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por María de los Ángeles Carreras (*)
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El desafío de una educación inclusiva

La educación inclusiva se asocia frecuentemente con la participación de los niños con discapacidad y de otros alumnos con necesidades educativas especiales en la escuela común. Sin embargo, esta acepción estaría más relacionada con el concepto de integración educativa y no con el de inclusión.

El concepto de educación inclusiva es mucho más amplio que el de integración ya que implica que todos los niños de una determinada comunidad aprendan juntos, independientemente de sus condiciones personales, sociales o culturales, incluidos aquellos que presenten una discapacidad.

El proceso de integración educativa tiene como eje central apoyar la educación de los niños integrados a la escuela común, trasladando en muchos casos, el trabajo rehabilitador propio de la escuela especial, al contexto de la escuela común. Partiendo de esta perspectiva, se hacen adaptaciones sólo para los alumnos especiales y no para otros alumnos de la escuela.

El enfoque de la educación inclusiva, por el contrario, implica modificar sustancialmente la estructura, el funcionamiento y la propuesta pedagógica de las escuelas para dar respuesta a las necesidades educativas de todos, de forma que todos tengan éxito y participen en igualdad de condiciones. En una escuela inclusiva todos los alumnos se benefician con una enseñanza adaptada a sus necesidades y no sólo los que presentan necesidades educativas especiales. Se trata de un modelo de escuela en la que no existan requisitos de entrada ni mecanismos de selección o discriminación de ningún tipo para hacer efectivos los derechos a la educación, a la igualdad de oportunidades y a la participación.

El reconocimiento de la diversidad se presenta como un gran desafío a nivel social y escolar. La diversidad puede concebirse desde dos perspectivas. Una de ellas implicaría pensar la diferencia como una carencia, subordinando al otro a una escala de valores ajena a él, a una escala considerada superior. La otra supondría generar un espacio en el que la multiplicidad es posible, en el que no hay una representación privilegiada de la realidad (Dustchazky, 1996; 45-46). La última concepción permite incluir en el aula común a niños con déficits de aprendizaje, pero sólo es posible si se respetan las particularidades de cada sujeto.

En este desafío, tenemos que detenernos en el trabajo del docente. (Y acá hago un paréntesis para un pensamiento personal “que, a la hora de su formación, se le debería brindar la información y los recursos pertinentes para la contención pedagógica de la diversidad de niños que tendrá a su cargo en una escuela inclusiva”). El docente será el encargado de pensar y actuar en consecuencia, entendiendo que cada alumno constituye una trayectoria educativa individual y distinta. En esta trayectoria se deberá respetar su historia, sus posibilidades y su ritmo. Para cada uno de ellos se requerirá un abordaje preciso, que respete su forma de apropiación del conocimiento y los tiempos propios en el procesamiento de la información. Podrán trabajar de manera unificada o en forma conjunta brindándose apoyo mutuo, pero sin perder de vista la meta, que debería ser la inclusión, entendida como la educación personalizada, diseñada a la medida de todos los niños en grupos homogéneos de edad, con una diversidad de necesidades, habilidades y niveles de competencia. Se fundamenta en proporcionar el apoyo necesario dentro de un aula común para atender a cada niño como éste precisa; entendiendo que podemos ser parecidos pero no idénticos y con ello, nuestras necesidades deben ser consideradas desde una perspectiva plural y diversa.

Entendamos que el aprendizaje es una construcción social, que cada individuo desde su lugar realiza aportes y enriquece el intercambio con el otro. Así, las diferencias, en lugar de ser un obstáculo para la tarea, son un factor fundamental que enriquece el aprendizaje y favorece el acceso a distintos objetos de conocimiento. Además, en contacto con las diferencias, cada persona construye su identidad, se constituye como sujeto y aprende a reconocer al otro como alguien distinto de él, ni mejor ni peor, simplemente distinto. En este contexto, el alumno aprende a reconocer lo que puede y no puede lograr, aprende con y de las diferencias y reconoce, en definitiva, su lugar en la sociedad.

 

(*) María de los Ángeles Carreras. Maestra especializada en Educación Primaria.



 

Ilustración: Francesco Tonucci (Frato). “La diferencia”, de “Con ojos de niño”, Editorial Losada, (1976), pág. 125.