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Por Luciano Deraco (*)
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Fuego, fuego, nuestro…

Entrevista a Laura Ramos, coautora del libro “Corazones en llamas”, en su nueva edición

En 1990, la bibliografía del rock vernáculo era magra y con un carácter eminentemente enciclopédico. Casi no había biografías de músicos y los testimonios del mítico “detrás de escena” se reducían a lo que emblemáticas publicaciones gráficas —como Pelo o la columna de Gloria Guerrero en la Revista Humor— ofertaban con esa inmediatez que impide el sabor del añejamiento y la nostalgia.

La aparición del libro Corazones en Llamas, una suerte de anecdotario concentrado en pequeños “grandes” momentos de los músicos locales fuera de sus competencias específicas, ha servido para edificar (sobre cimientos sólidos o frágiles, eso no importa) a los grandes mitos de lo que alguna vez fue un movimiento contracultural, hoy devenido en un género más, deseoso de consumidores rápidos y no necesariamente de oyentes (mucho menos de melómanos), a pesar de que grandes nombres del pasado breguen, vanamente, por sostenerlo como la última reserva moral de la industria cultural.

La obra de Laura Ramos y Cynthia Lejbowicz, cuya primera edición data de 1991, no se limitó a recapitular situaciones particulares y aisladas de varios de los “canonizados” de la música popular, sino que también buceó entre los humeantes pasillos de bares y centros culturales representativos e ilustró, en sus propios códigos, a personajes que trascendían al rock, chispas de un fuego que supo arder al compás de una recuperación institucional y social, en ritmo pop y con excesos corrosivos.

Corazones en Llamas cumplió en 2016 su vigesimoquinto aniversario acompañando el festejo con una reedición a cargo de Aguilar que incluye, entre otras sorpresas, fotografías inéditas. Al respecto, charlamos (brevemente) con Laura Ramos y preguntamos las típicas cosas que sólo engrosan la larga lista de berretines para los que “rock nacional” constituye mucho más que un género musical.

La reedición del título ¿obedece a alguna cuestión puntual? ¿Tuvieron apoyo editorial? ¿Surgieron obstáculos de alguna índole?

La reedición la gestionó Cynthia. No llegué a entender si fue una propuesta editorial o una iniciativa de ella. Pero la editorial nos apoyó: lo editó. Cuando vieron las fotos que conseguimos se entusiasmaron y agregaron un dossier con papel ilustración que hace al libro más caro y, después de muchas idas y vueltas, aceptaron los agregados que yo quería hacer y que ellos no tenían pensado. De todas maneras, yo no había ideado a las fotos como un dossier (como se hizo), sino incorporadas al libro, intercaladas entre las historias, con el mismo papel del texto. La calidad de las fotos de esa manera no era buena, pero se incorporaban al relato más naturalmente, además era más barato.

Además de la inclusión de fotos inéditas, ¿con qué nuevos aditivos se va a encontrar el lector de esta flamante edición?

Hay varias páginas nuevas dedicadas al café Einstein, otras muchas a Cemento y a Omar Chabán que recogí en mi Facebook. Cuando Chabán murió tuve que hacer una nota para un diario y por Facebook convoqué a amigos y gente que hubiese estado en Cemento para colaborar con recuerdos. Me llegaron miles de historias que incorporé a la nota, aunque por su extensión fue cortada. Las guardé y las incorporé al libro. Hay más material sobre el año ’89, que fue el último de la década, más sobre el bar Bolivia y las cosas que pasaron allá. Bolivia cierra el libro en la nueva edición.

Recientemente declaraste que no pretendían hacer una “enciclopedia del rock”. No obstante, el libro se convirtió en referencia y material de consulta obligado para autores y periodistas. ¿Dimensionaron durante su gestación el lugar que iba a tener en la bibliografía del rock nacional?

En absoluto.

Einstein, Bolivia, Cemento, Parakultural… ¿Cuál fue la importancia de cada uno de los lugares del rock a la escena? 

