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por Ana Caldeiro (*)
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Cómo nos vamos cuando nos vamos

El 4 de septiembre de 2014 Gustavo Cerati, músico talentoso e influyente de nuestro rock nacional, admirado por generaciones, murió y se convirtió en leyenda. Pero tal vez lo curioso del caso es que ya lo era. El mito de su innegable talento se nutrió durante cuatro años de inusuales circunstancias: Cerati había tenido un accidente cerebrovascular en 2010, y desde entonces y hasta su muerte había permanecido en coma. Esa materia onírica de sus canciones parecía completarse con la nostalgia por su voz apagada y el sueño parejo y artificial en que lo mantenía el respirador mecánico.

Mucho se dijo sobre los detalles de esa muerte. Opinaron quienes habían creído que podía recuperarse y los que afirmaban que ya no era él, que se había ido hacía tiempo. Hubo quien juzgó con pena a esa madre que nunca dejó de creer que volvería. Se habló de los pacientes en coma, de las esperanzas de los familiares que ignoran diagnósticos y susurran palabras en los oídos de sus seres queridos. Se trajeron del olvido historias increíbles de hombres y mujeres que despiertan después de años de sueño protector. Se instaló eso que solemos llamar debate —por estos días, un intelectualismo precario y fugaz que atraviesa con intensidad la televisión y las redes sociales para dejarnos, después de su paso, en el mismo lugar de antes—. Así, la vida y la muerte, como la prolongación de la vida por medios artificiales, se volvieron los temas del momento.

Cuando esto pasa, estamos lejos de encontrar todas las respuestas y dar un salto paradigmático. Pero ese diálogo deja, como mínimo, huellas. Aunque no parezca, forma opiniones y conciencia, perfila identidades. Por esos días todos nos preguntamos algo incómodo, simple: cómo nos vamos cuando nos vamos, y qué papel juegan los otros en ese camino, a veces breve y a veces largo, que tarde o temprano nos toca transitar.

Cerati, suponemos, no llegó a comprender su muerte, pero otras veces las cosas ocurren bajo el espectro de la plena conciencia. Cuando un enfermo terminal entiende que no le quedan alternativas busca alivio al dolor, contención, y, sin saberlo, calidad de vida. Quienes están a su alrededor despliegan conductas tan diversas como sorprendentes. Algunos serán incondicionales, incluso asfixiantes. Otros transitarán el rechazo, el miedo, una aparente indiferencia. Los profesionales y las instituciones difícilmente acompañarán al enfermo como es debido: las opciones médicas fueron agotadas, y su trabajo ha terminado. La despedida será emotiva o fría, cuidadosa o penosamente torpe, porque, ¿quién les ha enseñado a decirle a alguien que se va a morir?

Sin embargo a veces —muchas veces— las personas eligen acompañar en la muerte. Me atrevo a creer que es lo que prima en nuestra naturaleza. Cuando alguien tropieza en la calle es común que veamos a dos o tres personas tender rápidamente un brazo. Es casi una reacción refleja, y sin embargo nos hace humanos.

Hace pocos días, en medio de un viaje de trabajo, presencié un accidente en la ruta: un motociclista fue atropellado por un auto. Fuimos los primeros en acercarnos, y mientras otras personas llamaban a la ambulancia me tocó asistir al herido: recostarlo, impedir que se moviera, preguntarle el nombre. Las heridas eran realmente graves y supe que tenía pocas chances de sobrevivir. Aun así, estaba consciente y hablaba. Conversamos, hicimos chistes. En algún punto sintió que molestaba. “Vaya, usted estará apurada”, me dijo. Le contesté que no me iría hasta que vinieran a buscarlo. Fueron minutos largos, difíciles. La ambulancia no llegaba y él espaciaba sus respuestas, empezaba a temblar. Sin embargo, un impulso claro me obligó a permanecer en ese lugar. Después de casi media hora llegó la ayuda y se lo llevaron. Ignoro si sobrevivió al accidente. Aunque intenté rastrear su nombre en las noticias y llamé a los hospitales, no supe más de él. Pero retuve el rastro de esos minutos sobre el camino, la percepción nítida de que quedarse ahí tenía un sentido que quedaba fuera de toda discusión.

Preservar la vida contra toda posibilidad, o ayudar a partir, bien pueden ser facetas de un mismo objeto. Una dualidad que no ofrece solución ni tregua. Tal vez debamos conformarnos con entender que el deseo de retener, de acompañar hasta el último instante, incluso rozando la irracionalidad, forma parte de nuestra esencia. Si a aquel hombre en la ruta le tocó irse, intuyo que esos últimos minutos, de haber estado solo, no hubieran sido los mismos. Quiero pensar que se fue con el paso tranquilo, la sonrisa que esbozó en medio de una mala broma mía, el peso de una mano sobre su hombro.

Hay, entonces, algo que nos hace intentar a cualquier precio conservar la vida —la nuestra, la ajena—. Un nodo humano que no siempre logra replicarse en las instituciones, pero aflora en las circunstancias más sorprendentes con fuerza poderosa. Nos impulsa a tender una mano hacia el otro sin importar quién sea: alguien que nos definió como individuos, que formó parte fundamental de nuestra vida, o un desconocido en la ruta.

Y seguimos haciéndonos la misma pregunta, aunque en el fondo sepamos la respuesta. Cómo nos vamos cuando nos vamos, o quiénes seremos en ese cuadro inerte, cuando se vaya otro.

 

(*) Ana Caldeiro - Fonoaudióloga y docente.

 


Foto: Cintia Molina - Acción Poética Lobos - Buenos Aires.