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por Luciano Deraco (*)
opinión

En VHS sí, en HD no

El recuerdo de la última copa del mundo obtenida por la selección argentina de fútbol

Otro mundial ha finalizado. Un nuevo oasis de treinta días que nos envuelve como una ráfaga cada cuatro años, concluye y nuevamente -aunque parecía que no- volvimos a quedarnos en el camino de ese “sueño” simbolizado en una conquista que, en realidad, para los argentinos está muy por encima del fútbol.

Por cierto, la última copa del mundo obtenida por la selección argentina aparece como un recuerdo añejo y difuso, casi como los mismos registros fílmicos que la atesoran, o engrosando las anécdotas de aquellos que peinan canas o cargan con calvicies a medias.
Pudo haber sido, pero para quienes nacimos en los 80 parece que el destino únicamente nos avasalla entre desgracias una y otra vez, de manera frenética y con una frecuencia extraordinaria.

Por eso, quizás nos detengamos para siempre en esas imágenes registradas en 35 milímetros de Maradona sorteando marcas en un estadio Azteca, plagado de mexicanos que hinchaban por Alemania. Esto último, se configura como la única repetición que resiste con cierta fidelidad las manías del tiempo, aunque las rayas de los tapes dificulten la visión.

Los tiempos pasaron e inevitablemente cambiaron. De esa suerte de reestructuración “democrática” sólo cristalizada en el derecho al voto, pero manteniendo los cimientos de saqueo y concentración desarrollados por la última dictadura, pasamos a estos años de austeridad impuesta, desapego a las instituciones y falta de proyección a futuro, lidiando con las miserias y frustraciones como algo habitual e irremediable.

Quizás el anhelo del campeonato sólo tenía asidero allí en los tempranos 80. En aquello que la clase dominante construyó para las masas como la “primavera democrática”: el esperado proceso de reapertura tanto del sufragio como de las instituciones de la burguesía ante las cuales, la ceguedad de las mayorías legitimó el saqueo ante las peroratas de un líder carismático y populista pero de bigote conservador.

Otro clima pero con las miserias de siempre. A veces distinto y otras no tanto al de esta Argentina atravesada desde hace 24 años (y un poquito más) por callejones económicos sin salida, estructuras corruptas y dirigencias progresiva y sigilosamente más cínicas, incluso sin la necesidad de adentrarnos en los abusivos vicios de la “década ganada”.
Insisto: los tapes cada vez más gastados de Maradona saliendo al balcón de la Rosada con la copa de la FIFA revuelven algunas memorias privilegiadas, un tanto ya brumosas. Apenas un vago recuerdo de la mencionada primavera consagrada, con el veranito del segundo trofeo que se congelaría apenas un tiempo después con la hiperinflación y un nuevo avasallamiento de la oficialidad militar.

Hoy por suerte ya no hay golpes militares. La democracia burguesa se encargó (y se encarga) solita de vaciar nuestras conciencias mediante el electroshock del consumo absurdo al cual, por cierto, casi ya no podemos acceder. Todo eso, si no caímos en la más cruda e irreversible exclusión.

Claramente no estamos en un país tropical, pese a que a las alteraciones climatológicas que produjo el sistemático desmonte norteño (otro “triunfo” de la consolidada democracia) así lo simule. Pero si de frutas hablamos, el mote de país “bananero”, categoría que con notable eficacia construyeron para su provecho las clases dominantes locales en confabulación con las foráneas, aparece (parece) en nuestro genotipo más visible que nunca.

Así llegamos a este punto, donde desde hace cosa de 30 años, el único momento en Argentina de catarsis colectiva más o menos construida sobre los anhelos en común de tamaño arco de actores sociales, disímiles y a priori incompatibles, resulta ser el mes del mundial de fútbol. Ese espejismo, que dura 30 días y que luego, de prepo, nos devuelve de un trompazo a la realidad omnipresente del default, de la inflación, del aumento del transporte público, de la corrupción y de comunicadores que, mientras hablan, no dicen nada pero hacen mucho ruido, como un ladrido agudo y sostenido.

Esa suerte de trofeo de guerra que significa la copa del mundo, donde como sociedad nos jugamos mucho más que los alemanes, alimentando un anticuado y decadente ideario tan presente en el argentino medio, esa constante necesidad de que el resto del mundo se haga eco de nuestras virtudes, de nuestra idiosincrasia. La diferencia con aquellos celuloides de México es que, en este caso, ni siquiera la tenemos y por ende ni siquiera gozamos.

Es entonces, para algunos, el momento de relucir y flamear las banderas sobre las cuales se gestó el estado argentino liberal y moderno y también en contraposición, para algunos peronistas trasnochados, “chapear” con el tercer movimiento que nunca fue... Inventamos la birome, el colectivo, el dulce de leche y coqueteamos con ser una potencia arrolladora del fútbol.

El mundial es ese momento efímero donde intentamos ser “el mejor”, “el más grande”, “los campeones”, pretendiendo ingenuamente vencer, aunque sea en algo, a las potencias capitalistas responsables de buena parte de nuestras desventuras cotidianas.
Fue con Maradona atravesando rivales, durante los años del post punk y los sacos con hombreras, frente a esos arios secos y de rasgos duros. No fue con Messi vomitando al compás del reggaetón, frente a esos mismos arios secos y de rasgos duros.

La alienante cortina de humo del fútbol se mantuvo con efectos notablemente distintos: alegría y fortalecimiento del sistema de representación burgués registrado en VHS, tristeza y escepticismo ante esas mismas instituciones burguesas en estas imágenes que vimos en HD a través de un plasma, que muchos no tenemos.

 

(*) Luciano Deraco. Músico, dibujante, redactor.