letras nuestras | relatos
   
El puente
 

Era una tarde celeste de esas que abundan en el año pero que uno no llega por lo general a registrar que existen o a saber qué exacto color tienen. Pero yo —que suelo andar distraído— estaba atento a todo, mucho más de lo habitual, mucho más que cualquier otro día.

La ciudad tenía los ruidos de siempre, ese murmullo a veces ronroneante, a veces algo estrepitoso que cala en los oídos día a día desde siempre hasta acostumbrarnos y que finalmente nos vuelve inmunes a tantos sonidos diversos, trémolos y superpuestos.

La calle, una transversal cualquiera, casi anónima que atraviesa a pleno el corazón de uno de los tantos barrios de la gran ciudad.

Mas esa tarde no era la de un atardecer cualquiera. Después de mucho tiempo nos habíamos atrevido a salir a caminar. Después de tantos años, después de tantas conversaciones recientes, después de tanto. Y por allí mismo avanzábamos juntos, con andar lento, pausado, sin prisa alguna. Atentos a las palabras, al paisaje, a las miradas furtivas de costado y a las risas frescas.  

El paseo parecía un recorrido turístico donde yo podía descubrir ese lugar que te resultaba ya tan familiar con senderos favoritos, paradas obligadas, detalles preferidos.

El canto vespertino de gorriones no parecía inmutarte. Sí te detenías en la vereda para mostrarme esta o aquella marca allí en el suelo: la víbora, el escarabajo, la moneda histórica enclavada en el asfalto, la pequeñísima rama feroz, asomando con hidalguía de entre una pared, un hueco aquí o allá y un atado de tréboles, que también triunfaba audaz contra la piedra.

El aire era claro y parecía no tener temperatura, ni peso. Tus ojos brillaban cada tres o cuatro frases, fueran cortas o largas, pensadas o espontáneas. Querías mostrarme todo, que lo supiera todo respecto de aquel territorio que ya te resultaba familiar y a mí, casi desconocido. Me indicabas dónde quedaba este o aquel negocio, los vecinos conocidos, los nuevos amigos. Me señalabas los recorridos habituales, tus preferencias, tus rutinas diarias, llenas de ires y venires, de tareas gratas y de las otras.

Tus pasos parecían cada vez más breves y eso me agradaba. Podía imaginar que aquella caminata podía durar indefinidamente. Y eso deseaba. Quería atrapar los minutos y las horas, sabiendo que aquel inocente andar podía resultar a la vez inolvidable.

Y así, a paso de tortuga, podía entonces ver por momentos tu cara a pleno, cuando te detenías y girabas, ahora a explicar, ahora a sonreír.  Y aun así, lograba verte también caminar medio paso adelante, señalando esto o aquello o simplemente moviendo tu mano. Y podía ver tu pelo largo y negro cayendo sobre tus hombros rectos y delgados, tu espalda espigada y tu cintura breve. Y podía escuchar tus palabras, las nuevas y las de antaño, que a veces trenzadas unas con otra se repetían, algunas en tu boca, otras en mi memoria.

Y la tarde parecía no tener hora exacta, apenas cielo y ciudad, nubes blanquecinas y ruidos discretos, y el perfume floral de tantos recuerdos. Y al paisaje urbano solo le hacía falta más cemento, el puente gris que justo allí aparecía obligado y la calle de dos manos que de pronto se elevaba corva y osada para dejar que los trenes pasen a sus pies. El paraíso urbano. Todo lo que me gustaba en un paisaje de ciudad, en un mismo lugar, en tan pocos metros. Un puente no muy convencional, simple, nada arquitectónico, las vías del ferrocarril allá abajo, rectas y atractivas como siempre. Y la estación, a nada de distancia de ahí.

Caminé. Avancé a tu lado hasta lo más alto, por primera vez algo distraído por el hallazgo diurno del lugar; era un punto imaginario que podía adivinarse.  Sabía también que algo extraño estaba pasando, que aquello que parecía normal para muchos, era muy especial para mí. Y sí, era todo a mi gusto. Una conjunción muy especial. Pero... ¿qué sucedía en realidad?

