artículos | entrevista
 
entrevista

El humor como arte de autor

 
 

Juan Matías Loiseau firma su trabajo artístico como Tute. Es el humorista gráfico argentino que desde hace años conquista el corazón de su público con la pluma y el ingenio, caracterizado por su riqueza y un gran poder de síntesis. Es hijo del historietista Carlos Loiseau, el querido Caloi. Nació en 1974 en Buenos Aires, un año después que Clemente, el personaje más célebre de su padre. Pasó su niñez en José Mármol y actualmente vive en Buenos Aires. 

Se formó en diseño gráfico, en humor y en cine. Su bagaje artístico principal se construyó en la niñez, bajo la influencia del genio de su padre y de la mano tierna de su madre, artista enamorada de la poesía, la pintura y otras artes, que brindaba clases en su propio taller donde Juan Matías y sus hermanos se mezclaban con otros alumnos.

A partir de 1999 y hasta 2007 publicó un cuadro diario de humor en La Nación. Allí mismo, desde 2008 realizó la tira diaria Batu, y aun hoy continúa con su página en la revista dominical de La Nación. 

Sus dibujos también se publican en varios diarios de Latinoamérica, Estados Unidos y Francia. Publicó ya una interesante cantidad de libros. Algunos están en marcha y otros tantos en el tintero. Lo siguen acólitos y fanáticos de muchos ámbitos. Quienes no lo conocen van quedando rendidos ante su humor simple y profundo, que permite tanto la identificación rápida como la sonrisa y aun la risa.

Nosotros, sus admiradores desde hace tiempo, nos atrevimos a entrevistarlo. Nos recibió con la naturalidad de quien recibe a amigos, aunque no lo fuéramos, y la amabilidad de quien sabe tratar a periodistas que están interesados en su obra y biografía.

Lo entrevistamos por la tarde, en su departamento, en un cuarto piso. Su esposa bajó a abrirnos la puerta. Comprendimos que ella, además de ser su agente, es su musa. Era un día cualquiera de la semana. Nos saludó con una cordialidad familiar. Nos sentamos a conversar con él en su lugar de trabajo. Nos habló con entusiasmo. Desde la primera pregunta pudimos conocer su don para la palabra: suelto, franco, con un estilo propio de buen comunicador, ideal para legos y neófitos; capaz de darle profundidad a sus pensamientos para poder transmitir con absoluta claridad lo que es ser dibujante y humorista. Y mucho más.

Así, descubrimos su admiración por el trabajo de su padre, la fascinación por la influencia de su madre, su amor por la poesía y el psicoanálisis. Conocimos su visión de todo el proceso artístico creativo como algo natural y entretenido, algo dado que asimiló desde la infancia viviendo con sus progenitores y los amigos de ellos, gente de la talla del Negro Fontanarrosa, entre otros.

De hablar generoso y sin escatimar palabras. En ese clima de comodidad pudimos formular todas las preguntas programadas y las que iban surgiendo, generadas por la espontaneidad de sus respuestas. Fuimos interrumpidos telefónica y presencialmente por sus hijos, y hasta por su gata, lo que nos permitió además observar su lado doméstico y su rol dentro de una moderna familia ensamblada.

Toda la experiencia fue fascinante. Podríamos habernos quedado hasta cualquier hora de la noche, esas en las que casi todo el mundo descansa y que él prefiere para trabajar. Pero tuvimos la decencia de irnos antes. Nos retiramos felices, como esas veces en que uno encuentra a quien admira. Encantados nos fuimos con muchas respuestas y con nuevas preguntas. Sin duda: deberíamos haber llevado pijamas.

 

Me interesa la técnica del psicoanálisis. Me parece un genio Freud, revolucionó el pensamiento. Hay un antes y un después de Freud, en cuanto a la lectura de las cosas que se dicen; las palabras que se esconden detrás de las palabras. Es fascinante. Me interesa desde el punto del psicoanálisis en sí y me interesa en general, por eso me interesa la poesía también. En el psicoanálisis sucede un poco como sucede en la poesía. Todo lo que se dice en una terapia psicoanalítica es de alguna manera metafórico; es muy similar al trabajo de un poeta, que se sirve de palabras para enunciar más de una cosa, no solo lo que está a simple vista a través de esas palabras escogidas sino todas las palabras y sentidos que se esconden detrás de esas palabras escogidas. A nivel general siempre me fascinó el tema del lenguaje, la comunicación, la palabra y en particular el psicoanálisis, en esta mirada tan crucial, tan importante

Vos lográs algo, sobre todo en tus viñetas con terapeutas, un equilibrio muy justo entre el chiste sutil y algo que no está alejado de lo que es el mensaje que puede darse dentro de un espacio terapéutico. ¿Cómo hacés? Es difícil hacerte esa pregunta.

