoría tiene los frenos y limitaciones que le impiden los excesos. Así, en una república se protege a las minorías bajo una ley igual para todos y, por su parte, en la democracia sin república las minorías no cuentan.

La opinión en general pone su atención en el término democracia y no tiene en consideración a la república, creyendo que ambos términos son lo mismo. Es común que para diferenciarlos se recurra al siguiente ejemplo, que por conocido no deja de ser suficientemente demostrativo de las diferencias: si alguien es apresado por haber robado, en una democracia su condena dependería de lo que la votación de la mayoría del pueblo resuelva y, si esa mayoría decide su ejecución, esa decisión sería ley. En cambio si el ladrón aprehendido vive en una república, pese a lo que opine la mayoría del pueblo, será llevado ante un juez y será sometido a un juicio en el que estará asegurada su defensa y concluirá con una sentencia que aplicará la pena que fije la ley.

Como el lector advertirá, no existe garantía razonable que impida que la mayoría vote por algo irracional o injusto. En otras palabras, la democracia sin la república implica un peligro que puede llevar a extremos de injusticia, dado que no existe una ley que limite los excesos que la mayoría pueda cometer.

“La democracia sin la república implica un peligro que puede llevar a extremos de injusticia, dado que no existe una ley que limite los excesos que la mayoría pueda cometer”

Dejo sentado entonces que la democracia es un sistema de gobierno basado en la soberanía del pueblo, pero su concepto no termina allí. Para que un sistema de gobierno pueda ser considerado realmente democrático, es indispensable que en él existan instituciones tan fundamentales como lo son la seguridad de las personas y de sus bienes, la libertad individual y en sus otras manifestaciones (libertad de reunión, de imprenta, de palabra, de locomoción, de culto, etc.), la igualdad de todas las personas, y las garantías necesarias de los derechos individuales y humanos.

Así pues, no habrá democracia sin libertad o sin igualdad. Y tampoco la habrá si no existe un poder judicial independiente dentro de la organización de las funciones del poder en el Estado.

Por ello, es común que se diga que el sistema democrático es, además de un sistema de gobierno, un modo de vida que se fundamenta en la soberanía popular que debe coincidir con la existencia de libertad en sus diversas manifestaciones, con la igualdad ante la ley y con la existencia efectiva de una justicia independiente que garantice el ejercicio de los derechos.

Montesquieu, en su obra El espíritu de las leyes, dice que en los estados populares (democracias representativas), es indispensable la existencia de la virtud como resorte. Considera que la virtud es el recto modo de proceder de los representantes del pueblo cuya conducta debe única y exclusivamente propender al bien común. Por ello, el ciudadano, al elegir a sus gobernantes, debe preferir a los hombres que hayan demostrado a través de su vida cualidades que los enaltecen. Ese deber de virtud de los gobernantes abarca la intención y la conducta. Así un pueblo apto elegirá buenos representantes. Por ello, los grandes ciudadanos como Manuel Belgrano, son ejemplos para el pueblo y sus actos encaminarán al progreso. Por el contrario, la falta de virtud de los gobernantes, su corrupción, su intolerancia, doblés e hipocresía, la inescrupulosidad para proceder en la vida pública y/o vida privada, la falta de respeto y consideración a las minorías, o gobernar en base a la adulación y al reparto de dádivas, etc., producirán la decadencia del sistema y el advenimiento de la demagogia.

La democracia, sin la limitación que a los potenciales excesos de la mayoría imponen los principios de la república, es un sistema de temer, puesto que carece de los mecanismos (división de poderes) para evitar los abusos que los gobiernos suelen cometer respaldados en el hecho de haber sido elegidos por mayoría.

Nuestra democracia representativa está enmarcada en la forma republicana de gobierno adoptada por nuestra Constitución Nacional, como comunidad política organizada sobre la base de la libertad e igualdad de todos los hombres ante la ley. Los principios rectores que inspiran su existencia son: Constitución escrita, separación, independencia y coordinación de las funciones del poder, elegibilidad de los funcionarios, periodicidad de funciones, existencia de partidos políticos, publicidad de los actos de gobierno, garantías de la libertad, igualdad ante la ley, responsabilidad de los gobernantes.

El peligro latente del régimen republicano representativo, es —como antes expresé— la demagogia. El demagogo es quien se vale de todos los medios de propaganda (lícitos e ilícitos), usa los bienes del Estado en beneficio propio, apela a la adulación simulada, al canje de votos por beneficios o dádivas, a la supresión de la oposición, a la persecución de los opositores políticos y a otros medios espurios para llegar al poder y luego para mantenerse en él. Fue Sarmiento quién expresó que para contrarrestar esta nefasta degeneración de la democracia es necesario educar al pueblo. Por ello, considero que se debe reempezar el camino de los formadores de esta nación para salir de la ciénaga que atasca el presente y oscurece el futuro de las generaciones venideras.

 

(*) Juan María Garibotti. Abogado y docente.