De pronto apareció una brisa que parecía crecer fresca y bien dispuesta a alegrar. La vista desde el punto más alto del puente resultaba excitante. Era una tarde celeste, algo azul como una novela, algo blanca como el amor.

Podía ver claro: ahí nomás y hacia abajo, hacia delante y para atrás. Y estabas vos, radiante, con tus ojos clavados en mí. Y podía ver hacia el infinito verde. Algo más acá, la luna, intrépida, casi redonda y también sonriente. Un cuadro perfecto. Pero prohibido.
Recordé Venecia y el Puente de los suspiros. Y recordé Florencia con su Puente Viejo. Y hasta recordé las fuentes donde se piden deseos.

Me sentí leve y fugaz, como para tocar el cielo con las manos, allí mismo, en mi propio puente. El mío y el tuyo, el de nadie más. Justo ahí, donde nos miramos sabiendo lo que pensábamos. Justo ahí, sobre el puente de los besos invisibles.


Juan Pablo Garibotti / Ilustración: Andrea Avagnina
 

Periplo sin ti  
Caminaré por el sendero y cuando salga del bosque me estarás esperando, ansioso. Nos abrazaremos, sonreiremos con complicidad y te contaré mi experiencia vivida entre la naturaleza. Te mostrarás entusiasmado, casi tanto como yo, y me pedirás que la próxima vez te lleve conmigo. Te daré mi palabra de que así será y, tomados de la mano, nos iremos juntos a dar un paseo iluminados por estrellas. A ese pensamiento me aferré los primeros días, las últimas noches, pero lo cierto es que aquí estoy, me desvié del camino y no encuentro señal alguna para retomarlo. Ya no tengo comida ni fuerzas y entiendo que quizás no te vuelva a ver. Cuando me encuentren espero que esta nota siga conmigo, para que te enteres de que lo más doloroso de mi agonía fue imaginarte allá afuera, esperándome y dándote cuenta, poco a poco, de que yo no saldría.
Carla Vuotto / Ilustración: Valentín De las Casas

Tu muerte  

 

– Narré tu muerte.

– ¿Cómo morí?

– Estábamos al borde de un acantilado. Resbalaste, y de pronto yo era tu única opción para seguir viviendo. Extendiste tu mano y me miraste a los ojos, con mirada desesperada.

Yo, para sorpresa de ambos, estaba tranquila. Pensé en tu elección más reciente: soltarme la mano.

Y esperé. Esperé a que el viento y la humedad vencieran tu resistencia. Pero nunca dejé de mirarte a los ojos. Y cuando por fin caíste, vi tu cuerpo fundirse con el océano furioso.

Yo también estaría furiosa si me obligaran a contemplar semejante desamor.

 

 

Carla Vuotto
 

Sueño de abril

 
 
 

No fue azar que sucediera en abril, unos días después de Semana Santa. Unos días después de recordar los libros que yo te prestaba. Justo dos noches después de ver en televisión una película sobre la vida de Balzac. Justo al día siguiente de ver esa otra, sobre irlandeses, comedia sórdida y algo estrambótica en la que ellos, tras sufrir la arbitraria imposición de la frontera con el Reino Unido, no hacían otra cosa que pasarla bien pese a todo y burlarse cuantas veces podían de sus forzados y poco respetados vecinos.

No fue casualidad que aparecieras arriba de un techo, como un fantasma.

Yo estaba conversando con unos vecinos en el patio. No sabía desde cuándo había patio en mi edificio, pero allí estaba yo.

No pude evitar sorprenderme, ni evitar sentir mucha emoción, antes de que me desbordara la alegría. De tanto tiempo sin verte, era natural que ése fuera el orden de mis emociones. Claro, si es que las emociones tienen orden.

Con orden o en desorden, tenía un gran nudo en la garganta.

Caminabas por el techo de chapas, de un lado a otro, pasando por detrás de un alto y ancho tanque de agua. No podía creer encontrarte allí, en el lugar menos apropiado, a la hora menos
esperada de un día cualquiera.

Tuve que pedirle a una vecina que me dijera si estabas ahí arriba. Necesitaba confirmación.