El Einstein fue el formador del punk en la Argentina. Nos dio una educación. Cemento y el Parakultural abrieron sus generosas puertas al arte que se estaba gestando y, de algún modo, lo gestaron. Los tiros que yo escuché en el Parakultural una noche, que se le escaparon a un chico muy sacado, no formaban parte de ningún show, pero a su modo formaban parte de la escena artística, cultural y social de la época.

Cemento era un gran inspirador de arte, allí se gestaban obras o proyectos, no venían sólo desde afuera. Y era democrático, porque al final de la noche entraban todos, no quedaba nadie afuera.

Teniendo en cuenta los excesos con los que se suele caracterizar al rock de los ochenta, ¿cuánto de mito y cuánto de verdad creés que existe en las anécdotas recabadas?

No hay mentiras. En tal caso, hay recortes y eufemismos para no delatar detalles sin importancia, como el tipo de droga que se estaba tomando.

Leí que el proyecto que perseguían era “hacer historia sobre lo que estaba ocurriendo”. ¿Cómo afectó a la estructura inicial las muertes de Luca, Miguel Abuelo y Federico Moura?

Ellos habían muerto antes de la escritura del libro, pero sus figuras estaban muy vivas aún. Fue muy difícil hacer la entrevista a los Moura, que se hizo en mi casa, una casona enorme semivacía en Parque Chacabuco, con un piano que Julio Moura tocó durante toda la charla de Marcelo Moura (y después resultó que el piano había tapado su voz). Fue muy difícil porque el dolor por Federico Moura estaba intacto. Pero arrancamos con esas muertes y sabíamos que esa era nuestra épica y que debíamos asumirla.

Aquellos años dieron a luz a algunas “aventuras editoriales” que graficaron buena parte del movimiento como las revistas Pan CalienteTwist y Gritos Cerdos y Peces entre otras. Me gustaría saber tu punto de vista respecto a su importancia y si tuvieron algún grado de incidencia en Corazones en Llamas.

Mi recuerdo más shockeante es El expreso imaginario y El tren fantasma. Eran lo más genial que había en los comienzos. Entonces, ser rocker o stone era contraseña de unos pocos alucinados vestidos con terciopelo negro raído que leíamos a Rimbaud y escuchábamos a Led Zeppelin y Spinetta. Cerdos y Peces fue algo menos romántico y con una sustancia ideológica poderosa, una bomba atómica que nos transformó.

 

(*) Luciano Deraco. Músico, dibujante, redactor.

 


 

Ficha técnica

Corazones en llamas
Autor (es): Laura Ramos - Cynthia Lejbowicz
Sello: Aguilar
Fecha publicación: abril de 2016
Formato, páginas: rústica, 224
Medidas: 15,5 X 23 mm
Colección: Aguilar

 


 

Notas de la redacción

 

Cemento: famosa discoteca de la Ciudad de Buenos Aires, situada en el barrio de Constitución. Con veinticinco años de existencia, fue considerado un sitio emblemático y de culto del rock argentino.

El Parakultural o Centro Parakultural: centro artístico multidisciplinario de la Ciudad de Buenos Aires, convertido, a mediados de los años 1980 y principios de los años 1990, en paradigma de la cultura underground porteña y principal centro de expresión de una movida artística.

El Expreso Imaginario: revista argentina fundada en agosto de 1976. Su contenido abarcaba diversos temas desde un punto de vista alternativo, con temáticas poco tratadas por los medios masivos de comunicación como el rock. Se publicó hasta enero de 1983.

El tren fantasma: programa revolucionario por el trabajo de edición y la difusión de textos y música de rock desconocida en Argentina. El ciclo comenzó en 1975 en AM Rivadavia y luego siguió en FM-R, hasta 1989. “El tren fantasma fue la génesis de la FM Rock & Pop (donde comenzó a emitirse en 1989).