misceláneas | crónicas de un viajero crónico
por Fernando Maskin
crónicas

Potosí, Bolivia

Estuve en Potosí. Qué hermosa ciudad. El nombre Potosí deriva de su lengua originaria Potocsi, que significa Te Quedarás sin Oxígeno y Morirás.

Lleva en su vientre una historia terrible, de esclavitud y opulencia. Está a más de 4.000 metros de altura, pero se puede elevar más si se visita el Cerro Rico. Allí están las minas de Potosí, donde actualmente se sigue extrayendo estaño y plata. Oro no nos queda. Estaría entrando la próxima semana.

Al llegar observé a los mineros mascando coca en cantidades notables. Temí por el desabastecimiento en todo el altiplano. Tenían en el buche una bola enorme, lo que da la pauta de lo preparado que hay que estar para permanecer en la altura pero también para entrar a la mina y bajar, que significa meterse adentro del cerro, donde la falta de oxígeno es un tema muy presente.

Hay cuatro niveles en la mina, cuatro subsuelos, y en el cuarto subsuelo es donde menos oxígeno hay en este planeta. Tomé coraje, respiré hondo, me coloqué un casco de minero, esos que incluyen linterna, y parecía… un boludo. Realmente.

Encontré en uno de los descansos a los mineros en pleno almuerzo y asamblea política. Llegué hasta el último nivel pasando por pasillos muy angostos, techos bajos, encorvándome y siempre viendo al ridículo de adelante con su culote enorme alumbrado por mi linterna, y sabiendo que yo era el ridículo del culote alumbrado para el que venía detrás de mí. Dentro de esos pasillos oscuros hay espacios para adorar tótems. A los mineros se les escucha decir “ay, lo adoro”.

 

Bolivia - Tiahuanaco

Hace cuatro días visité las ruinas de Tiahuanaco. La civilización tiahuanaco preexistió al Imperio Inca. Las ruinas están ubicadas a unos sesenta kilómetros de La Paz, y el viaje hasta allí consumió dos horas cuarenta y cinco minutos en colectivo. Realmente, el viaje fue muy dificultoso, largo y me dejó en ruinas: en la puerta, más precisamente.

Los colectivos son bajos, supongo que se debe a la estatura media de la gente de aquí. Son bajos para mí. Hay una costumbre muy arraigada: transportan todo tipo de comida, para comerciarla en otro lugar o para consumirla durante el viaje, con una particularidad: las ventanas cerradas, siempre, en pleno mediodía de enero. Durante el viaje de ida fue todo muy bien: viajé sentado y me dispuse a intentar acertar qué era lo que se olía. Llegué a una conclusión: lo que más olor emana es lo que está muerto, y se acrecienta la intensidad de los olores en la medida que lleva más tiempo muerto. No es una conclusión novedosa, lo admito. Eso muerto no lo llevan en heladeras de telgopor, sino que va suelto, en bolsas que no hacen su primer transporte. Y el calor humano en el colectivo no ayuda a la conservación de las carnes.

Al volver de las ruinas (son increíbles) tomé un colectivo que venía repleto de gente, y como los bondis están hechos para ellos en lugar de estar hechos para mí, viajé de pie, encorvado, con mi cabeza contra el techo, que hizo que se me cortara la circulación a la altura del cuello. Por lo tanto, me bajó la presión y me desmayé súbitamente entre mucha gente, dejando la imagen del argentino en penoso estado.

Otra cosa sobre los micros de media distancia: yo creía que sólo la altura podía afectarme los oídos. Pero cambié de opinión escuchando la música que pasan en el transporte, para beneplácito de casi todos. En los micros es recurrente tener un parlante de muy mala calidad cercano a la oreja. Tener intenciones de dormir durante el viaje puede ser infructuoso si uno no se lleva un destornillador.

Quiero contarles sobre Tiahuanaco. Siendo pre incaicos, o sea antes de la televisión color, los tiahuanacos (¿se dirá así?) lograban hacer unos platos con rostros tridimensionales, sin que haga falta usar lente bicolor. Extraordinario.

También eran buenos para precisar, a través de obras arquitectónicas, su orientación en el universo y en el mundo. Cada vez con hondo pesar llegaban a la conclusión de que estaban en el... fin del mundo. Son de esas cosas sobre las cuales mejor es no ser muy preciso.

De tan antiguos, algunos estudiosos en la materia, los consideran la madre de todas las culturas americanas, lugar no del todo cómodo cuando existen peleas entre los hijos y se la pasan insultándose por todo el continente.

Las ruinas están emplazadas en las afueras de La Paz, a unos cuantos kilómetros del lago Titicaca, en un valle desértico, con un sol permanente, hasta de noche casi, árido que da sed de sólo mirarlo. Sin embargo, los tiahuanacos hacen paredes con relieves, todas increíbles, pero por lo visto, sólo paredes. ¿A ninguno se le ocurrió un techo para descansar del sol?

 

Isla del Sol, Bolivia

Aquí, en un lugar lindísimo en Bolivia. Es la Isla del Sol, sobre el lago Titicaca, a unos kilómetros de Copacabana, a 150 kms de La Paz. La isla es alta, asunto que permite una vista sobre el lago desde cualquier lugar de la isla. Hoy estoy escribiéndoles echado en el piso de la habitación de este hotelito, bajo luz de vela, porque es de noche, porque no hay electricidad en toda la isla y porque se me quemó la linterna, que estando en ese cajón de la cocina de mi casa esperando algún corte de luz nunca falló, pero ahora decidió hacerme saber que las cosas no son así.

