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por María Carreras (*)
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La continuidad del aula

La familia ¿un peso extra para la escuela?

La familia, como unidad o sistema, es un campo privilegiado de observación e investigación de la interacción humana y por ende de la interacción social. Es allí donde se tejen los lazos afectivos primarios, los modos de expresar el afecto, la vivencia del tiempo y del espacio, las distancias corporales, el lenguaje; es decir, todas las dimensiones humanas más significativas y constituye, por lo tanto, uno de los pilares de la identidad de una persona.

Pero la familia no se reduce solamente a la suma de interacciones entre padres e hijos y las relaciones fraternas. Es un sistema abierto que tiene múltiples intercambios con otros sistemas y con el contexto amplio en que se inserta; es decir que recibe y acusa impactos sociales, políticos, económicos, culturales y religiosos. Y justamente uno de esos sistemas con los que interactúan casi todas las familias, es el “deteriorado” sistema escolar.

Luego del nacimiento de los hijos, una de las decisiones más serias a las que se enfrentan los padres es la elección del colegio. Las variantes que se manejan en cuanto a lo económico y las expectativas de los padres, se ven contrastadas con la cantidad de ofertas que se les presentan en el marco educativo. Una vez  tomada la decisión, en los primeros años de escolaridad la presencia participativa de los padres en la escuela se deja ver en las reuniones a las que son convocados y a las que asisten regularmente. Las estadísticas demuestran que el vínculo positivo que se genera entre escuela y padres de familia da como resultado una mejora en los objetivos centrales de la educación; formación de la persona en su integridad y como aspectos más puntuales, el rendimiento académico, el comportamiento, la asistencia e identificación con la escuela. La idea de fortalecer la relación entre escuela y familia, se refuerza por el hecho de estar enmarcados dentro de un proyecto en el que participa toda la comunidad educativa.

Escuela y familia deben uniformar sus actitudes educativas

Sin embargo, nuestra sociedad, que marca tanto a la familia como a la escuela, se ve afectada por las características propias de nuestro tiempo, el estilo de vida signado por las prisas que genera una sociedad competitiva, el afán de lograr objetivos, el cumplimiento de programas, y la escasez de tiempo, va dejando en su camino un lamentable saldo en la vida de todos los que participan de la escuela, entendiendo el éxito de la “buena educación” en el porcentaje de ingresos a las universidades.
Se suma a esto una polarización en la relación padres – maestros, donde no es extraño que en la escuela se perciba a los padres como “generadores de reclamos” y estos a su vez son llamados por los maestros para señalar las quejas sobre sus hijos. Por otra parte los esfuerzos que se realizan desde el centro educativo para atraer a los padres de familia en los talleres, escuelas y charlas, muchas veces son devueltas con una magra asistencia a tales eventos, principalmente en la secundaria. Todo esto genera una disociación de valores, tareas e intereses entre lo que casa y escuela otorgan al alumno, donde él es el que sufre y termina aprendiendo una doble pauta situándolo entre dos polos de tensión.

Cabría preguntarse entonces ¿Cuál es el punto de encuentro entre estos educadores, padres y maestros? La respuesta por obvia que sea debe generar una actitud que nos convoque a todos: los hijos.
Para ello se hace imprescindible entender a la educación en su sentido más pleno, el de formadora de persona.

Comprender de parte de padres y maestros, que el centro de la educación es el hijo/alumno, como sujeto a recibir una formación completa, es la clave para generar esta unión. Entender de parte de los padres que ellos son los primeros educadores y que la educación es integradora, que la instrucción no agota la realidad escolar, y que lo que se recibe en las aulas va más allá de un mero aprendizaje de datos y habilidades, es fundamental para generar en ellos una actitud de interés y participación activa hacia la escuela ya que ésta se hace responsable, con las familias, de la formación del niño. Por esta razón es importante conocer el Proyecto Educativo de la escuela, los valores que inspiran a la comunidad educativa y cómo éstos se llevan a la práctica en el diario vivir.