No puedo responder eso. Pero sí te puedo decir que me es muy fácil trabajar con cosas que no me son ajenas, al contrario, que me son cercanas. Y el psicoanálisis es una de ellas. Yo sé lo que pasa dentro de un consultorio, sé lo que pasa en la relación transferencial entre el psicoanalista y el analizante. Entonces eso fluye, fluye naturalmente; no es algo que tengo que investigar y descubrir sino que ya un poco siento que lo conozco.

Sí, se nota que no hay nada forzado en la resolución de las situaciones.

Es lo mismo que me pasa cuando hago un chiste referido a los vínculos con padre e hijo, o madre e hija, o vínculos de amistad o el fútbol. Hago un chiste de fútbol y lo hago con naturalidad porque sé cómo funciona eso. Y lo que no lo sé, lo sospecho. No lo siento como algo absolutamente ajeno.

¿Y te ves con alguna limitación con algún tema en especial? ¿Te acordás cuando pasó lo de Charlie Hebdo? ¿Hay algún límite en el humor que planteás o temas para no tocar?

Para mí en el humor no debiera haber límites. Pero siempre hay límites y los primeros son los de uno. Yo tengo mis propios límites, los que me permiten mi estilo, mi forma de ser... Así como uno no saldría a la calle a gritar cosas, porque no está dentro de su ser, de su forma. No porque esté prohibido sino porque vos tenés esa autolimitación; vos decís esto no me gusta, no lo quiero, no deseo, elijo no hacerlo. Bueno, lo mismo pasa con el humor. Intento que mis únicos límites sean esos, los propios. Después, por supuesto, también hay límites impuestos por el mercado, por la línea editorial. Es decir, a mí se me puede ocurrir porque está dentro de mis posibilidades y dentro de mi deseo, probablemente, hacer un humor con cuestiones sexuales. Pero bueno, si voy a publicar en el diario La Nación, eso me lo guardo para otra cosa, para una revista donde tenga cabida eso, porque entiendo perfectamente que el diario tenga unos límites y que sería desubicado, porque llega a toda la familia. Entonces digo, lo más importante son los límites de cada autor, lo que no quiere decir que lo que yo no haga entienda que está mal. Porque lo veo en otros autores que tienen corridos los límites, más corridos para un lado o para el otro, y puedo disfrutar de ese humor, pero no es el que me sale a mí.

¿Te pasó alguna vez de haber hecho o publicado alguna historieta o alguna viñeta y que digas “hasta acá llegué, acá me pasé o esto no me gustó”?

Sí, sobre todo al principio, cuando estás descubriendo cómo es el mercado editorial, los límites de los diarios, a quién están apuntando. Y además, porque cuando uno arranca con todas estas cosas es un poco más inconsciente también, vas encontrando tu punto, el pulso de lo que vos hacés.

¿Y tenés material que decís “bueno, todavía no apareció la revista para publicar este tipo de material”?

No, alguna vez tuve, por ejemplo, algunas ideas respecto de unas historietas sexuales y las publiqué en la Fierro, que era un lugar donde se podía hacer eso. Pero, en general, por suerte, lo que publico en La Nación es lo que tengo ganas de publicar, hay poco en el tintero. Encontré un lugar donde me siento cómodo, incluso te digo, hasta los márgenes que tiene el diario me sirven, porque me obliga a estar en una sintonía de cierta sutileza que me parece interesante. Me perdonan un segundo. (Interrumpe por un llamado). Cada uno tiene sus límites personales, hay dibujantes que los ves y qué se yo... pienso en Gustavo Sala y hace unos dibujos siempre sobre lo escatológico y su humor gira en torno a esas cosas, evidentemente tiene más que ver con su personalidad, con las cosas que a él le causan gracia, yo no podría nunca dibujar eso; ahora bien, disfruto muchísimo leyéndolo a él. Así que sí, el límite es personal.