Antes de llegar acá tuve que pasar por Copacabana, que no es como me la hizo imaginar la bossa nova. Creo que las garotas están sobreestimadas. Eso sí, Copacabana es bellísima. De formato curvo, ostenta muy lindas playas sobre el lago Titicaca, aunque son mucho más bellas al verlas desde lejos que lo que son estando en ellas. Fue durante el espectáculo de un atardecer que resolví visitar al día siguiente La Isla del Sol y no la Isla de la Luna. Fácil decisión, gracias a que las monedas no tienen dudas en su temperamento.

Como emprendí este viaje con un alto espíritu sufriente decidí conocer y pernoctar en lo que se conoce como El Monasterio. Se llama así porque tiempo atrás fue un monasterio. Quién hubiera dicho, no? Es un sitio histórico que funciona también como alojamiento. Paso a describirles este increíble hallazgo: es un lugar digno del medioevo, y muy bien conservado, cosa que no es necesariamente una buena noticia. Cierra sus puertas a las nueve de la noche, religiosamente podríamos decir, y ya no permiten ingresos ni egresos. Quedarse afuera accidentalmente puede ser llamado un golpe de suerte. Las treinta habitaciones absolutamente desamuebladas. Aunque grandes, son de cemento y sin revestimiento alguno, son húmedas y sin camas. Quien quiera pasar la noche allí tiene que estar equipado como un mochilero: bolsa de dormir y un aislante que oficia de suavizante de rigores. A las once de la noche apagan todas las luces, que tampoco eran gran cosa, convengamos. Se exige un silencio completo durante la jornada entera, aunque no haya nadie más que yo en todo el inmenso lugar. Si había gente, no la vi en mi recorrida. Ni la escuché.

Si algún viajero buscase algún mínimo de confort al elegir este lugar, no sería alguien a quien yo le pediría consejos. Pero lo que les conté no termina ahí: puede existir un momento en el que la vejiga, en el mejor de los casos, comande en qué lugar tiene que estar el cuerpo entero. El baño está en el patio, detrás de un huerto y antes de los chanchos. No pude distinguir si el intenso aroma provenía de los chanchos mismos o si del propio baño. Lo rodea una cerca de olor que no me permitió traspasar porque, a modo de onda expansiva, casi pierdo el equilibrio hacia atrás, con la posibilidad de caer sobre el lodo de los chanchos, o incluso sobre los chanchos.

Es realmente muy económico pernoctar en el monasterio, si de dinero hablamos. La tarifa incluye un servicio a puerta de veinte latigazos. Hay que pagar extra si se requiere de más. Sólo los que tienen mucho dinero pueden acceder a ser quemados vivos en el patio del monasterio, aunque hay una férrea exigencia de mantener silencio durante el crepitar de la carne para respetar la paz espiritual del lugar.

Por eso es quizá preferible la cremación apenas uno entra, así ya no se hace necesario ir al baño después.

No sé qué culpas estaré pagando, pero es tiempo de cometer los pecados.

 

Bombinhas, Brasil

Caros amigos (considerando el precio de las comunicaciones desde el extranjero): aquí con Laura, mi mujer, la estamos pasando bomba, y no podría ser de otra manera. Llegamos a este lugar después de haber estado al sur de Florianópolis, en Garopaba y en Ferrugem; abandonamos aquellos lugares buscando conocer más paisajes, ahora al norte de Florianópolis, a setenta kilómetros. Estamos en Bombinhas, que es al lado de Bombas. Aguas realmente transparentes, donde se puede apreciar el propio cuerpo en totalidad. Ocurre que, en algunos casos particulares, es preferible que el agua sea arremolinada, con arena entremezclada y mucha espuma.

A decir verdad, hemos conocido un lugar muy lindo que es Garopaba, un pueblito con una zona colonial pegada a la playa, todo muy pintoresco. Aunque debo advertirles que Ferrugem es un lugar despreciable, es como si un estudio de Hollywood hubiera montado una escenografía para una película de surfers (además muy mala) y hubieran dejado todo ahí. La noche de Ferrugem es muy nombrada en los pueblos de alrededor. "Uh, a noite de Ferrugem é bem batida", y uno piensa que el descontrol llegó a nuestras almas. Pero no, hay muchos bares todos pegaditos, abiertos, sin paredes, todo muy lindo, pero parece una competencia para ver quién pone la música más fuerte y menos brasilera posible. Y ganan todos. Los felicito y allá siguen, en plena competencia.

Tuvimos en Garopaba un encuentro místico con un “mitad senhor, mitad Deus”, bajo evidentes efectos de grandes dosis de intromisiones de espiritualidad en su cuerpo, que nos contó cómo "meu pai morreu sentadinho". Imagínense que las miradas entre Laura y yo, sólo provocaban risas entre nosotros, dignas de ser acalladas.

Bombinhas ya es otra cosa y me parece que acá nos quedamos. Todavía no pude develar para qué en Brasil se les da por aceitar cartones, y encima jactarse de eso. Carteles por todos lados que dicen "Aceitamos cartoes".

La tarde que pasamos hoy es intransmisible. Igual, voy a intentar contarles que nos fuimos a una playita a dos mil metros de acá, bastante despoblada, y en un barcito recibimos un concierto magnífico de un guitarrista genial, que atendía pedidos musicales de todo tipo (casi). Son esos momentos cuando se piensa que, sea como sea, la dolorosa viene anestesiada o indiferente a nosotros, porque cualquier cosa que nos cobraran, iba a estar bien.

Queda una semana, vamos a ver cómo siguen nuestras desventuras. Espero que estén bien.

Abrazo, los quiero, tontotes.