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por Luciano Deraco (*)
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Fue

El adiós a Gustavo Cerati y las plegarias a un trozo de nuestra vida

Las nubes no eran casuales. Nada de azar en los colores de infortunio que se plasmaban en el lienzo inabarcable del cielo. El horizonte gris, la lluvia, la humedad, el viento... Desde el alba fueron el prólogo de una jornada diferente al acartonamiento de otra semana ordinaria.

Acaso no había sido el único, pensaba (y luego lo comprobaría) que sintió, por un momento, que la vida se le fracturaba en dos. Como si una etapa, con olores, sonidos e imágenes de la niñez y la adolescencia inevitablemente concluyera o se archivara, colocando ahora las sensaciones en el terreno de lo imaginario, lo ideal y hasta lo mitológico.

Gustavo Cerati murió y, como en muchos otros casos de artistas famosos, siento contradicciones que se debaten entre una profunda admiración sobre la obra musical de alguien y una profunda ignorancia sobre su vida personal, de la cual sé poco y nada.

Seguramente pasa con todos los grandes: la masa los adora casi tanto como lo desconoce en lo real, en lo cotidiano.

Entre tanto, no dejan de brotar testimonios, anécdotas, hipótesis y afirmaciones delirantes sobre su vida personal por los agobiantes y vomitivos canales de TV. Poco importa y es preciso tomar distancia: lo único que adquiere verdadero relieve es el intento de sumergirse, como sea, entre las olas de los recuerdos de una infancia de asaltos y cumpleaños, donde Soda Stereo era la banda sonora de un momento que jamás volverá a repetirse.

No es sólo la ausencia física de Cerati la que provoca una lejanía casi inevitable: la generación del 80 del rock argentino se extingue dejando apenas las huellas de los discos, algunos escasos videos y cientos de testimonios mezclados con mito.

Acorde con la pauperización de la sociedad y la cultura, esta nueva pérdida preocupa sobre todo porque el árbol genealógico de la música popular argentina no volvió, hasta nuestros días, a mostrar frutos de tanta creatividad, dedicación y profesionalismo.

La calle dio el veredicto. Y mal que les pese a aquellos que bregan, víctimas de una profunda miopía cerebral y sensitiva, por una constante futbolización del rock, Cerati resultó tan popular como cualquiera de sus supuestos rivales. Quince, veinte, o no sé cuantas cuadras de gente esperando para despedir al ídolo en desgracia, hablaron de la magnitud y el verdadero impacto de sus canciones.

Las escaleras de la Legislatura porteña albergaron a cientos de ciudadanos que, por fin, no pretendían despedir a ningún presidente de cartón corrugado, sino a cientos de conocidos acordes, riffs, solos y arpegios.

Supongo que, como en mi caso, no se dedicaban plegarias a una simple persona, sino a un trozo de la vida. Por qué no, tareas para la escuela, trabajos para la facultad, viajes por la ruta, ejercicios físicos por algún parque, situaciones habituales, todas acompañadas por alguna canción de Soda, independiente de su carácter o no de hit. Ni qué hablar de habitaciones empapeladas y souvenires, alguna revista Pelo o 13/20...

El fenómeno Cerati golpeó un poquito a todos, con mayor o menor intensidad, como un soplo de angustia que sacudió no sólo a La ciudad de la furia sino a buena parte del mundo.

Ofrendas, llanto, dolor y ternura. Un cúmulo de sensaciones tan contradictorias como genuinas. El desgarro de lo cierto e inevitable, el refugio en las canciones y alguna que otra foto. Pósters, los acordes inconclusos de aquel clásico en la guitarra, mujeres, desencuentros, placeres, obsesiones.

Suave estela sobre el piso, una parte de la euforia....

 

(*) Luciano Deraco. Músico, dibujante, redactor.