Lo que siempre se nota en tu trabajo es la capacidad de síntesis que tenés para el mensaje.

Hace un rato hablábamos de psicoanálisis y yo lo pegaba con la poesía. En ese mismo renglón pondría al humor gráfico. Para mí, la poesía, el psicoanálisis y el humor gráfico tienen muchos denominadores comunes, y uno es la síntesis. Además del poder de la metáfora, las palabras polisémicas y qué se yo, está la síntesis.

En el trabajo tuyo no hay nada que moleste, es demasiado contundente.

Bueno, eso lo tomo mucho de la poesía. La poesía es eso, la síntesis más apretada de un texto que tiene que moverte a algo, a una emoción, a dejar transformar aunque sea mínimamente tu alma. Eso es un poema. Bueno, el humor gráfico es similar. En el humor gráfico, si vos le sumás palabras a un texto que puede ser dicho con menos palabras, lo estropeás, le quitás fuerza. Entonces, aprendí que el humor tiene que ser sintético, que tenés que manejar, dominar la economía verbal, poder transmitir una idea con la menor cantidad posible de palabras, como en un poema, exactamente de la misma manera. Como en el psicoanálisis a la hora en que el psicoanalista tiene que intervenir: si el psicoanalista pifia el momento, si pifia el tono y si pifia en las palabras, a la mierda todo, no sirve de nada. O el tipo se te va, o el tipo no produce el cambio. Es fundamental. Y es eso, estamos siempre hablando de musicalidad, de síntesis y de oportunidad, el momento. Lo mismo pasa en la poesía y en el humor gráfico.

Tenemos una percepción: una situación de humor, de chiste, como las que planteás, te hace reír y te deja una sensación, no de melancolía, pero sí medio romántica en el fondo. ¿Eso lo buscás? ¿Es una percepción equivocada?

No, yo creo que tiene que ver conmigo, con el autor. El humor es un arte de autor. Es un arte mezcla de oficio, un arte popular de autor. Y ahí yo creo que aparece reflejada mi propia melancolía, mi propia reflexión. Trato de cultivar más de un estilo de humor, que son los estilos que me interesan: chistes que van al hueso, que son ácidos, chistes que son más poéticos, chistes que son más absurdos. Son todas las vertientes del humor que me interesan, pero sin duda siempre está esa melancolía de fondo, porque yo creo que el humorista gráfico, en el fondo, es un melancólico, no es un payaso, no es un tipo feliz y alegre que es centro de reuniones. No, más bien es un melancólico. Yo utilizo el humor para reflexionar, para pensar, para preguntar, para interrogar e interrogarme a mí mismo, porque mi producción humorística siempre digo que está tomada primero de la observación, por supuesto, pero de dos observaciones: un paisaje externo, el que me rodea, el que veo, donde pongo el ojo y un paisaje interno, que es el que tiene que ver con mis propios cuestionamientos, con las cuestiones más íntimas, de la soledad, y de preguntarse qué demonios uno hace en este mundo y para qué vine y todas esas cosas, que son de toda la gente.

¿Y tenés un método para ese proceso creativo?

No, es bastante intuitivo. El método es la intuición. No, no tengo un método: hoy voy a tocar tal tema, mañana voy a ver tal otro. No, es lo que anda dando vueltas en mi cabeza. Sale.

¿Probás el chiste o lo comentás antes con alguien?

Cuando tengo dudas lo consulto, lo muestro un poquito acá en casa, con los chicos y con mi mujer.

No tanto cuando lo volcás al papel, pero como idea, el remate o el juego de palabras.

Las ideas no son nada hasta que no se vuelcan en un papel. Las ideas son un abstracto. “Tengo una idea, tengo una idea”. Hay tipos que se pasan toda una vida diciendo “tengo una idea” y quedan ahí, en idea. Las ideas no son nada hasta que se vuelcan en un papel. Cuando se vuelcan en un papel ahí cobran vida de verdad, porque además se nota si son buenas o no, si valen la pena o no. En el mundo de lo abstracto, de las ideas, todo parece valer la pena. Después, cuando lo metés en el papel, ahí lo ves y ese dibujo te empieza a hablar a vos y decís: esto sirve o no sirve, me gusta o no me gusta, le falta esto... y lo podés seguir trabajando, madurando.

