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por Juan Pablo Garibotti Labadie (*)
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Los padres en la escuela

Revista Razones una vez más, invita a su lectores a adentrarse en el pensamiento y filosofía del psicopedagogo italiano Francesco Tonucci, sabio profesional, poseedor del don de ver el mundo Con ojos de niño, que generosa y desinteresadamente a nuestro pedido, nos ha autorizado a publicar sus textos e ilustraciones.

Tonucci, en el material elegido, tras realizar un trabajo de campo siguiendo las labores de un maestro de escuela durante varios años, piensa e invita a pensar en la interrelación solidaria que deben tener padres y maestros para efectuar una tarea eficaz en materia de educación; parte de la simple consideración de que el niño que va a la escuela es el mismo que vive en su casa con sus padres, por lo tanto, concibe la necesidad de que estas figuras adultas alineen sus objetivos, sus métodos de formación y enseñanza y sus respectivas técnicas, de modo continuo y sostenido en el tiempo.

Este modo de ver la realidad escolar basado en la cooperación estrecha y planificada de padres y maestros, pretende superar las visiones enfrentadas o escindidas de ellos como adultos que puedan complicar el crecimiento del niño, tanto en su maduración personal como en la búsqueda de autonomía que todo pequeño debe alcanzar.

«(...) Cuando en 1974 los padres entraron en la escuela, a la que hasta aquel momento eran considerados extraños, oscilaron entre dos tentaciones opuestas: considerarse incompetentes y delegar por lo tanto en el maestro todo lo referido a la tarea escolar, o bien aprovechar esa posibilidad para proponer, y si fuera posible imponer, a los maestros sus propios puntos de vista.

A estas actitudes de los padres la escuela respondió demasiado a menudo o bien aceptando esa delegación total, y vaciando por consiguiente de sentido la presencia de los padres, o bien cerrándose rígidamente, en defensa de una malinterpretada libertad de enseñanza, contra la “agresión” de los padres.

¿Qué puede significar en la actualidad la participación de padres y maestros en la gestión de la escuela?

Es difícil dar una respuesta clara si no se encuentra una base común que reúna a los maestros y padres igualmente interesados y competentes.
Esta base no puede ser la didáctica, competencia específica del docente, ni las aspiraciones personales de los padres, sino que puede y debe ser del niño. El niño es la misma persona en su casa y en la escuela, y necesita encontrar a su alrededor adultos cuyos objetivos no entren en conflicto entre sí.

“En estos últimos años se ha afianzado la idea de que la escuela es un servicio social, y que precisamente por eso los usufructuarios deben participar en su control y probablemente en su gestión. (...) Los padres no pueden ignorar los problemas de la infancia; deben discutir junto con los educadores la actitud a adoptar ante los niños, para que éstos no vivan de un modo en casa y de otro en la escuela, con las consecuencia negativas que es fácil imaginar”. (Il Mondo 1, “Relazione di Lavoro”, núm.3 p. 74.).

Es necesario, pues, que padres y maestros discutan, confronten y adecuen los objetivos y métodos generales de su acción educadora. Es importante que decidan juntos, por ejemplo, si se inclinarán por una educación solidaria o competitiva, de simple recepción de nociones o de construcción de los conocimientos, vinculada a un programa lejano o a la realidad inmediata, etcétera. Conservando la autonomía de sus funciones específicas, maestros y padres han de elegir las posiciones que consideren adecuadas con relación a estos objetivos. Después podrán confrontarlos y verificarlos entre sí.

En este sentido, Lodi, el maestro de “El Mundo”, realiza una experiencia clara y lineal.

Ante todo, no renuncia a su primer deber profesional: toma sus decisiones, se hace cargo de la programación y la enuncia desde el comienzo. En segundo lugar, sabe que es solamente un coeducador, que la verdadera educación de los niños o bien se elabora de acuerdo con los padres o bien será una educación parcial y contradictoria. Así pues, explica, dedica tiempo a la redacción de informes para esclarecer e ilustrar sus opciones a los padres. El maestro heroico, que defiende sus opciones con orgullo y coraje contra todos, podrá ganarse fama de perseguido, pero no actúa verdaderamente en favor de sus alumnos.

Los informes de trabajo del primer volumen de “El Mundo” describen ese diálogo entre el maestro y los padres, diálogo en el que el maestro explica, pero donde también los padres responden, exponen sus dudas, y hacen propuestas. Precisamente en el séptimo informe se relata la propuesta de los padres de hacer seguir a los niños, el año siguiente, la vida de la alquería, de la fábrica, del taller artesanal; en una palabra: de sus puestos de trabajo.

Los padres han entrado en la escuela. Han comprendido y hecho suyos los planteamientos generales del maestro y los han transformado en propuestas operativas. Los padres participan de este modo y activamente en la programación.

Claro que un maestro así ha de tener cierto encanto personal, cierta capacidad de persuasión, entre otras cosas por las garantías que ofrezca su prolongada y documentada carrera, pero esto no puede convertirse en coartada para quien no es Mario Lodi. La experiencia nos enseña que si el maestro quiere, logra trabajar con los padres, siempre que crea que ésta es una condición necesaria para que la escuela alcance sus objetivos educativos, y siempre que esté dispuesto a dedicar tiempo y energía a esta relación».


Cita textual de “Vida de clase - Cinco años con Mario Lodi y sus alumnos”, Francesco Tonucci, Editorial Losada, página 25 Capítulo: Primer grado de la escuela primaria. Los fundamentos. El maestro y los padres. Traducción del italiano de Marta Vasallo.

 

(*) Juan Pablo Garibotti Labadie. Psicólogo.