artículos | opinión
por Juan Luis Citterio (*)
opinión

República y ficción

Un país con la visión distorsionada

“Puesto que el odio, la tontería y el delirio producen efectos duraderos,
no veía por qué la lucidez, la justicia y la benevolencia no alcanzarían los suyos.”

Memorias de Adriano
Marguerite Yourcenar

Argentina 2015: un sinfín de causas y efectos redundantes. Si cambiásemos de fecha, yéndonos unos años atrás u otros adelante, quizás encontraríamos una radiografía patria de similares características. No se trata de un ejercicio tonto de futurología ni de revisionismo barato y acomodaticio (ejercicio muy en boga en el presente). Sufrimos una suerte de destino circular, que poco se asemeja al que cantaba Federico Moura en los ochenta. Las malas artes argentas siguen intactas, ejerciendo el rol determinante de atraparnos en sus redes.

Por un momento, siento que este artículo lo escribí hace tiempo, y que su contenido vuelve a aparecer sin remedio, como producto de un hechizo similar al de aquella película de Bill Murray, Groundhog day, en la que el protagonista volvía a vivir el mismo día de su vida, una y otra vez. Pero estamos lejos de Hollywood, aunque cercanos en capacidad de ficción.

Llevamos más de treinta años de democracia ininterrumpida. Sin embargo, la institucionalidad no parece haber acompañado tremendo logro. Tener la posibilidad de votar cada dos años (cuestión por demás importante) no establece, por sí mismo, que vivamos en un país absolutamente libre. La independencia de poderes está maltrecha, llagada de atropellos e intereses mezquinos. Si la justicia está sometida al poder de turno o si actúa cuando este poder pierde fuerzas, algo se ha descompuesto. Cuando el poder Legislativo es mero lugar de tránsito de las directivas del Ejecutivo, sin capacidad para debates ni cuestionamientos, algo huele a podrido.

La descomposición no es cosa nueva. Llevamos años de un trabajo silencioso, que subrepticiamente fue penetrando por cuanto intersticio institucional pudo. Una labor lenta pero firme, decidida, como el agua entre las piedras. Y sin más, fuimos dejando que esa maniobra transcurra fluida, naturalizando sucesos ajenos a la lógica republicana y democrática. Es cierto, cuando los bolsillos no están vacíos y es posible acceder a una interminable oferta de compra de electrodomésticos en cuotas, los valores y principios quedan en segundo plano. Mal dato. Acostumbrarse a ilícitos, trampas y relatos tergiversados es señal de impúdico desdén. De ahí no se sale sano.

El manejo de la desinformación

Surgen varias dudas cuando se analizan las cifras de la Argentina en estos últimos años. Por un lado, la economía ha dado muestras de un crecimiento indiscutible a lo largo de un extenso período. No obstante, hay datos que son más que preocupantes: desnutrición infantil, trabajo precarizado, infraestructura deficiente (o inexistente), clientelismo político, aumento de planes sociales (cuando deberían haber bajado, producto de un país en crecimiento que posibilite la creación de empleo genuino), educación en decadencia, rutas destruidas, hospitales públicos sin recursos, delito e inseguridad en niveles alarmantes, sospechas (y certezas) de altos índices de corrupción, y la lista puede seguir.

Y entre toda la avalancha de discursos a favor o en contra de la actual administración, aparece la peor de las trampas: el uso de la información para fines perversos. Nada ha sido gris en estos años. La profundización de relatos extremistas y/o epopéyicos ha desarticulado cualquier posibilidad de reflexión. Un juego malvado que ha dejado a la sociedad presa de enfrentamientos vacíos, sin sentido.

Es inadmisible el querer gritar más fuerte una idea y pregonar arengas altisonantes que impidan el debate de pareceres. En nombre de la verdad y la justicia, se han manchado bienes preciados para nuestra democracia, utilizados para enmascarar propósitos non sanctos. Allí la ciudadanía, enmarañada en ardides discursivos, cayó en las redes de la manipulación. El blanco o el negro, traducido en un nosotros o ellos, impulsados desde las altas esferas gubernamentales (promovido por el aparato mediático cooptado) y alentado por opositores y poderosos medios de comunicación críticos, se hizo moneda corriente.

Mientras tanto, el país fue desmoronándose en una catarata de irracionalidad y falta de sentido común pocas veces vista. No es extraño que el expresidente de un país vecino, con sus palabras sencillas y coherentes, nos resulte una especie de estadista a quien admirar. Pepe Mujica, en sus apariciones públicas, sólo ha dicho cosas simples, elementales, desprovistas de ínfulas ideológicas. Algo que para nuestra clase dirigente inmaculada, soberbia y egocéntrica, parece imposible de alcanzar.

El mal autoinfligido

Asumir la realidad es comenzar a transitar el camino con capacidad plena para poder modificarla. Nada de eso se ha logrado en este tiempo. Esfuerzos por manipular estadísticas, desvirtuar noticias, satanizar opiniones críticas es un combo bien masticado (viene con papas fritas y aros de cebolla de regalo). Nada de esto hubiera ocurrido si el pueblo, atento y preocupado, hubiese vigilado con absoluta rigurosidad cada intento de mentira esbozado.

Hay una gran responsabilidad ciudadana en el “permiso” crónico de dejar hacer. Los espejitos de colores siguen siendo efectivos a la hora del trueque. Los métodos de distracción han variado poco a lo largo del tiempo y aun así, logran sus cometidos.

La mera queja es un ejercicio adolescente del que resulta doloroso escapar, porque exige un crecimiento intenso, en el que valores como el respeto a las instituciones y a la verdad, la justicia, la independencia de poderes, la libertad de expresión, surgen de la tarea diaria y concienzuda de todos.

Mirar azorados acontecimientos trascendentales de difícil elucidación (como la muerte del fiscal de la Nación Alberto Nisman) no puede ser objeto de una cotidianeidad azarosa. Los sucesos más traumáticos de una nación no ocurren de la nada. Los procesos de degradación de las instituciones tienen un doble componente: el plan deliberado del poder de turno por llevarlo a cabo y la anuencia irrestricta de un pueblo que lo acompañe.

El turístico verano ya pasó, con penas y sin gloria. Quizás sea momento de quitarnos las gafas de sol y mirarnos a los ojos. La potente luz de la realidad podría cegarnos. No importa. Habrá que asumir como cierto lo que es cierto. Hacernos duros ante las dificultades y aprender de los errores. Cambiar la eterna costumbre de buscar culpables ajenos. Ser adultos y entender, de una buena vez, que el destino de un país no se construye bajo la tutela del discurso mesiánico de un líder todo poderoso. Los verdaderos responsables del devenir argentino han de ser sus ciudadanos: hablando, discutiendo, entendiendo a sus semejantes y comprometiéndose en la defensa de los valores, día tras día. De lo contrario, este artículo, será escrito eternamente.

 

(*) Juan Luis Citterio. Lic. en Publicidad. Director de Razones.

 



Ilustración: Osvaldo Disanto.