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por María de los Ángeles Carreras (*)
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Papá, mamá, por favor... ¿me ponen un límite?

Ayudar a los hijos a crecer: la meta real de cualquier padre

Nuestra educación, a lo largo de las últimas décadas, ha pasado de ser una disciplina exagerada en la que todo se hacía “porque yo lo digo y punto”, al otro extremo, en el que todo está permitido y donde los padres intentan ser “amigos” de sus hijos.

Si pensamos en las palabras disciplina y autoridad, las relacionamos de inmediato con el castigo y la represión y por eso, las evitamos, por miedo a ser considerados padres autoritarios, anticuados e inflexibles. Sin embargo, pocos saben que la palabra autoridad proviene del término latino auctor, que a su vez deriva del verbo “augere”, que quiere decir “ayudar a crecer”, meta real de cualquier padre que se precie de tal.

Poner límites a los niños es importante, no sólo porque así la convivencia es más armónica sino porque marcarles las normas, les infunde seguridad y les permite, a su vez, adaptarse mejor a los límites sociales de la vida en comunidad.

Un límite es una frontera que contiene la conducta del niño; permite delimitar, organizar y proteger, es importante para su desarrollo y evolución ya que le aporta seguridad. A diferencia de lo que muchos creen, los niños necesitan que los padres les pongan límites para que ellos puedan crecer respetando a otras personas, para que sepan distinguir claramente lo que deben y lo que no deben hacer, así como lo que está bien y lo que está mal.

Los niños no tienen la misma conciencia que los adultos al actuar, por ello es una labor de los padres establecer una serie de pautas que los hijos deben conocer para saber cuando están actuando mal o para no llegar a esa instancia.

Lo importante es no aplazar demasiado el momento de establecerle los límites. Cuanto más nos demoremos como padres, los resultados se obtendrán de forma más lenta y costosa. Los padres debemos mostrarnos más fuertes que el niño, sino ellos podrían no sentirse protegidos.
Pese a todos los consejos que cualquier profesional pueda darnos a los padres, el acto de poner límites a nuestros hijos es un acto desgastante para el que hay que tener energías suficientes porque no implica sólo decir no una vez. Hay que saber mantener la postura y la determinación en el tiempo, ser constantes.

Existe un gran número de padres que prefieren no poner límites como una forma de compensar el poco tiempo que le dedican a sus hijos; otros, con poca autoestima, que encuentran una buena manera de acercarse a sus hijos y ser aceptados como padres piolas en lugar de marcar algún comportamiento erróneo. Ser permisivo, también, dará lugar a un niño que nunca tiene suficiente y cuyas exigencias serán cada vez más elevadas y las negativas, serán prácticamente imposibles. ¿Y qué pasa con los padres separados? ¿Cuántas veces vimos cómo los niños aprovechan para su propio beneficio la disparidad de opiniones que existe entre ambos progenitores, quienes se desacreditan sin respeto? En todos estos casos, en los que los padres no son capaces de tomar las riendas de la educación de sus hijos, se hace necesario el asesoramiento y seguimiento de las distintas situaciones por parte de algún profesional.

Pero todas las situaciones extremas, son perjudiciales para el desarrollo del niño. Así como hay padres que no se animan a poner límites, también están los que ejercen su autoridad por demás, con normas estrictas o excesivas en cuanto a la cantidad. Entonces, ni blanco ni negro; ni uno ni el otro extremo son los aconsejables.

Por suerte existe una amplia gama de grises gracias a los que el niño se muestra dispuesto y aprende a aceptar los límites marcados por sus padres. Para eso debemos estar convencidos de aquello que exigimos, ser justos en nuestras peticiones, con normas claras y cuando realmente sean necesarias y rodearlos de un clima familiar y de afecto. Es importante que ambos padres manejen comportamientos en forma coherente y respetándose mutuamente. Es normal y habitual que el niño quiera probar, con su actitud y con su conducta, hasta dónde puede llegar y cuál es la reacción de los padres si se sobrepasa el límite marcado. Es, en ese momento preciso, cuando hay que mostrarse firmes, pues si se cede, después costará mucho más retomar de nuevo el respeto a esas normas.

Es importante aprender a comunicarnos con nuestros hijos para que los límites se cumplan. Hay que estar seguro de lo que queremos decir. A veces somos demasiado rigurosos con nuestros hijos, pidiendo demasiadas cosas que no son realmente necesarias, lo que da más oportunidades al niño a desobedecer. Es bueno pararse a pensar en la importancia de la indicación antes de darla. Una vez que la damos es importante que el niño cumpla lo que le pedimos y si es necesario apoyaremos su cumplimiento. Si pedimos al niño que levante sus juguetes y acabamos levantándolos nosotros, difícilmente nos obedecerá en el futuro.

Digamos, no preguntemos. Las indicaciones en forma de pregunta dan al niño la opción de negarse. Es preferible decirle “ayudame a poner la mesa” que “¿querés poner la mesa?”. A la hora de establecer el horario de llegada a casa de un adolescente habría que concretar, por ejemplo: “Volvé a casa antes de las 10 p.m.” No sería adecuado el mensaje “Volvé pronto” o “No llegues tarde”. Si pensamos que el adolescente puede salirse de la norma sería bueno recordarle la consecuencia: “Ya sabés que si llegás más tarde de las 10, el próximo sábado no podrás salir”.

En líneas generales, hay que ser constantes con las normas y consecuentes con las decisiones tomadas porque las órdenes que nunca se cumplen y los castigos que olvidamos, provocan una pérdida de autoridad y confunden a nuestros hijos.

 

(*) María de los Ángeles Carreras. Maestra especializada en Educación Primaria.

 


 

Ilustración: Francesco Tonucci (Frato). De "Cuando los niños dicen: ¡Basta!", Editorial Losada, 2002, pág. 55.