Entre casa y escuela

Es importante la confluencia de dos movimientos; el de los padres, para que en su aproximación hacia la escuela entiendan de manera completa lo que se genera tanto a nivel aprendizaje, como en las relaciones humanas, así como transmisión de valores; y la del colegio como entidad capaz de generar relaciones de participación y formación con respecto a sus alumnos y las familias de estos.

La educación comienza entendiéndose en el colegio que lo que se recibe es una familia y no solo un alumno. Para ello ambas partes deben tener claro que, si hablamos de una formación integradora capaz de hacerse vida cotidiana; una sustenta a la otra.

Se trata de generar conciencia de que la educación es un largo proceso que necesita del acompañamiento de los padres, comprender que el niño debe percibir una fuerte unión entre familia y escuela y que, de ninguna manera, deben ser testigos de los reclamos desmedidos que a veces los padres realizan por el solo hecho de pagar una cuota mensual.

Al parecer las estadísticas demuestran que conforme el niño va avanzando en su escolaridad los padres van tomando distancia del colegio como centro de encuentro. Una vez más, la escuela debe ser conciente de este cambio de intereses para salirle al encuentro a esta nueva realidad que se presenta, y sea un punto de referencia que esté a la altura de esta nueva realidad.

Para ello la escuela debe ser un centro que este en capacidad de convocar con propuestas originales e integradoras a los padres, es en este sentido que debe entender su real lugar en el ámbito familiar.

Pero ¡Alerta! Lo que hasta ahora llamábamos sin demasiadas dudas “una familia”, está atravesando distintas configuraciones y transformaciones que los educadores debemos considerar.

La familia, como institución primaria y básica, ha sufrido cambios importantes en las últimas décadas. El concepto tradicional de familia y los roles que dentro de ella juega cada uno de sus miembros, se ha modificado sustancialmente.

Desde la familia extensa, en que convivían varias generaciones (patriarcado) reconocemos hoy a la familia nuclear (de padres e hijos) y otras formas de agrupamientos familiares muy diferentes de pautas históricas anteriores. Estos modelos se presentan en todas las clases y niveles sociales dando lugar a diversas configuraciones familiares: familias uniparentales, familias ensambladas, familias reorganizadas, hijos que no conviven con sus padres, convivencias de miembros que no poseen lazos consanguíneos, "parientes sin nombre", (el lenguaje cotidiano lo expresa con su habitual riqueza: "el hijo de la novia de mi papá, que obviamente no es mi hermano", o la relación entre " ex- consuegros" o ex- cuñadas).

Como efecto de ello hoy tenemos niños y jóvenes que pasan solos o en grupos de pares (a veces pandillas o patotas) muchas horas del día.
Parece haberse producido "un eclipse de la autoridad de los adultos" (Savater). Padres y adultos parecen haber abdicado de algunas de sus funciones específicas respecto de los niños y jóvenes. Este "eclipse de autoridad" se hace presente en todo lo que se refiere especialmente a modelos adultos de conducta y aprendizaje. Padres y/o tutores que han perdido su autoridad o no la ejercen, delegan sobre la escuela y otras instituciones cada vez más funciones primarias. La escuela sutilmente las asume y los docentes pasan a ocupar roles paternos, terapéuticos y de trabajadores sociales. Se complejiza así su función específica de enseñanza haciéndose cargo en bloque de aspectos socio- emocionales y culturales de los alumnos que, por otra parte, no puede cubrir, lo que produce un círculo de frustración y descalificación continuo.

La escuela no termina al toque de timbre, su influencia irrumpe en la familia; y  el alumno no sólo es tal al cruzar la puerta del colegio, su realidad familiar lo sigue también dentro de las aulas.

(*) María Carreras, Docente.

 


Ilustración: Francesco Tonucci (Frato). De “Con ojos de niño”; pág. 75 “(1976) “Entre casa y escuela”; pág. 152 (1975) “Escuela y familia deben uniformar sus actitudes educativas” - Red Editorial Iberoamericana, 1995.