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por María Carreras (*)
educación

Nariz de Pinocho

Cuando nuestros hijos dicen mentiras

Decir mentiras forma parte de una etapa del crecimiento en los niños. El por qué y los objetivos que motivan a la misma son los que irán cambiando a lo largo del tiempo y haciendo de ésto un problema -o no-. Entre los niños en edad preescolar, la mentira es muy común y lo manifiestan generalmente inventando historias maravillosas donde ellos mismos son los protagonistas, capaces de realizar acciones inimaginables o exagerando, muchas veces, los hechos reales. Pero lo hacen simplemente porque entre los 2 y los 5 años estos pequeños poseen una gran imaginación y tienen dificultad para distinguir con claridad la realidad de la fantasía.

Cuando juegan, crean un entorno ficticio -aunque muy real para ellos- donde pueden hablar e incluso hasta interactuar con seres imaginarios; y no sólo eso, nos invitan a los adultos (que más de una vez quisiéramos tener la visión de un niño) a participar y formar parte de su mundo. Y es aquí donde entra en juego nuestra ambivalencia: aceptamos que nuestro hijo nos cuente historias de amigos imaginarios –porque es normal que ello ocurra en cierta etapa de la infancia, aunque sabemos a ciencia cierta que nos está mintiendo-, pero no concebimos que nos quiera hacer creer que no fue él quien empujó a su hermanita menor.

¿Cuál es la diferencia entre aceptar que nos diga que su amigo -a quien sólo él es capaz de ver- puede volar por el aire con que nos asegure que fue ese ser invisible quien acaba de romper el adorno más caro del hogar? ¿Será porque en el primer caso no está tratando de engañarnos, mientras que en el segundo sí lo está haciendo?Como padres, debemos indicarles a nuestros hijos que mentir no es bueno y lo importante que es decir la verdad. Incluso, aunque ellos no logren entender del todo las diferencias, es un buen momento para iniciarlos en el arduo camino de la honestidad. Hacerles ver que nos pone muy felices que digan la verdad y que, de esa manera, podemos tenerles confianza, es un buen puntapié inicial. Pero es aquí donde quiero detenerme un instante para recordar que los niños nos observan todo el día e imitan -aunque no nos guste- casi todas nuestras conductas, y si mentimos en presencia de ellos, tomarán la mentira como un mandato aceptable.

Si los adultos nos comportamos con honradez, podremos relacionarnos con nuestros hijos de manera honesta, inclinándolos hacia el lado de la verdad.Para mentir tiene que haber una intención y un objetivo. A partir de los seis años, con el desarrollo del pensamiento, los niños comienzan a tener una mayor conciencia de la realidad y a percibir que, alterando la verdad, pueden conseguir ciertos beneficios como evitar el castigo por alguna travesura, desligarse de alguna responsabilidad que lo presiona, quitarse un problema de encima o simplemente llamar la atención. A medida que las mentiras perduren en el tiempo y éstas resulten creíbles, lo seguirán haciendo porque se sentirán en una situación cómoda. Pero si bien ésta es una estrategia normal, es allí donde los padres deberán actuar con firmeza para que este «juego» no se torne un problema permanente. Será conveniente conversar con el niño, explicarle cuáles son las consecuencias negativas de su accionar, hacerle ver que cuando miente, uno se siente mal consigo mismo y hace sentir mal a quienes lo rodean, y que genera desconfianza.Es muy importante comprender, especialmente nosotros, los padres, que «a mentir se aprende» y que si el niño hace uso de esta táctica en demasía, resultará beneficioso evaluar el entorno, el contexto que lo rodea -y que nos incluye-.

Las exigencias que depositemos en nuestros hijos pueden provocar temor, si no son capaces de respondernos como esperamos, motivándolos muchas veces a mentir. Es por eso que no debemos dejar de preguntarnos como padres, qué es lo que está llevando al niño a ocultar la verdad y cuánto tenemos que ver en ello.Siempre debemos cuestionarnos cuando un hijo miente, ver por qué lo hace, cómo hemos actuado antes, si hemos sido muy exigentes o restrictivos con él.

Si bien la mentira nunca se debe dejar pasar, es provechoso preguntarle por qué lo hizo, y darle la confianza necesaria para que diga cuáles fueron sus razones.La verdad es un elemento necesario en todas las relaciones afectivas. El contexto ideal para que un niño no mienta sería aquel en el que pese más decir la verdad que evitar un castigo. Los padres deberíamos alentar a un niño que nos cuente que ha hecho una travesura anteponiendo la honradez y felicitarlo por haber sido capaz de reconocer aquello que lo preocupaba. Esto no quiere decir que no se lo sancione sino que el castigo sea menor.A manera de resumen final, frente a la mentira de nuestros hijos, sería aconsejable buscar la razón por la que el niño miente y sentirnos responsables e involucrados, favorecer la comunicación para que el niño se sienta cómodo al expresarnos sus temores y, más tarde pueda responsabilizarse libremente de sus actos, ser modelos claros de honestidad a fin de ser imitados, demostrarle que nuestro amor por ellos es independiente de sus actos, que conozca con claridad la diferencia entre la verdad y la mentira, inculcarle el valor de la honestidad, no ridiculizarlo ni exagerar nuestra reacción ante la mentira, demostrarle que seguimos confiando en él cada vez que nos cuente la verdad y por sobre todo, ser pacientes pero firmes a la vez.

No es una tarea fácil y no se resuelve de un día para el otro. Todo lo que lleve a mejorar como personas y a inculcar valores es lento, pero a la larga, da sus frutos…

(*) María Carreras, Docente.