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por Juan Luis Citterio (*)
opinión

Canciones de nuestra vida

La obra de artistas que recrean fotos de cada historia

El día que Gustavo Cerati dijo adiós se produjo un quiebre doloroso, aun cuando su adiós tenía fecha probable. Quizás ninguna canción que escribió haya logrado transmitir ese olor a final. Duelen los desenlaces esquivos, llegan con la dosis de angustia necesaria para sacudirnos la modorra cotidiana.

Tampoco anda cerca el gran Luis Alberto. Ese músico insuperable, dueño de una profundidad única. Con él se fueron varias obras de arte sin que vieran la luz.

Ni hablar del silencio en que nos dejó Mercedes Sosa. Una voz que salía de la tierra, atravesaba cada corazón y volaba eterna.

Cuando ocurren esas muertes, el mundo, por un instante, se para. Un stop infalible. ¿A quién le importa, en esos momentos, prestar atención al precio del dólar? Todo se dirige hacia un extraño foco de atención, tan extraño como auténtico. Como si la verdad se fuese con esas desapariciones y quedáramos, de golpe, desnudos e indefensos.

Siempre se me ha cruzado por la cabeza esa bendita (o maldita) idea de la función de los artistas. Nunca he llegado a una conclusión respetable, por lo menos, que me tranquilice. Tal vez la premisa sea errónea y el camino para hallar la respuesta quede trunco desde el vamos. Sin embargo vuelvo, una y otra vez, a repetir el mecanismo por el cual busco una explicación inequívoca, que detalle el por qué ha de ser necesario un óleo, un poema. Error.

Las explicaciones son odiosas. Prueba de ello es la contundencia de los hechos. Si el dolor clava de repente un puñal certero, dilucidar las causas es un acto desfasado, llega tarde. Ahí radica la veracidad del arte. Comparte eficacia con los sentimientos puros. Ambos coinciden en la rotunda capacidad de volvernos una hendija por la que penetra todo tipo de sensaciones incontrolables. Somos endebles, una suerte.

Es tan cierto un acorde como la felicidad, la locura o el miedo, como tan exacta es la asociación de un trozo de nuestra historia con la canción perfecta. Escuchar la guitarra de Cerati me recuerda a ese loco amigo que ya no tengo. Y escuchar a la Negra fraseando un tema de Charly me lleva a los años pasados fuera de mi tierra, llorando eso que llaman añoranza. El Flaco Spinetta sonando, me avisa que el mundo puede ser otro. Y le creo.

Queda el arte, es verdad. Pero duele que se vayan los artistas. Un dolor egoísta, íntimo. La vida de cada uno de nosotros parte con ellos. Se llevan los instantes deliciosos, los duros, incluso esas emociones que parecían perdidas. Revuelven las tripas sin contemplaciones. Quema el adiós porque nos vamos un poco, hacia un lugar que se parece al final de nuestros días. Porque esas fotos (que esta gente nos tomó alguna vez) se pierden o son parte de la memoria caprichosa que revuelve todo.

Es cierto que el andamiaje de los medios de comunicación hace su trabajo. Quién no es mejor cuando muere. Sin embargo, la pérdida de un ícono del arte no se dimensiona por el aparato publicitario post mortem. Más bien subyace en cada uno de nosotros, desde que la vida nos hizo topar con su obra. Al fin y al cabo fuimos retratados por sus paletas de colores, en cada pincelada que urdieron sobre lienzos que nos pertenecen. Cuando Spinetta escribe Sentado en la terraza mirando el mar, comprendo cómo es la soledad, no sé si voy y vengo si acaso estoy, ni sé si me podría fugar, ¿acaso no es nuestra soledad la citada? O Cerati cantando He llegado hasta el fin, con los brazos cansados. Tantas veces te vi simulando un olvido, y eso pasó, ¿no dio en el centro exacto de cada historia?

La memoria digita qué o cuántos recuerdos han de seguirnos. Pero de tonta no tiene un pelo. Lo que trae es nuestro. Sea bueno o menos bueno. Y quien manejó el sagrado misterio de inmortalizar un retazo de cada vida en arte auténtico, es un ser cercano y querido que nos ha dejado.

El adiós no tiene remedio. Sólo el paso del tiempo, en todo caso, puede volverlo algo más dulce.

 

(*) Juan Luis CitterioDirector de Razones.

 


Ilustración: Niko Battista.