¿Quiénes son tus críticos?

Mi mayor crítica es mi mujer porque tengo esta idea: es una mujer que me ama, que me quiere; entonces, si me dice que no, que no le gustó, que le parece floja la idea y amándome me dice eso, es que la idea debe ser muy mala.  (Risas de todos). Esta es la cuenta que hago. Hay muchas veces que no tengo dudas, no necesito mostrar el material porque me doy cuenta que funciona. Tenés una idea, la plasmaste, la viste y te causa gracia, te parece ingeniosa o que tiene un punto de reflexión interesante, bueno, listo, funciona, adelante. Pero cuando tengo dudas, pregunto. Tengo un sistema en joda con mi mujer, que le pone un puntaje, porque a veces me dice “sí, sí...” y parece que no me lo dice muy convencida, entonces le pregunto: bueno, ¿de cuánto estamos hablando? Con siete es aprobado, es publicable...

Después, cuando sale a luz ¿hacés un balance?

Después eso se hace naturalmente, porque yo después lo subo al Facebook y ya...

¿Y coincide con los puntajes?

Sí, generalmente coincide. Siempre igual te sorprende. Desde hace veinte años que hago esto y siempre tengo alguna sorpresa, una idea a la que le hubiera puesto más fichas y no pasó demasiado. O al revés, chistes que eran un siete raspando y se publica y de pronto se viralizan por todos lados.

¿Y tenés algún chiste o viñeta que decís “bueno, este es insuperable”?

Tengo viñetas que para mí son importantes, dibujos que para mí fueron importantes, de autor, donde digo acá encontré algo, algo que me funciona a mí y que ni siquiera necesito que funcione afuera. Es decir, acá enganché algo, algo que venía bordeando con otros dibujos pero acá le di en el centro. Esa sensación a veces pasa, es muy feliz y en general no se encuentra con el éxito.

Se convierten en favoritas tuyas.

Sí, sí. Después hay otras que son como más populares, más previsibles de que peguen en la gente y que por ahí también coincide con mi gusto popular.

Hablando de tecnología, ¿qué te pasa hoy con este auge de consumir más los medios de comunicación por internet que el formato de papel, histórico?

A mí me gusta. Me gustan las dos cosas. Hoy por lo menos son cosas que coexisten y eso está fenómeno. Disfruto tanto de leer un chiste en una pantalla, que además tiene un beneficio (nuevo llamado telefónico, otra hija): yo hago la mitad a mano, a la vieja usanza, sobre papel y lápiz y marcador sobre papel, escaneo y coloreo en la computadora... entonces quedan los colores como los veo en la computadora, quedan exactamente igual, no hay ninguna modificación, los colores no viran para ningún lado como pasa en los medios. Vos publicás en un diario y siempre hay un color que se corre, que sale más oscuro, lo mismo en las revistas, pero sobre todo en los diarios. En los diarios salen muy mal. Cuando publicás en las redes hay una parte linda, porque quedan tal cual vos los viste en tu computadora. Y por otro lado, soy un romántico también, me encanta el papel, el perfume del papel, de la tinta, me gusta tener el físico, así que disfruto de las dos cosas. No soy detractor de ninguna de las dos. La tendencia, por supuesto, es que todo vaya más hacia lo digital, pero por ahora los diarios siguen, los libros siguen, las revistas también.

¿Y tenés un momento del día para dibujar? ¿Horas del día?

Dibujo, fundamentalmente, a la noche, pero también durante el día. En realidad, cuando puedo, voy mechando cosas... ahora, cuando se vayan ustedes, seguramente me ponga a dibujar. A la noche, dibujo; pero, sobre todo, pienso las ideas cuando estoy más tranquilo y están todos dormitando. Me voy a dormir tarde... Me levanto para llevar a los chicos a la escuela, pero van a la tarde. Me encargo de los que van a la tarde; entonces, no me tengo que levantar muy temprano.

¿Hay una viñeta favorita que puedas decir “esta es la mejor de todas”? ¿Viñeta o tira?

