editorial
 

¿Alguien escucha?

Sentado a la mesa de un bar, uno puede deglutir mil escenas. Desde la pelea de un cliente con el mozo hasta el veloz encuentro de dos amigos que se han dado cita para charlar un rato.

Resulta interesante observar cómo nos comunicamos. Existe una innumerable variedad de gestos que repetimos hasta el hartazgo. Comenzamos con un “cómo andás”, seguimos con un simple “bien” y rematamos con un “¿y vos?”. Nada de lo que se dice tiene un sentido verdadero, algo que tenga por objeto conocer con certeza lo que el receptor quiere expresar. Más bien esperamos que no contradiga nuestra propuesta comunicativa en detrimento de las intenciones que llevamos consigo. A saber: hablaré con Carlitos y le contaré el lío que tengo con mi novia; después lo consultaré por una idea que tengo para mejorar mi trabajo y luego le pediré unos pesos que necesito para pagar una deuda. Todo estará bien en tanto el receptor del mensaje (Carlitos) no nos impida continuar con la pormenorizada lista de inquietudes que queremos expresar. Puede que nos interrumpa con un “me siento mal, me peleé con mi novia” y adiós, todo cambiará de dirección y por tanto, habremos perdido el rumbo original.

Ahora bien, ¿qué nos conduce a buscar un interlocutor si lo que realmente practicamos es un monólogo?

En un tiempo en donde los avances tecnológicos han hecho que la comunicación sea variada, veloz, precisa, accesible… me pregunto ¿cuál es el motivo que nos impide acercarnos para “conectarnos” como verdaderas personas?

Quién no ha sido espectador de la siguiente escena: un par de amigos, en una mesa de bar, bebiendo café. Ambos con celulares en sus manos. Ambos intercambiando monosílabos esporádicos y ocupados en sendos teléfonos móviles, en un intento desesperado por bajar una melodía, jugar un juego, anotar un número, enviar un mensaje. Todo esto con la complaciente compañía de un amigo que hace exactamente lo mismo: no comunicarse con la persona que tiene delante de sus narices.

¿Será que cuando la cosas se facilitan se enturbia el fin mismo que se persigue? Algo similar encuentro en la música de nuestros días. No habrá existido tiempo mejor que este presente para sentarse a componer una melodía. El acceso a la música que se escucha en todo el mundo es una cuestión de minutos. El auge de internet (y el problema que las discográficas enfrentan con la posibilidad de bajar música gratis) ha hecho que todo esté al alcance de las manos. La riqueza del bagaje musical es ilimitada. Sin embargo, cuesta encontrar un grupo que componga una decena de canciones decentes, esas que intentan llegar hasta ese compartimiento insondable del alma.

En algún momento hemos perdido la brújula. Digo esto con la más absoluta dosis de optimismo (sea que cuando se pierde algo es posible encontrarlo a posteriori). Si pararse delante de un semejante para entablar un simple diálogo, respetando sus ideas, comprendiendo sus pesares, aceptando sus diferencias, es una moneda en fuera de curso, digo, ¿de qué sirve tanta sofisticación electrónica? Acaso lo intrincado del asunto sea tan sencillo como descubrir lo que siempre tuvimos en vivo y en directo: un ser humano, de carne, hueso y emociones.

Siguiendo la lógica de nuestros días podríamos inferir una fórmula elemental: si nadie escucha, quizás ya no haga falta que alguien hable. Sería el fin de la era de las comunicaciones, y tal vez, con suerte, el inicio de un camino hacia el real entendimiento de nuestra especie.

 

Juan Luis Citterio / Director de Razones