—¿Ves a alguien arriba del techo? Allí... allí —dije señalando una y otra vez hacia donde te veía y según te movías hacia un lado o hacia otro, ansioso por escuchar la respuesta afirmativa a mi pregunta, que no llegaba a cada nuevo ahí o allí.

Mi vecina sonreía, pero no contestaba y me miraba con algo de desconcierto.

—¿En serio no lo ves? No lo puedo creer. ¿Cómo es posible?

Yo podía verte a la perfección ya que el techo no estaba tan alto. No terminaba de dar crédito a mi visión, pero te veía con claridad: estabas igual que siempre, casi se podría decir que sin cumplir años, como si el tiempo no pasara para vos. Tu tamaño robusto y privilegiado se imponía cuando te acercabas. Estaba seguro de que tu presencia había impactado a mi vecina que, pese a no conocerte, no atinaba a decir nada sobre vos.

Desde abajo, intenté decirte varias cosas, pero no sé si me llegaste a escuchar, ni si mi voz llegó a salir. Seguías moviéndote por el techo, apareciendo y desapareciendo. Y yo sólo te pedía que bajaras, que vinieras un rato a charlar con nosotros.

Estaba emocionado, tenía la natural sensación de que la voz se entrecortaba intentando decirte tantas cosas acumuladas desde la última vez.

Desapareciste. Quedé buscándote con la mirada en el techo por unos minutos. ¿Cómo podía ser que aparecieras allí? ¡Y que te fueras tan rápido!

Fue mejor aún descubrir entonces que venías caminando haciamí por el medio del patio. Todavía lo recuerdo y se me llenan los ojos de lágrimas. ¡Qué abrazo! Bueno, uno grande y fuerte, como siempre que nos encontrábamos, pero éste realmente lo necesitaba más que todos los anteriores.

Y por fin pudimos charlar unos minutos. Entendías mi emoción y mis ojos llenos de lágrimas. Te pedí por favor que volvieras más seguido, que supieras que verte me hacía bien y me alegraba el alma. Podíamos juntarnos como siempre, hablar de cualquier cosa hasta altas horas de la noche, sin importar el tema. Haríamos —como cada vez— de cada encuentro, una celebración.

Si tuviera que escribir sobre nuestra amistad y sobre las cosas que hacíamos las veces que nos juntábamos, invadiría sin necesidad nuestro campo de batalla de amigos soñadores y de proyecto permanente de escritores. Por suerte es innecesario, y es más simbólico posponer la historia para otra oportunidad, como es mi estilo, o dejarla inconclusa, como es el tuyo.

A mis vecinos, en ese patio, viendo mis lágrimas acumularse sin caer, no necesitaba explicarles nada. Ni quién eras, ni desde cuándo no te veía, ni cuánto te extrañaba. Nada de nada.

Nos contemplaban en silencio. Tal vez por la mera curiosidad de no perderse detalles de nuestra conversación, tal vez por respeto, tal vez por un contagioso asombro tras tu insólita aparición.

Conservabas la piel blanca, sin nuevas arrugas. Tu mirada, alegre y melancólica a la vez, como siempre.

Prometiste volver, y con más tiempo. Sonreías. Me diste un nuevo abrazo, que no me dejó dudas de que ya te tenías que ir. Alcancé a contarte mis planes para ese día y para el siguiente, por si podías venir... y desapareciste como llegaste.

Por fin había vuelto a ver a mi amigo. Ése, el único que había leído hasta a Balzac. Ése de sangre irlandesa. Ése que quiero mucho. Ése que lloré tanto, cuando me hicieron creer que ya no lo vería nunca más.

 

Juan Pablo Garibotti

 

Amapolas rojas

 
 
 

Corría el año 1969, María de las Mercedes Benavides, única heredera de los almacenes «El Boulevar», inauguraba la remodelación de su casa y para celebrar el acontecimiento invitó a sus mejores amigas. Deseaba deslumbrarlas. Dispuso la mesa bajo la pérgola preñada de rosales, lugar desde donde se podía contemplar la magnifica construcción y la perfección del parque. Había invertido demasiado dinero en reciclar la mansión y anhelaba que se conociera detalle por detalle.