No, no. No tengo un dibujo así. Como les decía, hay dibujos que uno siente que le entra de lleno a algo, a una idea. Y uno como dibujante siempre está trabajando sobre ideas recurrentes, sobre obsesiones, sobre sus propias obsesiones... entonces hay como una sensación de estar bordeando esas obsesiones. Con algún chiste uno está más cerca o más lejos del borde interno y en algún chiste, muy de vez en cuando, uno siente que le dio en el blanco. Eso, por suerte, me pasó más de una vez. (Ríe)

¿Y cómo es el después de eso?

Es como si uno quedara vacío y tuviese que empezar de nuevo. Pasa también cuando cerrás algún proyecto que te llevó mucho tiempo y en el que pusiste mucha energía, que lo largaste y lo soltaste, después de haberle dedicado tanto tiempo... y lo largás y ya deja de ser tuyo, con su vida propia, con sus propias reglas, con su propia suerte, casi como un hijo. Y bueno, con estos dibujos también pasa eso. Llegaste al centro y después te relajás. Por un lado te relajás y por otro lado sentís ese vacío de que ya está, de que ese tema ya está como agotado.

¿Y el desafío de volver, la sensación de que tenés que volver a ese punto?

No, volver a tocar a ese tema. Porque todo está agotado provisoriamente, después volvés a encontrar una nueva arista o un punto de vista distinto y volvés a bordear el tema. La vida es eso. Más o menos pasa así. Tiene momentos. No solo en el dibujo, también pasa en las ideas. Desde el punto de vista gráfico pasa eso, resolviste algo bien, de entrada, con la potencia gestual interesante, algo que se da mágicamente... entre comillas porque nada pasa mágicamente.

¿Y a veces te pasó que tengas conflicto con la idea y el resultado del dibujo? ¿O viceversa?

Sí, claro, también. Ideas que a veces las resolvés y no quedás conforme con cómo lo resolviste. Después buscás darle otra vuelta y lo mejorás. O no.

¿O el dibujo te resolvió alguna idea?

También, también. Hay ideas que vienen del mundo más abstracto del pensamiento. Entonces las escribís y ahí te das cuenta si funcionan o no. Pero hay otras, si no tenés esas ideas dando vueltas en la cabeza aparecen a través del dibujo... empezás a dibujar y ahí, dibujando con ese dibujo, te pueden aparecer formas que te pueden dejar en lugares interesantes. En general, las ideas que vienen de ese mundo son más voladas, son más poéticas. Eso es interesante también.

El inconsciente.

El inconsciente, claro. Como esos dibujitos que uno hacía cuando hablaba por teléfono sin pensar, y de pronto uno decía: “qué enojado debo andar”. Esos dibujos que te hablan, eso para mí es una cosa fundamental en mi laburo, darle espacio a ese inconsciente, y lo favorezco, todo el tiempo, para que haga su parte y además, confío.

Sos hijo de Caloi, un gran talento como fue tu viejo. ¿Cuánto tiene que ver su profesión en tu elección o fue natural?

No, no. Andá a saber. Creo que no hubiera sido un humorista gráfico sin mi papá humorista gráfico... (abre la puerta y entra su pequeña hija Olivia) por estas cosas. (Risas) (Habla con su hija, le responde una duda y nos presenta, contándole —mientras la tiene a upa— que estamos en una entrevista y que todo lo que ella cuente quedará grabado. Ella ríe. Le responde su pregunta y ella se va)... No, mucho tuvo que ver, claro... Imagínense, nací en una casa, con una mamá artista plástica y con un papá humorista gráfico, donde yo veía todo el proceso, desde que pensaba la idea en solitario en su estudio, hasta que pasaba al boceto, después el original en lápiz, el pasado a tinta, el color y después nos subíamos al auto y llevábamos la tira a Clarín; y veía cómo la ponían en un cestito, la bajaban con una roldana y un tipo gritaba “¡material!” y otro la atajaba. Iba, veía cómo pasaban las rotativas, cómo salían los diarios, cómo se cargaban en los camioncitos y al otro día estaban en el puesto de diarios. Todo el proceso, desde muy chiquito. Era absolutamente natural para mí. De hecho, cuando empecé a publicar no sentí grandes nervios porque para mí dibujar era ya una cosa muy natural y la hacían los adultos...

¿Tu papá te alentó a dibujar?

(Entra su gato y le aclaramos que no molesta). Ahora, no molesta (anticipando que no será así si se queda con nosotros)... Sí, papá me alentó. En algún momento me dijo “te veo para diseño gráfico”. Incluso estudié diseño gráfico. Digo que mi rebelión, sutil, fue hacer humor gráfico como él. Porque empecé a hacer diseño gráfico y todas mis entregas eran dibujadas y los profesores me decían “bueno, ya sabemos que sabés dibujar, está fenómeno, pero por favor hacé algo estructurado, más durito”. No me gustaba. Así que no terminé primer año o lo terminé pero me fui. Y ahí me metí en la escuela de Garaycochea y tuve como maestros a Carlos y a Ferro, y al poco tiempo ya estaba publicando en los medios. Por esto que les digo, cuando me senté, porque claro, dibujar dibujamos todos, desde el principio. De hecho la primera herramienta con la que uno se comunica con el mundo es a través del dibujo, antes que con la palabra. La gente después deja de dibujar porque lo entiende como un juego propio de la infancia. Yo seguí dibujando. Pero después, para ser humorista gráfico, a ese dibujo al que por supuesto había que perfeccionar, había que sumarle la idea. Y esa idea tiene que ser ingeniosa, y tiene que ser un chiste, no para que nos riéramos dos o tres amigotes que manejamos un código interno, sino para que se riera la gente. Ese era el desafío. Había llegado al punto en que había dibujado otra vez, pero no sabía si podía ser humorista gráfico. Y debía tener diecisiete años cuando me senté a la mesa para ver si me salía, porque entendía que del éxito de esa noche dependía mi destino como humorista gráfico o del fracaso de esa noche, mi destino de vaya uno a saber qué. Y, por suerte, ahí me di cuenta que sabía mucho más de lo que creía.

¿Y la evaluación de quién fue? ¿De tu papá, de tu mamá?

Esa noche salieron muchas ideas. Muchas. Dibujé hasta que se hizo de día. Dibujé un montón de ideas. Y las empecé a encarpetar. Las guardé. Y vinieron unas amigas de mi hermana, agarraron la carpeta y yo veía que se reían, funcionaba. Ese fue mi primer registro del que tengo memoria de haberme probado, como decían que hacía Apeles, el pintor griego, que se escondía detrás de la piedra para escuchar los comentarios de los que pasaban. Bueno, era algo así, yo estaba escondido ahí, mirando, sin la presión de estar presente, cómo reaccionaban, con cuál se reían y con cuáles no tanto.

¿Alguna vez tuviste esa presión de ser el hijo de Caloi?

No, nunca sentí esa presión. En ese sentido fui bastante inconsciente. Tenía un ego suficientemente trabajado como para entender que eso que hacía era válido, que tenía un valor, que podía estar publicado en un medio. A esa edad, con diecisiete años, ya estaba golpeando las puertas de Clarín, de La Nación, de la revista El Gráfico. Y ahí empecé a publicar... En las primeras revistas y en los diarios no me dieron bola inicialmente, pero gané un concurso en el diario La Prensa, publiqué ahí un par de años y de ahí pasé a La Nación. Ya hace veinte años de esto.

¿Qué importancia tuvo tu mamá en tu carrera?

Fundamental, porque esta afición por la poesía es más de mi vieja que de mi viejo; si bien mi viejo tenía también incorporada la poesía dentro del humor, mi vieja era una gran lectora y es una gran lectora de poesía. Y por otro lado, ella tiene un taller, en zona sur del Gran Buenos Aires, donde viví mi infancia, que se llamaba “Taller del Sur”, donde se dictaban cursos de todas las disciplinas: alfarería, grabado, pintura, dibujo... y con mis hermanos estábamos anotados en todas. Entonces, eso fue muy estimulante también. Tuve grandes estímulos. Por un lado por mi viejo, pero por el otro, por mi vieja, sobre todo de una manera así activa, de pasarme poetas, de verla pintar, de tomar esos cursos, así que sí. (Se escucha un “Papi, papi”, de su hija menor, en un intento de interrupción).

 


Nuestro agradecimiento para Andrea Avagnina, que hizo posible nuestro encuentro con Tute.
Las ilustraciones han sido seleccionadas y gentilmente aportadas por Tute.

Fotos: prensa Tute y Razones.