También, recomendó al jardinero disponer los macizos florarles de tal manera que el vasto espacio de césped, frente a la casona, pareciese un tapiz bordado en cientos de vivos colores.

La dueña de los almacenes «El Boulevar» controlaba el ir y venir de sus empleados. Sobre la mesa extendió un mantel blanco bordado a mano –herencia de su madre paraguaya–, bandejas de plata y vajilla inglesa –reliquia de sus parientes europeos– muy apropiados para la celebración. Se serviría té de exquisito blend, sandwichitos y masas caseras.
Paula Dámaso, la preferida entre sus antiguas compañeras de colegio, llegó como era su característica, tocada con la capelina azul. Un ramillete de margaritas blancas resaltaba en la aterciopelada solapa del vestido largo. Su sonrisa iluminada, símbolo distintivo, contagiaba entusiasmo. Al rato fueron arribando las otras señoras. No bien traspasar el umbral, Paula entregó a la dueña de casa el presente que traía: un cubre tetera de raso almohadillado con dibujo de amapolas rojas, cuyo centro sobresalía bordado con negros hilos traído de China.

—¡Gracias querida!, sólo tus finas manos son capaces de confeccionar esta maravilla.
Las demás aprobaron con gestos de complacencia el reconocimiento de María de las Mercedes.

—Es verdad —admitió una.

—Qué manos tiene para las labores, apuntó otra.

—Sí, muchachas —respondió complacida Paula—, pero nada es comparable a las amapolas reales que veo desde aquí.

–Tienes razón –acotó el resto formando un coro un poco chillón.

Contemplando el paisaje, Paula exclamó:

–¡Has logrado copiar los jardines de Versalles!

Señalando con el índice el rincón de flores rojas, instó:

—Espero, Merceditas, que este año me darás unas semillas de esa variedad. ¡Los capullos revientan! Como esos, no se consiguen en ningún mercado de flores.
La dama de la capelina azul sabía que era en vano pedirlas, doña María de las Mercedes no le regalaría ni siquiera una hoja seca de aquellas plantas.

—Recuerda —apuntó la dueña de los almacenes con aire de suficiencia— que las compré en Italia. Puras y de pétalos suaves como la seda —se regodeó conociendo la apetencia de Paula por aquellas flores.

Pero había pagado mucho dinero para traer las semillas de Europa, y pensaba que no era justo repartir tontamente aquellas estrellas de su jardín.

—Merceditas —pidió Paula zalamera—, ¿por qué no damos un paseo por este maravilloso parque?

—¡Qué buena idea! —manifestaron las invitadas.

–Quiero contemplar de cerca el espectacular cantero diseñado para las amapolas —señaló Paula.

Y así todas se dispusieron a recorrer los jardines donde no faltaron halagos y comentarios. A lo largo de la caminata, la dueña de casa se dio a explicar la importante inversión que había hecho para modernizar el lugar.

El grupo disfrutó de una tarde plena de elogios y comentarios pueblerinos sin olvidar la rencilla política que involucraba a distinguidos miembros de la alta sociedad, comidilla que saboreaban como manjar adicional

Con la última taza de té dieron por concluida la reunión. Se despidieron con afecto y cortesía tomando cada una su rumbo.
Una vez que el auto de Paula Dámaso se perdió por el sendero que llevaba al pueblo, María de las Mercedes comentó al marido:

—Paula no deja de asombrarme. ¡Qué desatino! ¡Vestido largo de terciopelo con semejante calor!

Por su parte Paula, al llegar a su casa, y sin tomarse ni un segundo para quitarse la capelina azul, escribió en una etiqueta: año 1969. Se desvistió con mucho cuidado y hurgando el ruedo de su falda, recogió con secreta satisfacción, una a una las semillas de amapolas rojas que, a lo largo de la caminata, la brisa había levantado en el jardín de la dueña de los almacenes «El Boulevar», las guardó en un frasco y lo tapó vencedora.

«Ah... María de las Mercedes —dijo para sí sonriéndole al espejo—: la próxima primavera podremos competir por ver quién obtiene mejores flores de amapolas rojas.»

 

Marta Cardoso